El traje eclesiástico


 José Luis Morrás-Etayo, www.semanariolaverdad.org

Dice el canon 284: Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar.

La primera aclaración es que los sujetos obligados por esta norma son los clérigos con la excepción de los diáconos permanentes (c.288). La segunda, que el traje eclesiástico del que habla el canon se refiere al que se usa en las comunes relaciones de la vida social (clergyman o sotana), no en la celebración litúrgica o del ministerio pastoral, cuestión de la que se ocupa específicamente el c.929. Según Juan Pablo II: “En la sociedad actual, en la que se ha debilitado pavorosamente el sentido de lo sagrado, la gente tiene necesidad de estos reclamos de Dios, que no pueden ser olvidados sin un cierto empobrecimiento de nuestro servicio sacerdotal”, igualmente “es signo y testimonio en medio del mundo de la propia consagración, al mismo tiempo que manifiesta la condición de ministro de la comunidad cristiana”.

El Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros, en el nº 66 (que copio literalmente) dice: En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero -hombre de Dios, dispensador de Sus ministerios- sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por su modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel -más aún, por todo hombre- su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia. Por esta razón, el clérigo debe llevar “un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legítimas costumbres locales”. El traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones del derecho universal.

Por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente. Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia.

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