Balduino, el Rey

Federico Jiménez de Cisneros

Han pasado ya varios años desde el fallecimiento del Rey Balduino y durante este tiempo se han oído voces proponiendo su posible beatificación, incluso desde el arzobispado de Granada, dentro de cuyos límites le sobrevino la muerte. Como tantas veces en la historia de la Iglesia, son los fieles anónimos, de manera espontánea, quienes lo promueven. Son numerosas las biografías que se han publicado sobre su vida y su obra. En la mayoría de los casos, los autores han destacado la talla moral del monarca, un Jefe de Estado católico, sencillo y virtuoso, que vivió en el agitado panorama político de la segunda mitad del siglo XX.

Se realizan anualmente peregrinaciones a su tumba en la Catedral de Laeken, en Bélgica, para rezar especialmente por los pobres, los enfermos y los niños no nacidos. A su sepulcro acuden grupos de fieles de Francia, Bélgica y Holanda; y últimamente, también grupos de españoles.

Balduino, rey de los belgas

Balduino, hijo de Leopoldo de Bélgica y de Astrid de Suecia, nace el 7 de septiembre de 1930. A los cinco años, en un accidente de tráfico, pierde a su madre. Durante la Segunda Guerra Mundial sufre la invasión de su patria por los alemanes y es deportado. A los veinte años, en 1950, a causa de los tumultos políticos internos del país, Leopoldo III le entrega los poderes y Balduino es proclamado príncipe real. Un año mas tarde es coronado rey de los belgas. En 1960, a los treinta años de edad, y tras un romance “de película”, contrae matrimonio con la española doña Fabiola de Mora y Aragón. En 1990, con motivo de la votación sobre la ley del aborto, Balduino abdica para no sancionar con su firma real la legalización de tal matanza de inocentes. El Parlamento belga, en una sesión sin precedentes, solicita al monarca que vuelva a reinar.

Este hecho conmocionó al mundo entero. Para Balduino, fueron horas trágicas de dolor, incomprensión y soledad. Firme en su conciencia, se convirtió desde ese momento en referencia moral para muchos y escándalo para otros.

El 31 de julio de 1993, festividad de san Ignacio de Loyola, fallecía mientras pasaba las vacaciones en la localidad granadina de Motril. Allí se le recuerda con verdadero cariño por su sencillez y discreción; de hecho, pasaba desapercibido para muchos vecinos. Más de 350.000 cartas de condolencia por su muerte llegaron al Palacio Real de Bruselas desde todos los rincones del mundo. Bélgica perdía un rey pero ganaba un intercesor ante Dios.

Balduino y Fabiola

Junto a él aparece en primer plano otra figura magistral, la reina Fabiola. Ella se convirtió en modelo de esposa y de reina. Aunque no tuvieron descendencia, se sabían de corazón miembros de la gran familia de los belgas. En medio de numerosas adversidades vivieron su reinado con actitud paternal y de servicio, especialmente hacia los más necesitados. En 1992 escribía en su diario esta oración: “Haz que realice tu sueño de santidad en Fabiola y en mí”.

Ambos formaban un matrimonio católico ejemplar. De entre su abundante

anecdotario, recordamos que ambos rezaban juntos y asistían diariamente a la santa Misa, y frecuentemente él ayudaba al sacerdote. Alguien le hizo la observación de que esa función desdecía del rey de los belgas, a lo que Balduino contestó afirmando que no había mayor honor para el rey de los belgas que servir al Rey de los Reyes.

Santo en medio del mundo

De su vida podemos aprender dos cosas importantes: primero, que vale la pena vivir por un ideal. Ideal que se manifiesta en todas las dimensiones de la vida, ya sea en casa o en palacio. Ideal fundado en lo bueno, lo bello, lo verdadero. Ideal que sabe construir, encontrar soluciones, superar adversidades, que sabe dar razones para la esperanza. Segundo, que es posible la vida de virtud en lo ordinario, incluso para un Jefe de Estado.

Nunca fue un líder carismático ni asiduo de las portadas de “revistas del corazón”, como otras personalidades políticas de su tiempo. Asumió su reinado como una misión, una vocación de servicio, preocupado por la justicia social y el bien común.

Han pasado ya doce años. Su mirada amable y su sonrisa agradecida tan entrañable todavía nos acompañan. Efectivamente, el don del amor es eterno.

Federico Jiménez de Cisneros

(Basado en un artículo de Gabriel Cortina)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *