Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo

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El centro de la predicación de Jesús es la llegada del reino de Dios, con unas características El centro de la predicación de Jesús es la llegada del reino de Dios, con unas características que trascienden las realidades terrenas y lo diferencian de los reinos de este mundo. Es la salvación de Dios que ha llegado plenamente en Cristo. Se trata de una nueva creación, de un cambio en el ser humano, un cambio en la raíz, en el ser profundo. Por eso, cuando Jesús explica estas realidades a Nicodemo le dice que hay que nacer de nuevo. Porque Él no ha venido a mejorar un poco al hombre con unos ligeros retoques en la fachada, sino que ha venido a crear un hombre nuevo. Este Reino lo abarca todo: el interior y el exterior, lo espiritual y lo material, el individuo y la comunidad, este mundo y el otro. Es un cambio del ser humano entero, una transformación de los modos de pensar y actuar según la voluntad de Dios. La tierra donde el Reino comienza a germinar es el corazón del que escucha la buena nueva del Evangelio. Ahora bien, no se trata de un camino personal intimista y aislado de la realidad exterior y de los hermanos. Porque el mundo entero ha de ser renovado para construir un Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.

La Ley de este Reino es el amor y su carta magna son las bienaventuranzas. Jesús comienza la predicación del Reino poniendo el dedo en la llaga de las expectativas humanas de todos los tiempos: la felicidad. El centro de la vida humana es la búsqueda de la felicidad, y es justamente la felicidad, la plenitud, lo que Jesús anuncia y promete. Pero la sitúa donde el hombre menos podía imaginar: no en el poder, la riqueza, el placer o el triunfo, sino en amar y ser amados. Apunta al mismo núcleo del corazón humano para limpiarlo de egoísmos y colocar en su lugar el amor. Con un planteamiento que va hasta las últimas consecuencias: amor incluso a los enemigos, amor hasta dar la vida.

La paradoja más desconcertante consiste en que los principales destinatarios del Reino son los pobres. Los que tienen el corazón roto, los abandonados, los pequeños, los débiles, en resumen, los que nada pueden por sí mismos pero ponen su confianza en Dios. Y, además, exige una entrega incondicional en la que no caben las medias tintas ni las posturas ambiguas. Ante él hay que tomar una decisión que compromete toda la existencia y que, a la vez, produce una alegría desbordante. Porque Cristo ha venido al mundo no para aguarnos la vida sino para darle plenitud. Por eso, el Evangelio es buena noticia y el Reino es representado por las imágenes de un banquete, una fiesta, un tesoro, una perla preciosa, un árbol fructífero, etc., imágenes todas ellas que expresan la plenitud y la alegría para el que lo encuentra.

+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa
Evangelio

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo:

«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Éste es el Rey de los judíos.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro lo increpaba:

«¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Jesús le respondió:

«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Lucas 23, 35-43

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