NUESTRA SEÑORA EN LA SALETTE Y EL SANTO CURA DE ARS

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Las Apariciones de Nuestra Señora en La Salette ( Francia, 19 de Septiembre de 1846 ), siempre se han caracterizado en los grupos tradicionalistas por su vertiente “apocalíptica”, olvidando muchas veces, que la Santísima Virgen, a pesar de su queja frente al lamentable comportamiento de los eclesiásticos, también nos regaló un mensaje lleno de esperanza para los que en Ella ponemos toda nuestra confianza y anhelo.

          Frente a los recelos de algunos católicos, debemos recordar aquí que la Aparición de la Virgen en  La Salette fue aprobada oficialmente por el Obispo de la Diócesis de Grenoble, Mons. Bruillard, y reconocida por el Papa Pío IX. Por si esto fuese poco, quisiera plasmar la opinión de un Santo de la talla de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, que fue contemporáneo a dichas Apariciones y llegó a conocer a uno de los videntes de Nuestra Señora de La Salette.

      En la tarde del 24 de Septiembre de 1850, llegaba a Ars el joven Maximino Giraud, de quince años, uno de los dos videntes de Nuestra Señora de la Salette; cuatro años antes, el 19 de Septiembre de 1846, junto con la joven Melania Mathieu, de catorce años, guardaban vacas en la cima de los Alpes franceses. Hacia las tres de la tarde, se les apareció un Bella Señora en medio de una claridad inmensa; sentada sobre una roca, con el rostro entre las manos, llorando amargamente.

      Sin embargo, una voz dulce decía a los dos niños que se acercaran sin temor; la Virgen Nuestra Señora les habló entre otras cosas de la profanación del Domingo como día de reposo, del castigo que estaba reservado a los blasfemos y de la urgente necesidad de hacer penitencia para evitar la Cólera de Dios, ofendido por las impurezas y la mala vida de los sacerdotes.

      Durante cuatro años, los videntes fueron asediados a preguntas por diferentes personas, desde eclesiásticos hasta médicos y “loqueros”, sin que los niños variaran lo más mínimo su relato inicial. El Obispo de Grenoble ordenó una investigación profunda y concisa de los hechos relatados, y dio por verídicas las Apariciones de La Salette en 1851 ( de lo cual entendemos que cuando Maximino visitó al Santo Cura de Ars, las visiones de los niños pastores aún no estaban oficialmente reconocidas ).

      San Juan María Vianney se mostró siempre partidario de las manifestaciones de la Virgen Santa en las montañas de la Salette; de hecho, tenía un grabado de la Señora en su dormitorio, así como agua del manantial milagroso de La Salette, a la vez que no se negaba a bendecir las medallas con la imagen de la Virgen y hasta en sus ratos de Catecismo hablaba de Nuestra Señora en su aparición en La Salette.

      El objeto del viaje del niño vidente, Maximino, a Ars, fue el de consultar al Cura de Ars sobre su vocación sacerdotal; curiosamente, tras la entrevista entre San Juan María Vianney y el niño de La Salette, el Santo Cura se negó -a partir de ese momento- a predicar más sobre aquellas apariciones, así como bendecir objetos relacionados con la misma.

      Sin embargo, todo adoleció a una terrible confusión, provocada por la natural inocencia del niño y a las suspicacias del vicario del Santo Cura de Ars, el Reverendo Rymond, enemigo de las referidas apariciones. Así, años más tarde, el mismo San Juan María Vianney diría : “Tengo remordimientos, temo haber hecho algo contra la Santísima Virgen. Quisera que Dios me iluminase sobre este punto. He orado mucho para conseguirlo. Si la cosa fuese verdadera, ¡oh! entonces hablaría de ella, y si no lo fuese, todo habría acabado“.

      Muchos de los feligreses que aguardaban al Santo Cura en las afueras de la iglesia de Ars, se precipitaban sobre San Juan María Vianney para preguntarle sobre la veracidad de las Apariciones de La Salette, no obstante del reconocimiento oficial por parte del Obispo de Grenoble. El Santo Cura, sólo se atrevía a dar evasivas al respecto…

Estampa con reliquia del confesonario del Santo Cura de Ars; 
las hice yo mismo a base de una astilla mayor que corté
 del confesonario de San Juan María Vianney

 

 

      En Octubre de 1858, diez meses antes de la partida al Paraíso del Cura de Ars, éste recobró su fe y devoción primitivas en las manifestaciones de Nuestra Señora de La Salette; él mismo lo narra así: “Hace unos quince días que padecía una gran perturbación interior y mi alma se encontraba como arrastrada sobre la arena. Hice entonces un acto de fe sobre la Aparición y enseguida se restableció la calma en mi espíritu. Deseé entonces ver a un sacerdote de Grenoble para manifestarle lo que había pasado en mí. Al día siguiente, llegó de aquella ciudad un eclesiástico distinguido. Entró a la sacristía y me preguntó qué había de pensar de La Salette. Yo le contesté “puede creerse”.

      “Necesitaba -continuaba explicando el Santo Cura- la cantidad necesaria para completar la fundación de una misión. Me encomendé a la Virgen de La Salette y encontré justo el dinero que necesitaba. Consideré este hecho como milagroso”. 

      Desde entonces, el Santo Cura de Ars, a pesar de guardar grandes reservas, favoreció las peregrinaciones a La Salette y alentó a los penitentes que le manifestaron sus  deseos de subir a la montaña. De nuevo, y con gran piedad, volvió a bendecir las imágenes de la Virgen en su advocación de La Salette. 

      El canónigo Oronte Seignemartin, Párroco de la Catedral de Belley narra que en 1876, en el transcurso de una reunión de sacerdotes, donde coincidió con San Juan María Vianney, le preguntó que qué pensaba acerca de La Salette; el Santo Cura de Ars le respondió en tono grave: “Creo en ella firmemente.”

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