MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN

DESPEDAZA EL DEMONIO A UN LASCIVO DESPUES DE
QUITARSE EL ESCAPULARIO
 

El célebre maestro Fr. Juan Pinto de Victoria, certifica que en cierta cuidad de Portugal, donde estaba de Superior, había un señor principal (cuyo nombre, así como el de la ciudad omite, por ser persona de alta alcurnia y el caso bastante escandaloso). Este caballero vestía el bendito Escapulario de María, pero sólo materialmente, contentándose sólo con traerle al cuello, más sin atender para nada a las obligaciones más elementales del cristiano, y menos aún a las particulares de un cofrade de María Santísima. Vivía el tal señor licenciosamente, entregado a todo género de excesos y de vicios, siendo cual caballo sin freno en el nefasto vicio de la lujuria, que tanto abomina la Santísima Virgen en cuantos visten su preciosa librea, deseando en ellos un firmísimo propósito de no mancharse jamás con semejante lacra.

Dominado aquel desgraciado señor por tan nefasto vicio, solicitó con aviesa intención a una doncella principal, y tras muchos días de livianos y amorosos flirteos, seduciéndola con halagos, promesas y dádivas de preciosas joyas, consiguió, al fin, lo que con multiplicadas ofensas a Dios había solicitado de ella por largo tiempo.

La noche prefijada para lograr o llevar a cabo sus torpes deleites fue teatro funesto en que se representó la tragedia lastimosa de sus eternas desdichas.

Salió aquella noche de su casa, jovial y alegre, apuesto y perfumado, encaminando sus apresurados pasos al sitio de su perdición. Mas, aunque ciego por sus torpes deseos, no le ofuscó tanto su pasión que no advirtiese le seguía muy de cerca un gozquecillo o lebrel de pelo negro, el cual vio con estupor y asombro iba creciendo poco a poco hasta llegar a convertirse en terrible alano a medida que se acercaba a la casa de su amorosa cita. Bien pudiera conocer el infeliz no era ni podía ser otro aquel enorme alano que el mismo Lucifer, a quien acrecentaban las fuerzas sus torcidos o extraviados pasos.

Atropelló y saltó por cima de todo aquel asombro su obstinación, pues llegado que fue a la casa hizo la señal convenida para que, abriéndole la culpa la puerta, entrase en el antro infernal y tras él aquel espantoso perrazo.

¡OH, desdichado! ¡Si supieras que entras vivo en esta casa y saldrás cadáver! ¡Oh, si supieras que esta puerta es para ti puerta del averno, primero morirías mil veces que intentar atravesar sus umbrales! ¡Quién te lo pudiera decir!, mas a buen seguro que no lo habrías de creer, cuando no te detiene la presencia de ese feroz y monstruoso animal que te acompaña.

Llegó por fin a la estancia donde esperaba satisfacer sus torpes y depravados deseos. Asombrose la tímida dama a la presencia horrorosa de aquel temible alano, mas él la sosegó diciéndole que era un lebrel que se le había aficionado y había venido en su compañía por si le ocurría cualquier percance.

Divertidos con algunos halagüeños coloquios amorosos llegó al fin la hora de desnudarse, y al hacerlo quitose el Santo Escapulario. Esta fue la señal e instante aguardado por Lucifer para perderlo, pues quitársele y acometerle aquella fiera del averno, disfrazada en figura de alano, fue todo uno, ¡Oh, qué horror sería verle centellear los ojos arrojando fuego por la boca! ¡Oh, que pavor se apoderaría del ánimo de la dama al ver como arrojándole por el suelo hacía presa en su garganta y en su pecho, y sacándole el corazón se lo comía. Como si no estuviera satisfecho, el animal mirábala amenazador como insinuándole que sería semejante en el castigo, pues había sido semejante en el delito.

Mas fue sólo un amago o amenaza para que le sirviese de escarmiento, ya que, desapareciendo, dejó el cuerpo exánime en el suelo, mientras su alma era sepultada en los infiernos.

Horrorizada la dama con tan triste y espantoso caso, tan pronto como amaneció, corrió desolada y hecha un mar de lágrimas a la iglesia del convento del Carmen y llamando a su confesor, el padre Pinto de Victoria, entre sinceras y dolorosas lágrimas de arrepentimiento le contó lo sucedido. Este padre, que gozaba de gran prestigio e influjo en Portugal, dispuso que el cadáver fuese al punto enterrado en el mayor secreto, para no difamar a ambas familias; pero para que no se sepultase con él la memoria de tan ejemplar castigo, después de algunos años lo hizo imprimir, con autorización de la señora y con la aprobación del Ordinario, para que si alguno le imitare en su estragada vida, aunque traiga el Escapulario, tema el incurrir en tan desastrada muerte, y a fin de que conozcamos todos cuantos vestimos las sagrada librea de María lo que importa el vestirla con pureza, como vestido de tan dulcísima e inmaculada madre.

Fuente: Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O. C.

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