El Dolor de María

Foto:Fotos Cofrades

 

Raquel Rdz. de Estrada, www.vivelasemanasanta.com

Ahí está ella, junto a la Cruz donde han colocado a su hijo, tal vez palpando las gotas de sangre que caen de su cuerpo moribundo. Desde que aceptó ser la Madre de Jesús sabía que esto iba a suceder, pero no imaginaba que sería tan doloroso.

Había sufrido cuando tuvo que huir con José y el niño para que no se lo mataran.

¡Cuánto había sufrido aquellos tres días en que Jesús estuvo perdido cuando tenía doce años! También había experimentado el dolor que provocan las críticas y calumnias contra el hijo amado.

¡Qué llaga tan dolorosa comenzó a abrirse en el preciso instante que le avisaron que su hijo había sido preso! Dolor que fue creciendo al ver a su hijo flagelado, cargando un pesado madero, y ella sin poder aliviarle, sin poder mitigar su dolor…

Pero nada igual al dolor que ahora experimenta, ver a su hijo morir, escucharlo decir: “Padre, por qué me has abandonado”.
Ella dice: “¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre?”.
Su hijo ha muerto. Por fin se lo devuelven y lo toma entre sus brazos. Lo acaricia, lo besa, lo amortaja. Ha perdido a su hijo otra vez, como cuando era niño.

Ella sabe que lo encontrará como en aquella otra ocasión, al tercer día.
Su hijo no la dejó sola. Desde la Cruz, le ha mostrado a sus nuevos hijos, los hombres, de todas las razas y de todas las generaciones. Ella será la Madre de todos ellos.

Difícil tarea la que encomendó Jesús a su Madre. Sus sufrimientos no se acabarían entonces. Tendría que cuidar de todos y cada uno de los hombres. Tendrá seguramente hijos que la amen, que la ayuden en su tarea de cuidar, proteger y amar a los otros.

Otros de ellos tal vez no la amen, tal vez no la reconozcan como tal. Un dolor más para María, pues ¡cómo sufre una Madre cuando un hijo no sabe valorar su amor!

Tendrá de ahora en adelante que experimentar los dolores que su hijo nunca le dió, tendrá que sufrir por aquellos hijos que van en contra de su propia salvación. Tal vez muchos millones de ellos ni siquiera sepan de su existencia. Una pena más para la Madre que desea amar y ser amada por el hijo que no la conoce.

Experimentará el sabor dulce y amargo que dejan aquellos que hacen sufrir a los padres y luego se arrepienten. Pero una vez más ella dirá: “He aquí yo que soy tu madre”.

Así regresa María a su casa: sufriendo de forma indescriptible por haber entregado a su Hijo amado. Ella sabe que El va a volver y por esa razón no acudirá el domingo al sepulcro para comprobarlo.

Una nueva etapa comienza en la historia del Universo: Ella le entrega al Padre a su amadísimo Hijo y recibe como hijos a quienes fueron la causa de sus sufrimientos.

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