¿Cómo conservar en nuestros días la paz del alma en medio de las tentaciones?

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¿Cómo conservar en nuestros días la paz del alma en medio de las tentaciones?

A juzgar por la Escritura y según la índole de los hombres de nuestra época, vivimos el fin de los tiempos: sin embargo, debemos conservar la paz del alma, sin la cual no hay salvación, como dijo un gran hombre de la tierra rusa, san Serafín de Sarov. Durante su vida, el Señor protegió a Rusia gracias a su oración. Después de él hubo otra columna que desde la tierra se elevaba al cielo: el padre Juan de Cronstadt. Detengámonos un poco en él. No sólo hemos oído hablar de él, como de otros santos, sino que ha vivido en nuestra época y lo hemos visto orar.

Recordamos como, después de la Liturgia, cuando se le trajo su caballo y su coche y él tomó asiento, el pueblo lo rodeó pidiendo su bendición. Incluso en medio de tanto bullicio, su alma permanecía continuamente en Dios; en medio de tanta multitud, su atención no se dispersaba y no perdía la paz. ¿Cómo lo lograba? Esta es nuestra pregunta.

Lo lograba porque amaba a los hombres y no cesaba de orar por ellos:

«Señor, da tu paz a tu pueblo.
Señor, da tu Espíritu Santo a tus servidores, para que Él reanime su corazón por tu amor, les enseñe la verdad perfecta y los guíe por el camino del bien.
Señor, quiero que tu paz repose sobre todo tu pueblo. Tú lo has amado sin reserva y le has dado tu Hijo Único, para que el mundo se salve.
Señor, dales tu gracia para que, en la paz y en el amor, te conozcan y te amen, y digan como los apóstoles en el Monte Tabor: “Es bueno para nosotros, Señor, estar aquí”».

Orando así ininterrumpidamente por el pueblo, conservaba la paz del alma; pero nosotros, nosotros la perdemos, pues no amamos a los hombres. Los santos apóstoles y todos los santos deseaban la salvación del mundo entero y, permaneciendo entre los hombres, oraban ardientemente por ellos. El Espíritu Santo les daba la fuerza de amar a los hombres. En cuanto a nosotros, si no amamos a nuestro hermano, no podremos tener paz.

Meditad todos sobre estas cosas.

Archimandrita Sophrony, Escritos de san Silouan el Athónita, Cap. 4

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