Perdiendo el ‘oremus’

 

 

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¿Volvemos a una extraña versión del cesaropapismo, con la jerarquía eclesiástica imponiendo una opción política como la única ‘católica’, cercana esta, para más ‘inri’, a la que ha tenido por bandera el odio a la fe?  ¿Va a ser obligatorio ser de izquierdas para estar a bien con Roma?

La ‘estrella’ de la radio de los obispos, Carlos Herrera, puede decir que le parece “una barbaridad” que los contribuyentes dejemos de pagar abortos y que está totalmente de acuerdo con las operaciones de cambio de sexo, sin que su contrato peligre en absoluto aunque estas y otras opiniones se den de bofetadas con la doctrina católica y animen a preguntarnos qué sentido tiene que los obispos se gasten los dineros de sus fieles en unos medios que contradicen la fe.

Pero lo que quizá salve a Herrera, aparte de su popularidad, sea el hecho de que ataca a Vox, como acaba de hacer, de la mano ni más ni menos que de Jordi Évole. Atacar a Vox, como se solía decir de la limosna, cubre una multitud de pecados, y como en el programa del partido de Abascal no vemos nada que pueda repugnar a un católico que esté dispuesto a votar a cualquier otro partido del espectro, tendremos que deducir que aquí está pasando otra cosa que tiene muy poco que ver con el deseo de evangelizar.

Y sí, pasan otras cosas. Pasa que la Conferencia Episcopal parece especialmente interesada en cuotas de poder, por ejemplo, lo que lleva al episcopado español a una actitud más bien sumisa y dócil con los que mandan o los que pueden mandar, y al diablo los principios irrenunciables, a los que renunciaron tácitamente ya hace tiempo.

Pero hay algo más, algo más triste, que ya hemos comentado en alguna ocasión: la jerarquía eclesiástica de todo el mundo, empezando por Su Santidad y la Curia romana, se está alineando con la ideología dominante con tal entusiasmo y unanimidad que no hace más que ahondar cada día la distancia que les separa de los fieles.

¿Les parece exagerado lo que digo? Miren a su alrededor, lean Vatican News, órgano oficial de la Santa Sede, o las declaraciones de los obispos y cardenales. Francisco empezó su pontificado declarando que él nunca había sido de derechas, es decir, que era de izquierdas, como si eso debiera interesarnos a los fieles, y siguió pidiéndonos a los católicos que no nos “obsesionáramos” con las batallas culturales de familia y vida.

Hay, como hemos dicho otras veces, un sentido en el que esta recomendación es perfectamente comprensible: Dios no se hizo hombre para recordarnos el Quinto Mandamiento ni la naturaleza del matrimonio, sino para salvarnos, y la Iglesia está para predicar a Cristo.

Si sonaba ‘rara’ su recomendación es porque, históricamente y en seguimiento de los mandatos de Cristo, la Iglesia siempre ha sido profética, es decir, se ha encargado de recordar al mundo, en cada generación, justo aquello que no quería oír. Y la Iglesia apoyaba especialmente a los grupos provida, no porque las matanzas sean una novedad, sino porque nuestro tiempo acepta como buena la eliminación de seres humanos en el vientre de sus madres. Y las palabras de Su Santidad, para qué negarlo, tuvieron el efecto de desanimar a quienes se dejaban y se dejan la piel en este esfuerzo a contrapelo, igual que sucedió cuando llamó ‘conejas’ a las madres de familia numerosa. Es, como poco, descorazonador pasarte la vida a contracorriente y aguantar la oposición tácita o expresa del entorno para sentir, encima, que te abandona tu ‘capitán’.

Pero, ya digo, pedirnos que no nos obsesionemos con esas batallas, aunque desconcertante y descorazonador, no es de suyo ilegítimo. El Papa nos podría estar con ello animando a centrarnos en nuestra relación con Cristo, en la vida y la práctica de la fe, animándonos a que miremos más a nuestro destino eterno que a las veleidades del mundo y sus cambiantes modas ideológicas.

Desgraciadamente, no es lo que vemos. Lo que vemos es el mandato tácito de que abandonemos esas ‘obsesiones’ tradicionales en la guerra cultural  para adoptar otras, no menos obsesivas, al contrario, y que tienen cuatro rasgos que se me antojan alarmantes: que su relación con el mensaje evangélico es muy tenue y cuestionable; que se ajustan maravillosamente con el pensamiento mundano dominante expresado en el mensaje machacón de los grandes grupos mediáticos -que no están precisamente en manos de los desheredados de la tierra-; que convierte a la Iglesia en ‘compañera de viaje’ de los poderosos en asuntos que suelen conllevar consecuencias inadmisibles para un católico; y que alienan a una mayoría del ‘núcleo duro’ de los fieles, entendido por tal a los católicos que practican regularmente su fe.

Al Papa le hemos oído encendidos discursos a favor del Tratado de París sobre el clima y otros urgiendo a tomar drásticas medidas contra el Cambio Climático; y hoy pueden leer en la citada Vatican News, en titulares, que la Santa Sede está “satisfecha con el “Global compact” sobre las migraciones”. Veamos mis cuatro objeciones en relación a ambos asuntos.

El cuidado de la naturaleza tiene, sí, un enlace con nuestra fe, aunque bastante tenue en sentidos tan concretos como las conclusiones de determinados científicos de la ONU y, mucho más, de las medidas que apliquen los políticos. Si hay un deber de cuidar la Creación, no hay mandamientos específicos sobre cómo hacerlo, y el Cambio Climático no es, ni puede ser, un dogma católico, lo mismo que no era ni podía ser dogma católico la Teoría Ptolomaica. Por lo demás, los cristianos rezamos en el Padrenuestro pidiendo que “venga a nosotros Tu Reino”, que no es este, esperamos un final literalmente apocalíptico y aunque suene muy poético eso de llamar a la Tierra “nuestra casa común”, los católicos sabemos que nuestro hogar definitivo no es este.

Otro tanto, o más, puede decirse del maximalismo migracionista que quiere acabar con las fronteras. Aquí la relación con el Evangelio es aún más tenue e incluso tramposa, porque mezcla el mandato de la caridad personal -naturalmente que tenemos que tratar a cada inmigrante o refugiado como a nuestro prójimo, y aun más por estar necesitado- con políticas colectivas. Que la Iglesia sea universal no significa que defienda un gobierno político universal. Los papas anteriores, desde Pío XII a Benedicto XVI, han escrito elocuentemente sobre el derecho de los Estados a controlar sus fronteras, igual que numerosos prelados africanos están llamando la atención sobre el aspecto más olvidado en este debate: el daño terrible que hace esta fuga masiva de jóvenes a países que los necesitan desesperadamente en su lucha por el desarrollo.

Que el Cambio Climático es obsesión también de los grandes medios y de la élite globalista no es algo sobre lo que haya que insistir. Es literalmente omnipresente, y todo tipo de fenómenos negativos insospechados, desde el terrorismo a la violencia de género, se han achacado al Cambio Climático. Lo mismo podemos decir de la inmigración masiva, que a nadie se le escapa que viene maravillosamente a los grandes financieros internacionales para imponer una ‘gobernanza global’ sobre pueblos ya sin raíces ni identidad y obtener mano de obra barata y lo bastante ignorante de la legislación laboral occidental. Ver a la jerarquía eclesiástica tan de la mano con el pensamiento de los poderosos, lo confieso, me aterra.

Por lo demás, estos dos asuntos que la Curia y los obispos predican hoy con el fervor del converso suponen apoyar con entusiasmo paquetes de medidas que, siendo el mundo el que va a aplicarlas, conllevan acciones y visiones que se dan abiertamente de bofetadas con la visión que tiene la doctrina católica sobre materias cruciales. No es un secreto que se está usando extensamente la preocupación por el medio ambiente y el Cambio Climático para imponer un neomaltusianismo anticristiano, urgiendo a los occidentales a no tener hijos para no perjudicar al medio y colando la imposición del aborto libre y gratuito en países del Tercer Mundo con la misma excusa.

Cierto, el Vaticano ‘objeta’ ante estas consecuencias. Pero, para quienes van a aplicarlas, son parte del ‘pack’, un paquete integral que la jerarquía eclesiástica aplaude en su conjunto. Lo mismo sucede en el otro asunto, y asusta ese “satisfecha con el Global Compact” cuando uno lee en el documento de la ONU lo que tiene que decir de los “servicios reproductivos” o de la causa LGTB. Una vez más, sí, el Vaticano ha interpuesto “objeciones y comentarios”, pero debería saber que la élite globalista se quedará con su entusiasta apoyo general y olvidará sus objeciones.

Por último, este nuevo entusiasmo clerical por causas vagamente izquierdistas está produciendo una especie de cisma de hecho entre la cúpula eclesiástica y buen parte de los fieles. En Italia, quizá por cercanía con el Vaticano, este contraste es notorio y cotidiano, con los obispos y los curiales fulminando contra un partido, la Liga, que, a su pesar, tiene el respaldo de una mayoría de católicos practicantes. Pero vemos lo mismo por todas partes: los católicos no practicantes se alinean libremente en el espectro político, pero no puede decirse que haya mayoría de ellos en la izquierda.

Desde un punto de vista de mero marketing político, parece una locura la apuesta de Roma. La izquierda real, la que existe, empezó su andadura histórica calificando a la religión como “el opio del pueblo”, lo que no parece el mejor modo de ganar sus simpatías, pero sobre todo ha sido su desarrollo posterior, desde la insania genocida de ‘los rojos’ en nuestra Guerra Civil al furor anticatólico en México que provocó las Guerras Cristeras, pasando por la persecución que siguen sufriendo los católicos allí donde la izquierda gobierna sin oposición, lo que hace al católico que vive su fe reacio a esta extraña alianza.

Vemos, pues, unos pastores que se enajenan con su politización las simpatías de los fieles más activos, mientras que desde el bando al que dedican todas sus sonrisas responden con frialdad y sin el menor deseo de conversión.

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