“Al solo nombre de Jesús dóblese toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos. No se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo por el cual debamos ser salvos.”

El origen de esta fiesta se remonta al siglo XVI, cuando era celebrada por la Orden Franciscana. En el año 1721 el Papa Inocencio XIII transformó esta celebración en universal. Por medio de San Gabriel Arcángel, Dios mismo impuso al Salvador del mundo el nombre de Jesús aún antes de que fuera concebido.

La Epístola de este día nos habla del poder del nombre de Jesús, el cual no sólo realiza milagros, sino que además depende de él nuestra salvación. Sólo Jesús puede redimirnos y darnos felicidad; sólo Él debajo del cielo ha sido dado al hombre por Dios, para que a través de Él podamos alcanzar la felicidad. Sólo Él puede romper las cadenas del error y el pecado en donde toda la humanidad se encuentra capturada. Sólo Él es la Verdad, Él como Hijo de Dios, tiene el poder de satisfacer perfectamente por el pecado, y de hacernos verdaderamente buenos; y sólo los buenos pueden ser salvos. Por tanto, hay que adherirnos firme y fielmente a Jesús, y no separarnos jamás de Él; sin Él no podemos lograr nada; con Él, a través de Él, podemos lograrlo todo.

Pensamientos de San Bernardo sobre el Dulce Nombre de Jesús

El Dulce Nombre de Jesús produce en nosotros pensamientos santos, llena el alma de sentimientos nobles, fortalece la virtud, engendra buenas obras, y alimenta los afectos puros. Todo alimento espiritual deja el alma seca si no contiene ese aceite penetrante, el Nombre de Jesús.

Cuando lleves tu pluma, escribe el nombre de Jesús: si escribes libros, que el nombre de Jesús se encuentre en ellos, de lo contrario no poseerán ningún encanto o atractivo para mí; Puedes hablar, o puedes responder, pero si el nombre de Jesús no suena en tus labios, estás sin unción y sin encanto.

Este nombre es el remedio para todas las enfermedades del alma. ¿Estás preocupado? Piensa solo en Jesús, habla solo el nombre de Jesús, las nubes se dispersan, y la paz desciende de nuevo desde el cielo.

¿Has caído en el pecado? ¿Temes a la muerte? Invoca el Nombre de Jesús, y pronto sentirás que la vida regresa. Ninguna obstinación del alma, ninguna debilidad ni frialdad de corazón puede resistir este santo Nombre; no hay corazón que no se ablande y se abra llorando ante este nombre.

¿Estás rodeado por el dolor y el peligro? Invoca el nombre de Jesús, y tus temores desaparecerán. Jamás ha existido un hombre que, encontrándose en una necesidad apremiante, o a punto de perecer, haya invocado este Nombre sin ser socorrido poderosamente.

Este Nombre nos ha sido dado para curar todos nuestros males; para suavizar la impetuosidad del enojo, para apagar el fuego de la concupiscencia, para doblegar el orgullo, para mitigar el dolor de nuestras heridas, para vencer la sed de avaricia, para acallar las pasiones sensuales y los deseos de los bajos placeres.

Si pensamos en el nombre de Jesús, pensamos también en su Corazón humildísimo y manso, y adquirimos una mayor comprensión de su misericordia amante y suave. El nombre de Jesús es el más puro y sagrado, el más noble e indulgente, el nombre de todas las bendiciones y todas las virtudes; es el nombre del Dios-Hombre, de la santidad misma.

Si el nombre de Jesús penetra en las profundidades de nuestro corazón, deja ahí su virtud celestial. Por tanto, repitamos con nuestro gran maestro San Pablo Apóstol: “El que no amare a Nuestro Señor Jesucristo, sea anatema (I Cor. 16:22).”

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