Hasta el Padrenuestro

Rezo el Padrenuestro en latín. Entre otras cosas, porque estoy convencido de que Dios habla latín, lengua de su Iglesia, sin necesidad de que le hagan traducción simultánea de las lenguas vernáculas. Dios es tan perfecto como el latín. Y decidí rezar el Padrenuestro en latín por la cantidad de versiones, una tras otra, que se fueron imponiendo en la Iglesia española. Que anda bien despachada siempre de cursilerías. Y teniendo un tesoro musical propio, está siempre encandilada con la moda de los cantos protestantoides modelo “¡Qué alegría cuando me dijeron!”, una de las mayores cursilerías que escucharse pueden en un templo católico.

Aprendí el Padrenuestro con las Hermanas de la Doctrina Cristiana, en su colegio del barrio de Santa Cruz. Era la misma versión del Catecismo del padre Ripalda, que nos teníamos que aprender de coro, de carretilla. Una versión arcaizante, hermosísima, llena de giros de la lengua que ya no se usaban: “santificado sea el tu niombre”, “así en la tierra como en el cielo”, “dánosle hoy”. Una maravilla de arcaísmos que nos llevaban a la lengua española del Barroco. Pero vino, ay, el Concilio Vaticano II, sobre el que decía mi recordado Santiago Amón que Juan XXIII tenía que haberle pedido permiso a la Unesco para terminar con un bien intangible de tanto interés cultural, monumento inmaterial, cual el uso litúrgico del latín. Supongo que a Dios, a pesar de su perfección infinita, le cuesta más trabajo enterarse de lo que le pedimos en las horribles lenguas vernáculas que sustituyeron al latín tras el Concilio Vaticano II. Y ni te cuento si esa lengua es una de las cooficlales en el Reino de España, cual el catalán del abad de Montserrat.

La cuestión es que el de la misa ya no era el Padrenuestro que aprendí de niño. De momento, lo habían pasado del Derecho Mercantil al Derecho Penal: el “perdónanos nuestras deudas” era ahora “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (dan ganas de llamar a “mis abogados”, como dicen los de “Sálvame”). En vista de que me habían dejado irreconocible a mi sentimental Padrenuestro de la primera fe de la infancia y de la primera comunión (aunque sin música de Juanito Valderrama), decidí cortar por lo sano y rezar el Padrenuestro en la latín, lengua en la que gracias al mismo Dios que nos lo enseñó, no ha sufrido cambios.

 

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