Usos profanos del patrimonio sagrado

SPECOLA / Infovaticana

Uno de los mayores dramas que está afectando a la Iglesia Católica es la falta de vocaciones en todos los ámbitos que la está llevando a su extinción. En muy pocos años podemos ver la práctica desaparición de la vida religiosa. La evangelización de Europa,  y no digamos la actividad misionera en el resto del mundo, ha estado en manos de las órdenes religiosas que se han extendido con gran eficacia. Has ahora hemos estado tapando agujeros estirando lo que quedaba pero esto ya no se puede sostener por mucho tiempo. Los datos estadísticos que oficialmente nos ofrecen las instituciones, sin dudar de su veracidad, se deben analizar con cautela. Se siguen contando los religiosos y religiosas que han abandonado de hecho y la mayoría de ellos son de una edad más que avanzada. Este fenómeno afecta más a Europa y América del Norte pero se empieza a sentir en toda la cristiandad. Muchas de las instituciones en el resto del mundo se siguen apoyando en la actividad misionera que depende en gran parte del llamado primer mundo.

Una de las consecuencias es el abandono de miles de edificios, muchos de ellos históricos, que inundan el paisaje de la vieja Europa. Las desamortizaciones liberales llenaron de gloriosas ruinas nuestros pueblos y ciudades y ahora asistimos a una nueva y compleja situación. Cesiones, ventas, abandonos son palabras muy presente en las reuniones de órdenes y congregaciones religiosas y de las diócesis. El patrimonio puede ser una fuente de riqueza y un instrumento necesario para el trabajo apostólico pero también puede ser una ruina imposible de sostener.

Una de las consecuencias dolorosas es que estamos viendo como iglesias, monasterios, conventos… construidos con tanto esfuerzo y generosidad se utilizan para fines profanos sin poder disimular su origen sagrado. La desacralización que afecta a la sociedad en su conjunto encuentra en estos gloriosos muros la imagen de su decadencia. Catedrales convertidas en museos, monasterios en centros culturales, iglesias reducidas a restaurantes y mercados, nos hacen ver hasta qué punto es profunda la crisis que estamos sufriendo.

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