17/01/2021

Don Fernando Valiente Clemente, párroco de Aliseda: el cura torero

Don Fernando Valiente Clemente, párroco de Aliseda y Herreruela, corría el toro en los Sanjuanes de Coria y ahora ha recuperado su afición saltando al ruedo en tentaderos

J. LÓPEZ-LAGO 
Fernando pone a Robe Iniesta en su casa, un tema reciente, de los tranquilos del líder de Extremoduro, como ‘Suspiro acompasado’ o ‘Del tiempo perdido’. Suenan los acordes, agarra su muleta, coloca los pies, alarga un brazo, retuerce su cintura y empieza a hacer toreo de salón abstraído en cada movimiento.

Es la manera que tiene de entrenar para hacer un papel digno si le invitan a tentar otra vaca. Pero si el ofrecimiento fuera para un domingo por la mañana tendría que rechazarlo, ya que Fernando da misa en Aliseda y Herreruela, donde ejerce de párroco.

«Lo de torear ha sido para mí un descubrimiento que me hace mucho bien porque así se puede expresar la belleza. Es un medio como puede ser la oración y me alegro de que la vida me haya dado la oportunidad de conocerlo», decía esta semana a HOY.

«Me aburría el gimnasio, así que encontré esta afición, que me parece mucho más expresiva»

Como aficionado, Luis Fernando Valiente Clemente (Coria, 1978), debutó delante una vaca brava el año pasado. En total ha pasado de la tapia a la arena en tres tentaderos con suerte desigual. En algunos ha salido a hombros, pero en otros se ha llevado más de un revolcón.

Aficionado taurino de toda la vida, a sus 42 años el sacerdote extremeño está encantado de compaginar su devoción cristiana con una vocación taurina recién revelada. «A mis feligreses les parece bien. Saben que soy sacerdote, pero también persona. Y al que no, no me lo dice».

El sacerdote a hombros deepués de un tentadero.
El sacerdote a hombros después de un tentadero.

Don Fernando, como le llaman sus fieles, se ordenó un 18 de octubre de 2003. Tiene dos hermanos y un tío sacerdote trabajando en Las Hurdes que lo llevó a sentir atracción por la palabra de Dios. Con 11 años recaló en el Seminario de Cáceres mientras sus padres regentaban bares en el centro de Coria (Cáceres), en la plaza del Rollo, por donde pasan los encierros de los Sanjuanes cada verano. «Yo corría el toro en mi pueblo sin que mis padres se enteraran, luego me aficioné a las corridas que daban en Canal Plus, pero a las plazas no iba por mi trabajo de cura. Mis amigos me decían que me animara porque sabían que me gustaba mucho. Así que hace poco me compré una muleta en Talavera la Real con el corte de Antonio Ferrera, maestro al que admiro mucho, y le puse mis apellidos: Valiente Clemente. La llevo en el coche y a veces paro a torear en el campo yo solo. Me parece una experiencia artística muy bonita. Me podía haber dado por escribir, por el pádel o por la fotografía porque cada uno tiene una afición. A mí me aburría el gimnasio, así que encontré esto, que me parece mucho más expresivo. Comencé de una manera privada, toreando solo, pero los amigos me animaron a dar el siguiente paso», relata.

Sus tres intervenciones

Ese otro paso fue ponerse delante de un animal. Y su presencia en la plaza impactó por su atuendo, la sotana, la cual eligió llevar desde 2008, motivo por el que dejó de correr los Sanjuanes de Coria, ya que no es precisamente la indumentaria más segura para hacer una carrera a vida o muerte delante de un toro de 500 kilos.

Lo que sí ha hecho don Fernando es darle pases a vaquillas con ella puesta. Y le ha encantado.

Debutó en la primavera de 2019 en una finca de Monfragüe, donde la Escuela Taurina de Cáceres organizó unas clases prácticas para aficionados y a él le tocó una becerra de un año. «La primera sensación fue preguntarme qué hago yo delante de este animal. Pero luego me di cuenta de que a través de él enfrentaba mis miedos y el cariño hacia los animales. Sientes su respiración, su olor, la fuerza y todo es muy bonito porque de juntar la inteligencia del hombre con la energía del animal sale algo que emociona», rememora sin ocultar que aquel día le entró el veneno del toreo.

La segunda vez la tienta tuvo lugar gracias a la Escuela Taurina de Badajoz. Fue en una finca de Herreruela. «Ahí la vaca ya era más grande y yo no sabía cómo colocarme. Primero toreamos en la plaza y luego en campo abierto con más amigos del ganadero. Esta ya tenía unos buenos cuernos, pero me dije que ya no podía echarme atrás porque no hay valor sin miedo. Al final me dio algún revolcón y acabé con algún moratón», confiesa humilde.

La tercera y última vez que toreó fue a mediados del pasado mes de julio en El Rocío, durante un curso de aficionados prácticos con toros de la ganadería Partido de Resines. Había treinta inscritos más pero todos se fijaron en él. Su atuendo desveló que no era un alumno cualquiera. «Me hacía ilusión torear con la sotana. No es lo más práctico, pero así me sentía con más fuerza. Fue un momento personal, en el que agradecí a Dios tener una afición que me permitiera disfrutar de algo tan bonito. Yo veo a los toreros como santos de la tauromaquia porque es algo por lo que dan la vida. Aprendo de su actitud, de su entrega, de torear de verdad y de frente, cosas que a veces también veo en Jesucristo. Los dos se juegan la vida por su verdad. Además, existe una conexión tradicional entre las fiestas religiosas y las taurinas», explica este extremeño, que bromea ante la posibilidad de convertirse un día en matador.

De momento, dice, tiene previsto volver a correr los Sanjuanes en 2021. Además, le están haciendo un traje corto. «A lo único que aspiro es a ponerme delante del animal con más eficacia y calidad porque un pase lo da cualquiera, otra cosa distinta es torear».

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