26/01/2021

¿La Misa de espaldas a los fieles?

 

Una aproximación a la orientación del sacerdote en la oración litúrgica

Por Juan Manuel Rodríguez – (14/01/2008)

El Papa Benedicto XVI ha celebrado, el domingo 13 de enero, una Santa Misa en la Capilla Sixtina, en la que utilizó su altar originario, situándose «ad orientem», con la asamblea tras él dirigida en la misma dirección. El gesto del Pontífice ha levantado no poco revuelo en diversos medios de comunicación -que, lamentablemente, no suelen ser conocidos por su defensa o adhesión a la fe cristiana- acusándolo de «retrógrado» o «involucionista». En los foros de Internet se han sucedido los enfrentamientos entre «defensores» y «detractores» de este gesto del Papa, y algunos, como Enrique Miret Magdalena, presidente de la llamada «Asociación de Teólogos Juan XXIII» han lanzado duras y públicas acusaciones contra el Sucesor de Pedro. Entre sus ataques, Miret Magdalena por ejemplo ha llegado a decir que : «Benedicto XVI no quiere parecer un hombre demasiado avanzado y da pasos hacia atrás, en vez de hacia adelante» y que «parece que se ha olvidado que el Concilio Vaticano II fue un paso importante hacia adelante de la Iglesia Católica».

Es de lamentar que un hombre como Miret Magdalena acuse a quien precisamente fuera Perito del Concilio y quien lo vivió de cerca y participó en él, de no haberse enterado de lo que éste significó, o haberlo olvidado; pero la cosa no pasaría de la mera anécdota si no fuese porque este ataque no ha sido aislado, ya que han salido a relucir, de forma generalizada, grupos que, en el seno mismo de la Iglesia pretenden crear una lamentable división que a nadie beneficia. Sólo con una meditada reflexión y sin acaloramientos, se pueden abordar estas cuestiones, y sólo en una reflexión serena y mesurada, de la que el Santo Padre es ejemplo constante, encontraremos luz que arrojar a estos asuntos.

Este artículo, escrito por un fiel laico que no tiene más bagaje intelectual que el de sus propias lecturas, pretende ser un modesto granito de arena a esa necesaria reflexión, y un acicate para todos aquellos que, desde una mayor autoridad, pueden enriquecer un debate que se hace cada vez más urgente en la Iglesia de hoy, a la vista de los pasos que en materia litúrgica está dando nuestro Papa. Pido pues disculpas por las inevitables omisiones y las posibles imprecisiones en este texto surgido «a la carrera», obligado por los acontecimientos, y que no pretende ser científico sino divulgativo, para animar a fieles cristianos como el que esto escribe a reflexionar sobre cuestiones tan importantes, tan absolutamente centrales para la vida de la Iglesia como lo es la liturgia.

El Concilio y el altar católico

En realidad, la diatriba de Miret Magdalena contra el Santo Padre, acusándolo de infidelidad al Concilio ya la contestó el entonces Cardenal Ratzinger hace algún tiempo y de manera pública, en el prólogo a una publicación, que tenemos reproducida en la página de Una Voce Sevilla (http://www.unavocesevilla.info/versusratzinger.htm ) :

» Para el católico practicante normal son dos los resultados más evidentes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: la desaparición del latín y el altar orientado hacia el pueblo. Quien lee los textos conciliares puede constatar con asombro que ni lo uno ni lo otro se encuentran en dichos textos en esta forma. (.)El texto conciliar no habla de la orientación del altar hacia el pueblo. Se habla de esta cuestión en instrucciones posconciliares. La más importante de ellas es la Institutio generalis Missalis Romani, la Introducción general al nuevo Misal romano de 1969, donde en el número 262 se lee: «Constrúyase el altar mayor separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo [versus populum]» . La introducción a la nueva edición del Misal romano de 2002 ha tomado este texto a la letra, pero al final añade lo siguiente: « es deseable donde sea posible» . Muchos ven en este añadido una lectura rígida del texto de 1969, en el sentido de que ahora existe la obligación general de construir -«donde sea posible»- los altares de cara al pueblo. Esta interpretación, sin embargo, fue rechazada por la competente Congregación para el Culto Divino el 25 de septiembre de 2000, cuando explicó que la palabra «expedit» [es deseable] no expresa una obligación, sino un consejo. Hay que distinguir -dice la Congregación- la orientación física de la espiritual. Cuando el sacerdote celebra versus populum, su orientación espiritual debe ser siempre versus Deum per Iesum Christum [hacia Dios por Jesucristo]. Dado que ritos, signos, símbolos y palabras no pueden nunca agotar la realidad última del misterio de la salvación, se han de evitar posturas unilaterales y absolutas al respecto. Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo)». 1

En este mismo sentido se han pronunciado liturgistas y expertos de tan diversa procedencia y pensamiento como Uwe Michael Lang, Klaus Gamber, Andreas Jungmann o Louis Bouyer, a quien, como al mismo Papa, nadie puede acusar de no conocer lo que quería el Concilio Vaticano II. Bouyer, renombrado liturgista cuyas obras son ampliamente difundidas en ambientes «renovadores» católicos -aunque curiosamente se suelan obviar sus posturas sobre la orientación litúrgica-, asegura que «estas disposiciones (Instrucción sobre la Constitución conciliar sobre la Liturgia), así como el espectáculo televisado de las primeras misas concelebradas bajo la presidencia del Papa en San Pedro durante el Concilio 2, fueron suficientes para dar a muchas personas la impresión de que la mayor parte -por no decir toda- de la primavera litúrgica depende de la Misa «cara al pueblo». Todo lo que llevamos dicho debería bastar para disipar esta ilusión». 3

En efecto, a raíz del Concilio Vaticano II han proliferado en todo el mundo católico de rito latino los altares exentos, introduciéndose con ello uno de los cambios más significativos, en la celebración «versus populum» (de cara al pueblo) y con el sacerdote, situado detrás del altar, frente a los fieles. Erróneamente se ha llegado a la conclusión generalizada de que el hecho de que el sacerdote se coloque «de espaldas al pueblo» es una característica del rito de la Misa de San Pío V, mientras que la posición del sacerdote «cara al pueblo» pertenece al Novus Ordo de la Misa, de Pablo VI, y por extensión, al Concilio. Pero lo cierto es que la Constitución Conciliar sobre la liturgia «Sacrosanctum Concilium» nada dice de la celebración «cara al pueblo». Y más allá, las rúbricas del Misal Romano del Papa Pablo VI presuponen la misma orientación de pueblo y sacerdote en el núcleo de la liturgia eucarística, al indicar que en el «orate fratres», en la «Pax Domini» y al «Ecce Agnus Dei» el sacerdote debe «volverse hacia el pueblo», y añadiendo que en el momento de la comunión del sacerdote indica «ad altare versus», lo cual sería redundante si el celebrante estuviera situado tras el altar y frente al pueblo 4. Estas rúbricas están mantenidas en la última Editio Typica del Misal Romano, aprobada por Juan Pablo II en el año 2000 y publicada en la primavera de 2002.

¿De dónde viene, pues la confusión? Viene de la Instrucción «Inter Oecumenici» 5 preparada por el Consilium para la puesta en práctica de la Instrucción conciliar sobre la Sagrada Liturgia, en la que hay un capítulo sobre el diseño de nuevas iglesias y nuevos altares, en la que se indica: «Es recomendable que el altar mayor esté exento del muro frontal, de modo que se pueda rodear fácilmente y así llevar a cabo la celebración cara al pueblo», a la que en el año 2000, en la Instrucción General del Misal Romano se añadió «lo cual es muy deseable siempre que sea posible».

La interpretación de este texto originó alguna controversia, pues muchos pensaron que de él se derivaba la obligatoriedad de la celebración «cara al pueblo», mientras que otros, como Andreas Jungmann insistieron en que esa disposición «no se impone, sino que se recomienda» 6 . Desde luego, a lo que no invitaba el texto era a destruir, en muchos casos con «nocturnidad y alevosía», tan rico patrimonio de altares que han venido siendo amputados en iglesias antiquísimas, desfigurando su concepción original, para instalar los exentos en tantas partes del mundo.

Las dudas que pudieron surgir en torno a la interpretación del texto en cuestión quedaron resueltas por la autoridad eclesiástica. Así, la Congregación para el Culto Divino explicitó en el año 2000, en respuesta a una pregunta del Cardenal Schönborn, Arzobispo de Viena, que la celebración cara al pueblo «en modo alguno excluye la otra posibilidad» , y añadiendo que «es claro que sea cual sea la posición del celebrante, el sacrificio eucarístico se ofrece a Dios Uno y Trino y que el Sumo Sacerdote es Jesucristo, que actúa a través del ministerio del sacerdote de manera visible como instrumento suyo(.) Si el sacerdote celebra ‘versus populum, lo que es legítimo y a veces recomendable, su actitud espiritual debe estar siempre orientada ‘versus Deum per Iesum Christum'» 7.

Queda pues claro, y así lo ha expresado la Iglesia, que no existe obligatoriedad en absoluto de que la Santa Misa se celebre de «cara al pueblo», y que la forma que eligió el Papa para celebrar la Misa del pasado domingo, es tal lícita y, al menos tan «conciliar» -si no más- como la celebración «versus populum». El mismo Joseph Ratzinger, en 1966, ponía el dedo en la llaga:

«No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo ¿deberán celebrarse todas las Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante mirar a la cara del sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos para dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea, y recitar con ellos el ‘Padrenuestro’?» 8.

Se podría pensar -y así muchos lo han interpretado desde una concepción plana y, por qué no decirlo, ignorante- que este gesto del Santo Padre obedece a un mero gusto personal, a una adhesión nostálgica a tiempos pretéritos o a un querer volver a la Iglesia «a tiempos pasados», siempre sin especificar qué se quiere decir con esto. Caer en ese error desde una visión superficial es sin duda minusvalorar la capacidad intelectual y el amor a Dios de nuestro Santo Padre, que, desde luego, ni es un «político», ni es un tonto nostálgico, ni parece moverse por otra cosa que no sea por su profunda identificación con Cristo. Pensar que no hay «algo más» detrás de cada una de las acciones de Benedicto XVI es el peor de los desprecios que pueden hacerse a un hombre de su talla intelectual y su profunda espiritualidad.

Leer más en http://www.unavocesevilla.info/misaespaldasfieles1.htm

A %d blogueros les gusta esto: