23/01/2022

Cómo debería ser el cónclave según el cardenal Brandmüller

El cardenal Walter Brandmüller responde a todas estas preguntas y propone una solución bastante alejada de las orientaciones del pontificado actual…

El cardenal Walter Brandmüller es conocido por su franqueza, en particular sobre las cuestiones del celibato en el clero, el Sínodo sobre la Amazonía o la familia: el prelado, revestido por el Papa Benedicto XVI con la púrpura cardenalicia en 2010, y ahora de 92 años, no duda en oponerse al actual soberano pontífice en todos estos temas. 

Esta vez fue en otro ámbito que el presidente emérito del Comité Pontificio de Ciencias Históricas expresó sus diferencias: el de la internacionalización del Sacro Colegio -sin duda acelerada por el huésped de Santa Marta- y su repercusión en la elección de un futuro sucesor de Pedro.

En un texto publicado por el vaticanista Sandro Magister, el 26 de octubre de 2021, el alto prelado identificó dos efectos perversos en este fenómeno creciente, en primer lugar el hecho de que los numerosos cardenales electores, debido a su lejanía, carecen de elementos para tomar una decisión reflexiva:

«Los 120 electores, dado que proceden de la periferia, a menudo se reúnen por primera vez en los consistorios que preceden al cónclave sin saber prácticamente nada sobre el colegio cardenalicio y, por tanto, sobre los propios candidatos, lo que compromete un presupuesto fundamental para un voto responsable en el cónclave», señaló el cardenal.

Y evocó un segundo efecto perverso: la dialéctica que no deja de imponerse entre una Curia centralizada, considerada burocrática y fría, y una Iglesia de las periferias, supuestamente más conforme al ideal evangélico: esta «tensión que, a veces se vive de forma muy emotiva, también afecta la elección», explicó el alto prelado.

Como la Historia es maestra de la vida, monseñor Brandmüller recuerda que el oficio papal está esencialmente ligado a la sede episcopal de Roma, donde fue martirizado y enterrado el primero de los apóstoles, un hecho que revela una dimensión teológica:

«El obispo martirizado Ignacio de Antioquía estaba convencido de esto, y entre los siglos I y II, escribió en su carta a la Iglesia de Roma, que esta última preside el ágape, palabra que debería traducirse correctamente como ‘Iglesia’, tal y como lo muestra el uso de esta misma palabra en las otras cartas de San Ignacio».

Asimismo, en los albores del siglo III, San Ireneo de Lyon atribuyó a la Roma cristiana, fundada sobre la sangre de los apóstoles Pedro y Pablo, una potentior principalitas, es decir, una firme preeminencia:

«El Colegio Cardenalicio está arraigado en el clero de la ciudad de Roma y por ello, a partir de Nicolás II, elige al obispo de Roma que es al mismo tiempo el pastor supremo de toda la Iglesia», resumió el cardenal, que insiste en que «el Papa no es también el obispo de Roma sino todo lo contrario: el obispo de Roma es también el Papa».

Por tanto, la elección recae en primer lugar en el clero y el pueblo de Roma. Por eso a los cardenales del Sacro Colegio se les asigna, desde el momento de su creación, una iglesia titular romana, una «ficción ritual» que significa su incardinación en la Ciudad Eterna.

Sin embargo, surge una cuestión: con la parte preponderante en la Iglesia de continentes que alguna vez fueron tierras de misión, ¿cómo conciliar este vínculo ontológico entre Roma y el Papa, con el aspecto universal del ministerio pontificio que supera con creces los intereses de una iglesia local, aun cuando fuera la más prestigiosa?

Una primera solución, rechazada por monseñor Brandmüller, sería otorgar el derecho de voto al cónclave, a los presidentes de las Conferencias Episcopales Nacionales: «Es preciso reiterar enérgicamente que las conferencias episcopales no constituyen en lo absoluto un elemento estructural de la Iglesia y que esta solución no cumpliría con los requisitos planteados por el vínculo entre la sede de Pedro y la ciudad de Roma», advirtió.

La segunda solución, que es la preferida por el alto prelado, pero no necesariamente por el Papa Francisco, (y entendemos porqué), sería disociar entre el derecho de voto activo (electores) y pasivo (elegibles) «reservándose en la práctica el derecho de voto a un colegio cardenalicio muy reducido y verdaderamente romano, y al mismo tiempo ampliando el círculo de los elegibles para la Iglesia universal».

En opinión del cardenal, «esta modalidad tendría además la ventaja de que ya no sería tan fácil para un Papa condicionar la elección de su sucesor creando cardenales de manera selectiva». En Santa Marta debe ser difícil no sentirse atacados por esta alusión en forma de zarpazo…

Una solución tanto más urgente cuanto que los numerosos cardenales creados bajo el actual pontificado no tienen «la experiencia de Roma»: «es prácticamente imposible que un colegio que da un lugar privilegiado a los cardenales de las diócesis de la periferia cumpla adecuadamente los deberes anteriormente mencionados, incluso en las condiciones habilitadas por las modernas técnicas de comunicación», señaló el cardenal.

Además, dada su lejanía, aumenta la probabilidad de estar ausentes en un futuro cónclave debido a eventos políticos, climáticos o sanitarios, por tanto, «debido a estas razones y otras similares, y dado el gran número de cardenales que tienen derecho a voto y, al mismo tiempo, la obligación de participar, una elección realizada por un colegio ‘incompleto’ podría ser impugnada, con un grave riesgo para la unidad de la Iglesia».

Por el contrario, si los cardenales que se benefician de un derecho de voto activo ya estuvieran allí, en Roma, porque forman parte de un colegio verdaderamente romano, entonces «un escenario de este tipo (como el descrito anteriormente) ya no debería temerse».

Esto sin mencionar otro problema suscitado por la composición actual del Sacro Colegio, el de una posible confiscación de la elección por parte de grupos de presión: «todo acaba dependiendo de estos líderes de opinión, internos y externos, que se las arreglan para dar conocer a su candidato favorito a los menos informados y asegurar así su apoyo.

«Así es como se llega a la formación de bloques, dentro de los cuales los votos particulares son como cheques en blanco otorgados a los ‘grandes electores’ influyentes. Estos comportamientos obedecen a estándares y mecanismos bien conocidos en sociología.

«Pero la elección del Papa, sucesor del apóstol de Pedro, pastor supremo de la Iglesia de Dios, es un evento religioso que debe obedecer a sus propias reglas».

¿Cómo no pensar aquí en la influencia del llamado «Grupo de San Galo», que en Roma no es ningún misterio para nadie, pues se sabe que tuvo un papel protagónico en la elección del pontífice argentino?

Y como si esto no fuera suficientemente claro, monseñor Brandmüller también evoca posibles riesgos de simonía que podrían darse cuando los «flujos financieros más o menos abundantes que fluyen desde la rica Europa hacia las regiones más pobres del mundo, obliguen en cónclave a sus cardenales electores a inclinarse hacia los donantes…»

¿El actual sucesor de Pedro tomará en cuenta el magistral análisis del presidente emérito del Pontificio Comité de Ciencias Históricas?

Nada es menos seguro cuando se consideran los lineamientos de la futura constitución apostólica para reformar la Curia y organizar la elección del futuro Papa, integrando las dimensiones colegial y sinodal contenidas en la vulgata progresista. Sin embargo, todavía es posible creer en los milagros…

¿Cómo evitar que un Sacro Colegio demasiado internacionalizado se convierta en instrumento de los grupos de presión a la hora de elegir un futuro Papa? ¿Es posible conciliar la dimensión romana del ministerio papal y la gran diversidad de un catolicismo cuyas ramas vivas se encuentran cada vez más alejadas de la Ciudad Eterna?

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