26/06/2022

Domingo de la 13ª semana de Tiempo Ordinario. – 26/06/2022

Comentario Pastoral

DOS VOCACIONES

Es clásica la relación entre «las vocaciones» o llamadas de la primera lectura y del Evangelio de este domingo. Se describe, en primer lugar, la llamada de Eliseo. El manto es el símbolo del carisma profético que se transmite como una investidura. El arado, símbolo del trabajo de Eliseo, se convierte en el signo del nuevo trabajo del apóstol, ya que «ninguno que ha puesto su mano en el arado y después se vuelve atrás es digno del reino de Dios». Ésta es la principal diferencia entre la perícopa de Eliseo y la perícopa evangélica.

La vocación al Reino, que pide Jesús, es exigente y radical. Es necesario no apoyarse en medios humanos y naturales. Es necesario que haya prontitud de respuesta y abandono del pasado. Es necesario mirar al futuro, hacia la Jerusalén de la entrega total. “Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. San Pablo dice que nuestra vocación es la libertad, por eso la libertad es el gran don de la redención, ya que hemos sido librados de la esclavitud del pecado. Es la libertad que supera el egoísmo y nos centra en el amor.

La vocación cristiana es cortar con un pasado cómodo o con costumbres aceptadas. La vocación cristiana es renuncia y distanciamiento de los bienes materiales, de los afectos poco convenientes y de las decisiones superficiales. La vocación cristiana es contraria a la nostalgia.

La vocación cristiana nos lleva siempre al terreno del amor auténtico y de la fe comprometida. Nos abre a los demás liberándonos de estar encerrados en nosotros mismos. La vocación cristiana nos mueve a caminar por la senda del Espíritu liberándonos de los deseos de la carne.

La vocación cristiana nos hace encontrar al Señor como lote y heredad perfecta, como bien supremo, que nos sacia de gozo en su presencia y de alegría perpetua.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Reyes 19, 16b. 19-21
Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

san Pablo a los Gálatas 5, 1. 13-18

san Lucas 9, 51-62

 

de la Palabra a la Vida

Después de llevar a cabo su ministerio mayoritariamente en la región de Galilea, Jesús toma la decisión de bajar a la región de Judea, de capital Jerusalén, donde consumará su sacrificio, donde
el profeta concluirá su misión de anunciar el evangelio del Reino de Dios entregando su vida. Ni
siquiera la oposición que encuentra en el territorio de Samaria será un obstáculo para que pueda
llevar a cabo su misión. Hay una determinación imparable en quien sabe que es su momento, que
es la hora del Padre, que un proyecto cumple la voluntad de Dios y ha de ser llevado a cabo superando cualquier adversidad.

Así, lo primero de lo que nos hablan las lecturas de hoy es de una gran determinación. El evangelio no puede seguirse, ni creerse, ni vivirse, de forma tibia. Si no hay convencimiento, no se podrá realizar y la vida no reflejará el poder de Dios. Nada puede retrasar su fuerza, y si el hombre no acoge plenamente el poder de la Pascua de Cristo, este no brillará como verdaderamente es.

De ahí la exigencia de Cristo: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de los cielos». Y es al escuchar esta sentencia cuando viene a nuestra mente el episodio de Elías con Eliseo: «Ve y vuelve, ¿quién te lo impide?» Con Eliseo, en los tiempos del Antiguo Testamento, la salvación se va haciendo «a fuego lento». Hay tiempo hasta para ir y despedirse. Pero la urgencia ha llegado con Cristo. Antes no se había manifestado plenamente el poder de Dios, pero ahora ya sí, ahora ya no hay lugar para retrasos. El seguimiento de Cristo es una tarea que requiere decisión.

En la vida cristiana, multitud de elementos pueden diferir un anuncio que es urgente, y eso no puede ser. La conversión no es aplazable. ¿Qué obstáculos, que «peros», que esperas le proponemos nosotros a Dios en nuestra vida cristiana? En aquel que sigue al Señor, sólo cabe repetir, una y otra vez, lo que decía el salmo: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa. Mi suerte está en tu mano”. Confiar en el Señor, en aquel al que se sigue, dejar que sea el Señor el que vaya marcando sacrificios y tiempos, significa favorecer el plan salvador.

La segunda lectura en el Tiempo Ordinario no va en relación con las otras, es una enseñanza aparte de la que traen la primera y el evangelio, y sin embargo las palabras de Pablo hoy dan continuidad al mensaje evangélico: «andad según el Espíritu». Esa elección coopera con el deseo de Cristo. En ese dejarse llevar por la guía del Espíritu Santo, el hombre participa acertadamente de la misión que Cristo ha decidido llevar a cabo en Jerusalén, para la cual uno tiene, como advertía el domingo pasado, que negarse a sí mismo, a la voluntad que nace del cuerpo, y dejar que el Espíritu Santo ilumine a la persona entera.

¿De qué manera aprende el cristiano a seguir al Señor guiado por el Espíritu Santo? En la oración, claro, y especialmente en la oración litúrgica. En ella, el Espíritu modela a nuestro espíritu, le dice qué responder, qué decir, cómo moverse, qué rezar, qué escuchar… y esto, lejos de violentarnos o de sernos ajeno, nos educa a lo que tiene que ser toda nuestra vida, liturgia de alabanza según la voluntad de Dios, que es la que sigue Cristo en su decisión de ir a Jerusalén.

Hoy es día para aprender, por tanto, la fortaleza de una decisión, el convencimiento de que, ni el obstáculo del rechazo a Cristo o el pecado, podrán parar el deseo de Dios. ¿Qué suscita en nosotros la decisión de Jesús, su firmeza en el hablar? Jesús se ha mostrado cercano a los débiles en el evangelio, se ha puesto al lado de los que no pueden, los enfermos, los tristes, y es justo en su cercanía donde saca su total determinación, necesaria para afrontar cualquier gran meta. Y así,
también hoy.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

El Misterio de Cristo, su Encarnación y su Pascua, que celebramos en la Eucaristía, especialmente en la asamblea dominical, penetra y transfigura el tiempo de cada día mediante la celebración de la Liturgia de las Horas, «el Oficio divino» (cf SC IV). Esta celebración, en fidelidad a las recomendaciones apostólicas de «orar sin cesar» (1 Ts 5,17; Ef 6,18), “está estructurada de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche” (SC 84). Es “la oración pública de la Iglesia» (SC 98) en la cual los fieles (clérigos, religiosos y laicos) ejercen el sacerdocio real de los bautizados. Celebrada «según la forma aprobada” por la Iglesia, la Liturgia de las Horas “realmente es la voz de la misma Esposa la que
habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su mismo Cuerpo, al Padre” (SC 84).

(Catecismo de la Iglesia Católica, 1174)

 

Para la Semana

Lunes 27:

Am 2, 6-10. 13-16. Revuelcan en el polvo al desvalido.

Sal 49. Atención, los que olvidáis a Dios.

Mt 8, 18-22. Sígueme

Martes 28:

San Ireneo, obispo y mártir. Memoria.

Am 3, 1-8; 4, 11-12. Habla el Señor, ¿quién no profetiza?

Sal 5. Señor, guíame con tu justicia.

Mt 8, 23-27. Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.

Por la tarde: San Pedro y san Pablo, apóstoles. Solemnidad.

Hch 3, 1-10. Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Gal 1, 11-20. Dios me escogió desde el seno de mi madre.

Jn 21, 15-19. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas

Miércoles 29:

San Pedro y san Pablo, apóstoles. Solemnidad.

Hch 12, 1-11. Era verdad: el Señor me ha librado de la mano de Herodes.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

2 Tim 4, 6-8. 17-18. Ahora me aguarda la corona merecida.

Mt 16, 13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.

Jueves 30:

Am 7, 10-17. Ve y profetiza a mi pueblo.

Sal 18. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Mt 9, 1-8. La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Viernes 1:

Am 8, 4-6. 9-12. Enviaré hambre, no de pan, sino de escuchar la palabra del Señor.

Sal 118. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Mt 9, 9-13. No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios.

Sábado 2:

Am 9, 11-15. Haré volver los cautivos de Israel y los plantaré en su campo.

Sal 84. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Mt 9, 14-17. ¿Es que pueden guardar luto, mientras el novio esté con ellos?

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