EL CRISTIANO ANTE LA MUERTE, I

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La muerte es un tema del cual ningún hombre puede hablar por experiencia; el único tópico donde los conocimientos de primera mano no valen para nada; el único acontecimiento de la historia del cual todos nosotros somos espectadores. En este mundo es la única democracia perfecta, el único destino universal y el común denominador de todos los nacidos de mujer. Es la única ciencia que no admite la analogía y que no tolera la comparación.

Todos cuantos conocemos la muerte, la hemos conocido en «el otro». Ninguno de nosotros tiene recuerdos personales o útiles de la suya propia. Conocemos nuestro total desamparo ante el hecho de la muerte. Conocemos su crueldad serena y su indiferencia imperturbable. La devoción filial, el amor conyugal, la solicitud maternal, la lealtad fraterna: nada puede detener la mano de la muerte. Todos nosotros, hijos o hijas, maridos o esposas, hermanos o hermanas, amigos o compañeros, estamos desamparados ante el imperio irresistible de la muerte. Nuestro desamparo e impotencia no es menor que el del primer hombre al presenciar la muerte, ni lo será menor que el del último hombre al padecerla.

La importancia de la muerte ha enseñado a los hombres a reflexionar y a pensar; de locos ha hecho sabios y de pecadores, santos; ha creado muchas filosofías y ha presidido el nacimiento de muchas religiones. Es el único hecho de la vida que pone el hombre frente a frente con el Absoluto, que le enfrenta con la inexorable finalidad de su última suerte. Se puede ver a un hombre vivir como un ateo, pero no morir; se puede ser un agnóstico a lo largo de la vida, pero con dificultad se será en el momento de la muerte. Podemos ser capaces de analizar la vida, pero únicamente podemos aceptar la muerte; luchamos por vivir, peor nos rendimos al morir. La vida puede ser un problema, pero la muerte es un misterio.

He aquí la pista de la actitud del cristiano hacia la muerte. Para él la muerte es un misterio. Esto significa que es un hecho; y de aquí que , antes de especular sobre él, debemos aceptarlo humildemente. Un misterio verdadero, sin embargo, es, por encima de todo, un hecho sobrenatural; y por tanto un hecho conocido únicamente por la fe. El conocimiento por fe, sin embargo, no puede examinar su objeto desde lejos; debe penetrar dentro, participar y celebrar el misterio que él cree.

Para conocer lo que la muerte es para el cristiano, debemos ver en primer lugar cómo la miraban los precristianos, la antigüedad pagana. Después debemos mirar a la Revelación para aprender lo que nosotros podamos de nuestra disolución definitiva. ¿Qué nos enseña el Antiguo Testamento acerca del significado de la muerte? ¿Qué nos revela el Nuevo Testamento acerca de este misterio? Y, finalmente, ¿cómo ha crecido la Iglesia en el conocimiento y comprensión de este hecho sobrenatural, en su enseñanza y en su culto, por medio de sus doctores y teólogos?

Dados los límites de este folleto, tenemos que ser breves y esquemáticos. Recientemente han aparecido, lo mismo en español, (1) algunas obras valiosas sobre el misterio de la muerte, más profundas en penetración y más extensas en erudición que estas pocas páginas. A ellas puede dirigirse el lector para una mayor luz intelectual y un mayor sustento espiritual. El autor de estas página se considerará más pagado si un solo cristiano logra atisbar lo que San Pablo quería decir con esas palabras:

«para mí el vivir es Cristo y morir, ganancia» (Filip. 1, 21)

Colección «Teología para todos» de Stanley B. Marrow S. J.
Continuará…

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