EL CRISTIANO ANTE LA MUERTE, II

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EL MUNDO ANTIGUO
Cualquiera que eche una mirada superficial a la historia del antiguo Oriente Próximo, desde las riberas del Tigris al valle del Nilo, verá que una preocupación parece haber dominado a sus civilizaciones: la muerte. Esto no quiere decir que sea su tema principal, sino que es uno de sus temas primarios. Se menciona entre la épica sumeria, deidades inmortales que reinan donde habitan las sombras de los muertos e incluso hay mención de una «resurrección» temporal de las sombras, y de su retorno a la tierra luminosa. Pero es en el tercer milenio, cuando en todos los países regidos por el Código del gran rey de Babilonia, Hammurabi, los hombres empiezan a enfrentarse con el problema de la justificación de la muerte misma. ¿Por qué este mal, este supremo castigo visita al que no ha hecho ningún mal?
«Gilgamés, ¿hacia dónde viajas…?

Porque los dioses cuando crearon al hombre,

permitieron a la muerte su parte»


Probablemente ninguna raza antigua tuvo un anhelo tan indomable por la vida como lo tuvieron los hijos del Nilo. A pesar de su preocupación por la muerte aparentemente mórbida, y a pesar de su elaboración asombrosa de los ritos funerarios, los egipcios gastaron su mas extraordinarias de energía y tiempo en engañar a la muerte, en afirmar su esperanza en una vida eterna. Saboreaban su vida y se aferraban a ella, «no con la desesperación que brota del horror a la muerte, sino con la certeza feliz de que ellos siempre habían sido vencedores y por eso vencerían incluso a la misma muerte». Sin embargo, es una macabra ironía de la historia, que los testimonios más elocuentes del amor apasionado de los egipcios por la vida, son precisamente las mudas pirámides de la muerte.


La antigua Grecia no era más feliz. El reino de la muerte era algo indeseable. Era más venturoso el afanarse y trabajar sobre la tierra como un campesino que el gobernar como rey las regiones de la muerte. Porque los griegos, como muchos pueblos del mundo antiguo, creían en alguna manera que la muerte no era el final, que los muertos vivían ina vida nada envidiable en algún mundo obscuro y sombrío.


Fue Platón con su visión dualística del hombre como creatura compuesta de materia y espíritu, el que abrió el camino a la creencia en la inmortalidad del alma después de su liberación de las cadenas del cuerpo. Esta esperanza de la inmortalidad del alma dio a la historia griega algunos de sus más terribles ejemplos de coraje ante la muerte. También hizo que los atenienses desecharan bruscamente la predicación de Pablo sobre la resurrección:


«Ya te oiremos sobre esta materia en otra ocasión» (Hech. 17, 32)


Aunque para la mayor parte, la pregunta del mundo antiguo sobre el sentido de la muerte era errónea y descaminada, poseía sin embargo un atisbo infalible: la muerte debía tener su sentido. Pero qué sentido era éste, fue algo indecible para el pagano. Este es el misterio, la muerte únicamente puede ser comprendida bajo la luz de la revelación divina, la cual es necesaria para la comprensión de todo verdadero misterio. Para encontrar el verdadero sentido de la muerte el hombre debe levantar su mirada al Dios viviente, debe oír su Palabra viva. (Continuará…)
 

Colección «Teología para todos» de Stanley B. Marrow S. J.

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