EL CRISTIANO ANTE LA MUERTE, IV

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ENTRE LOS DOS TESTAMENTOS

Desde el tiempo de la crisis de los Macabeos, comenzó a florecer la literatura apocalíptica judía con los relatos de visiones de cosas futuras. Este tiempo de literatura, conocida para nosotros principalmente en los libros de Ezequiel, Daniel y el Apocalipsis de San Juan, podría encontrarse en muchas obras de este período: el Libro de Henoc, el Apocalipsis de Moisés, el Testamento de los Doce Patriarcas, etc. Aunque este tipo de escritos, que floreció en los comienzos de nuestra era cristiana, tiene sus raíces en las obras proféticas que les precedieron, se distinguen de ellos claramente.

Para los profetas y sus contemporáneos, el horizonte de la historia estaba limitado por el Juicio que esperaba a las naciones, y el objeto principal de su esperanza era la venida del Mesías. Para los escritores apocalípticos sin embargo, el gran Juicio era el punto Terminal de toda la Historia. Separaría este mundo, donde mandan los poderes satánicos, del mundo futuro, donde Dios reinará eternamente.

Consecuentemente, mientras que los profetas ponían todas sus esperanzas en el futuro de la nación como un todo, en la reforma y restauración del Pueblo de Dios, los escritores apocalípticos centraban toda su expectación en la edad futura, en el Reino de Dios, cuyo primer acto sería la resurrección de los santos y de los mártires. El periodo Macabeo fue particularmente favorable para la expresión de tales aspiraciones. La idea de una retribución inmediatamente después de la muerte comenzó a emerger; la brecha entre esta vida y la otra comenzaba a cerrarse.

En adelante era la muerte, y no el juicio final, la que realizaba la gran división entre este mundo y el del más allá. Comenzó a aclararse cada vez más que la suerte del justo era radicalmente diferente de la del malvado; de aquí que el mérito se hizo un factor con el que había que contar en las especulaciones sobre el más allá. Con la idea del mérito y de sus diversos grados comenzó un mayor refinamiento en las exigencias morales del Judaísmo palestiniano. La imaginación judía comenzó a dividir el mundo inferior en varios compartimentos para las almas diversas según el mérito justo de cada una.

Mientras que las exigencias morales y religiosas de la vida de Israel llevaban a un desarrollo gradual pero seguro de la doctrina del más allá, el misterio del sufrimiento del justo, de las tribulaciones del propio Pueblo de Dios, aceleraban el día de una solución más aceptada al problema de las relaciones de esta vida con la vida del más allá.

En el Judaísmo helenístico, el pensamiento griego podría haber ayudado a explicar lo que los judíos enseñaban a cerca de la naturaleza del hombre y lo que creían en torno a su último fin. La descripción de Josefa de “la inamovible convicción” de los Esenios del Mar Muerto, de que los cuerpos eran corruptibles y que las almas eran inmortales, y que, una vez libre de las cadenas de la carne, las almas “se regocijan y se elevan arriba”, muestra la exención de esta influencia helénica.

Debemos tener presente, sin embargo, que diferentemente de las especulaciones de los griegos, los dogmas de los Esenios eran la expresión de su fe. Ellos expresaban esta fe no en términos humanos, sino en los términos de la relación del hombre con Dios, en términos de salvación y liberación del hombre.

Pero, a pesar de esta creencia en la inmortalidad del alma, las disputas rabínicas de este período muestran una notable incapacidad de ir más allá de los confines de las imágenes materiales y de los conceptos. Así el bien conocido pesimismo de la actitud de los Saduceos en frente de la muerte puede ser resumido en estas palabras de Qohelet:

“Mientras uno vive hay esperanza, que mejor es perro vivo que león muerto; pues los vivos saben que han de morir, mas el muerto nada sabe y ya no espera recompensa… No toman ya parte alguna en lo que sucede bajo el sol” (Ecle. 9, 4-6)

Lo Fariseos, por otro lado, eran más optimistas (cf. Hech. 23, 8), demostrando su esperanza en la resurrección. Estas palabras de Daniel pueden servirnos como un sumario de sus creencias:

“Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión” (Dan. 12, 2)

A pesar de las variadas posturas del mundo antiguo ante el misterio de la muerte, todas ellas participan de unos rasgos comunes. Mucho se ha dicho sobre la muerte, pero muy poco sobre el agonizante. Con frecuencia los hombres han discutido sobre la vida de aquí y la del más allá, pero han prestado muy poca atención al hecho real del paso de una a la otra. La esperanza de los escribas y los filósofos antiguos fue frecuentemente incierta y ambivalente, y de aquí su hermandad en la desesperación.

Ni la promesa de los campos Elíseos ni la esperanza de la resurrección nunca evocaron en los paganos ni en los Judíos un anhelo, un deseo ardiente de morir (cf. Fili. 1, 23). Aun la paz y la compostura de Sócrates, la más noble encarnación del mundo griego y de sus ideales, nos deja, al contemplar su muerte, extrañadamente desconcertados por su casi inhumano desapasionamiento. Debió de haber sido una muerte hermosa; pero el apropiarse de la muerte y resurrección de Cristo es lo que nos hace exultar de alegría:

“Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?” (1 Cor. 15, 55)

 
Colección «Teología para todos» de Stanley B. Marrow S. J.

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