El Cristo de la Clemencia, de Juan Martínez Montañés

 

Obra escultórica que representa a Jesús crucificado. La imagen, que mide 1,90 ms. de altura (sin la cruz), fue policromada por el pintor Francisco Pacheco.

Imagen realizada en madera de cedro, mediante talla y con policromía posterior.
La imagen del Cristo de la Clemencia nos muestra, en una clara composición trapezoidal, a Jesús clavado en la cruz mediante cuatro clavos (dos en las manos y dos en los pies), aún vivo y con la cabeza inclinada hacia su hombro derecho. En ella presenta una amplia corona de espinas de traza natural, a modo de casquete. Pese a tratarse de un crucificado, los rasgos dramáticos no están exagerados. Sólo apreciamos rastros de sangre en las heridas de las manos y de los pies, así como en la que se derrama por el rostro y el pecho desde la corona. La carne está policromada en color mate y no se ha producido aún la herida en el costado. De todo ello puede deducirse que el momento de la muerte no resulta inmediato.
El cuerpo de la imagen está trazado de manera naturalista y realista, siguiendo un claro canon alargado, herencia de los planetamientos manieristas. El detalle anatómico es perfecto, sin que se aprecien signos evidentes de excesiva tensión muscular, más allá de los que requiere la propia composición. Como única vestimenta el crucificado muestra un paño de pureza que describe un amplio óvalo, se recoge con un gran nudo hacia su lado derecho y se desarrolla mediante numerosos pliegues de tamaño reducido. La pierna derecha se cruza sobre la izquierda, para acabar presentando los pies casi en paralelo, dejando bien visibles ambos clavos.
Por otra parte, Jesús muestra los ojos abiertos y su mirada, que podría calificarse como de serena, dulce y triste al mismo tiempo, se dirige hacia la parte inferior. La boca también se halla entreabierta.
De todo ello podemos deducir que la imagen combina a la perfección dos elementos característicos de la escultura barroca española, cuales son el naturalismo realista y el clasicismo. Muy probablemente para su talla Marínez Montañés debió inspirarse en un crucificado elaborado por Miguel Ángel, que conocería por una copia existente en Sevilla o bien por estampas.
La simbología de un crucificado, dentro de la religión cristiana, es tan evidente que no requiere ser comentada en detalle: la muerte de Jesús en la cruz (que debe entenderse continuada en su posterior resurrección) es la base en la que se fundamenta el cristianismo. Muriendo en el madero, el mismo Dios da cumplida cuenta de su amor a los hombres.
En relación con ello, hay un rasgo en la imagen muy interesante. Se trata de la disposición de la cabeza y, por consiguiente, de la dirección de la mirada de Jesús, hacia abajo. La posición de la cabeza, exigida por el propio contrato en el que se basó la elaboración de la escultura, implica que Cristo mira directamente a quien se sitúa delante de él en un plano inferior y la mirada deviene en símbolo tanto de los propios sufrimientos divinos por la especie humana como en emblema de perdón. Y por extensión el perdón se entiende concedido no sólo a quien contempla directamente a la imagen sino a la humanidad en su conjunto. La mirada del Cristo de la Clemencia es pues símbolo del amor de Dios a los hombres y, según los planteamientos cristianos, de su infinita misericordia.
En otro orden de cosas, esta escultura de cuenta también de un antiguo debate entre los expertos y doctores de la Iglesia acerca de cómo fue crucificado Cristo, con tres clavos o con cuatro. En este caso Montañés, siguiendo los planteamientos del pintor Pacheco, se pronuncia por la segunda opción y muestra en su crucificado un clavo en cada pie, conforme habían defendido algunos doctores de la Iglesia como San Ireneo o San Justino y se recogía en los escritos de la monja visionaria sueca Santa Brígida, cuyo libro de las revelaciones fue editado a fines del siglo XV y alcanzó amplia difusión.
 
Martínez Montañés talla esta imagen en la Sevilla de los primeros años de siglo XVII, heredera de la de los esplendores del siglo XVI, cuando la ciudad crece espectacularmente a raíz del establecimiento en ella del monopolio del comercio americano, concretado en la Casa de la Contratación. Están cercanos, no obstante, los años de mediados de la centuria, en los que las crisis financieras y las sucesivas epidemias podrán fin a la época de apogeo de la ciudad. En Sevilla se halla ampliamente difundido el espíritu de la Contrarreforma católica, afianzado en la amplia difusión de las órdenes religiosas, de forma que la mentalidad barroca se pone al servicio de esta idea de defensa a ultranza de los principios de la religión. A este efecto, la imaginería es un recurso de primera importancia.
 
Se conocen las circunstancias concretas que inspiraron esta obra, dado que se ha conservado el contrato que reguló su ejecución, firmado entre el escultor y el canónigo Mateo Vázquez de Leca, quien deseaba tener en su capilla particular una imagen de un crucificado que debía «de estar vivo… con la cabeza inclinada sobre el pecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie del, como que está el mismo Cristo hablándole…». De este modo, la iconografía específica de la imagen quedaba convertida en obligación contractual para el artista.
Este Cristo en la cruz de Martínez Montañés muestra claras influencias de los que talló su maestro, el granadino Pablo de Rojas, a quien puede considerarse como creador del modelo de crucificado que se difundiría en la época barroca, concebido para ser admirado de cerca y como imagen procesional, aunque no es el caso del que nos ocupa (destinado a una capilla en la Cartuja de Sevilla) y que, a su vez, resultaría ser prototipo de los que elaboraron otros miembros del grupo de imagineros andaluces y, entre ellos, Juan de Mesa. Finalmente, cabe señalar que no fue éste el único crucificado tallado por Montañés: en la ciudad de Lima (Perú) se conserva el Cristo del Auxilio, que el artista concluyó en 1603, año en que contrataba el de la Clemencia.

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