El que viene en Adviento

Mañana da comienzo uno de los tiempos llamados fuertes más importantes del calendario cristiano. Con el Adviento esperamos a Quien tiene que venir y, recordando cuando nació para salvarnos hacemos mención de sus prodigios como hombre y como Dios cumpliendo el símbolo llamado Atanasiano que califica a Cristo como “Perfecto Dios y Perfecto hombre” sabiendo que es, en efecto, el mejor de los hombres a quien imitar es un gozo y el Único Dios que, con sus entrañas de misericordia creó el universo y lo mantiene.

Es, sobre todo, tiempo de esperanza porque quien sabe que Cristo ha de volver en su Parusía gusta de traer a su hoy mismo lo que fueron aquellos días en los que Juan Bautista anunciaba a Quien bautizaría con fuego y no con agua como él mismo hacía.
Así, tanto los profetas (por ejemplo Isaías) como el propio Juan el Bautista y la Madre de Dios, María Virgen, iluminan nuestro paso por estas semanas que nos llevarán, con gozo, hasta el mismo momento en el que, recogido por la naturaleza, venga al mundo, otra vez recordado, Quien es Dios mismo.
La misión de la Iglesia recibe un impulso cada vez que nace Jesús. Tal nacimiento no es, sólo, el momento en que comienza el año, digamos, espiritual sino que, además, supone la confirmación de lo hecho entonces por Cristo. El reinicio, por tanto, de la misión, justifica los esfuerzos a realizar.
También es tiempo de conversión porque reconocer a Cristo sabiendo lo que supuso y supone para la humanidad toda nos ha de hacer ver nuestras faltas y pecados y, así, reconociéndolas, limpiarlas en el Sacramento de la Reconciliación para que, cuando nazca el pequeño Jesús lo recibamos limpios de corazón y con el mismo abierto a su luz y a su vida de Dios hecho hombre.
 
Pero también la Iglesia, en cada Adviento, se reafirma en su peregrinación hacia el definitivo Reino de Dios sabiendo que tiene siempre la compañía de Cristo, como Él mismo prometió y cumple desde aquel entonces demostrando, una vez más, que Dios es fiel a sus promesas y siempre las lleva a cabo.
Es éste es un tiempo de reconocimiento de Dios en nuestra vida; de saber que, cuando transcurran los días que desde ahora mismo faltan hasta que corramos, como los pastores, a Belén, también nosotros en la fe volveremos a nacer para tratar de se dignos hijos de Dios y hermanos de Aquel que, naciendo en la pobreza más pobre de las que conoce el hombre para ser el más grande de todos los hombres nacidos de mujer, primero entre iguales y Dios mismo.
 
Adviento, El que tiene que venir ya viene y espera, de nosotros, que seamos fieles a nuestras promesas de ser buenos hermanos de Quien tanto merece ser respetado y querido: Cristo.
 
 
 
 
 
Eleuterio Fernández Guzmán
 
Publicado en Acción Digital

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