27/11/2021

El Sínodo de los Obispos en la concepción modernista: Introducción

¿Cuál es el estado de este proceso?

El 15 de septiembre de 2018, el Papa Francisco publicó Episcopalis communio (EC), una constitución apostólica que reordena las normas sobre los sínodos. El Soberano Pontífice, retomando uno de sus propios discursos del 4 de octubre de 2014, en vísperas del Sínodo sobre la Familia, se expresa así:

«El Sínodo de los Obispos debe convertirse cada vez más en un instrumento privilegiado para escuchar al Pueblo de Dios: ‘Pidamos, ante todo, al Espíritu Santo, para los padres sinodales, el don de la escucha: escucha de Dios, hasta escuchar con Él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama'» (CE, 6).

La idea modernista de la evolución religiosa a partir de las nuevas necesidades del «pueblo» aparece, pues, de inmediato: el contenido de la fe, en clara evolución, no se puede deducir de la «revelación» fielmente enseñada por el Magisterio, sino de la escucha del pueblo. 

Estos principios ya habían sido ampliamente explicados en el Sínodo sobre la Familia, y se incluyen aquí en la propia constitución que define la institución sinodal. Es la evolución eclesiológica la que lleva de los errores conciliares a los errores más concretamente bergoglianos, la famosa «sinodalidad» de la que tanto se ha hablado desde el inicio de este pontificado.

Escuchar al pueblo es el lugar teológico privilegiado del que se puede extraer proféticamente una nueva revelación, adaptada al tiempo que vivimos.

Colegialidad y sinodalidad

El sínodo de los obispos, entendido en el sentido posconciliar, pretende ser una aplicación de la colegialidad definida en Lumen gentium (LG). Fue instituido por Pablo VI el 15 de septiembre de 1965 mediante el motu proprio Apostolica sollicitudo.

Entendido en el sentido teológico de Lumen gentium, el colegio de obispos poseería un poder de origen divino sobre la Iglesia universal con el Papa y bajo su dirección. Dado que este colegio no puede estar reunido permanentemente para ejercer este supuesto poder, Pablo VI estableció un cuerpo consultivo y representativo del episcopado mundial, reunido periódicamente, para involucrarlo en el gobierno de la Iglesia universal.

Si la colegialidad efectiva, tal como la define Lumen gentium, parece impracticable, el sínodo se convierte en el órgano de una colegialidad «afectiva» no menos peligrosa debido a la mentalidad modernista, como dice Episcopalis communio en varios pasajes:

El Papa debe escuchar a los obispos que, a su vez, escuchan al pueblo de Dios, la verdadera «voz de Dios» como lo recuerda el Papa Francisco, el verdadero lugar teológico y la fuente de la «revelación».

Sinodalidad y modernismo

Con una ambigüedad habitual, el n. 5 de Episcopalis communio afirma, citando primero Lumen gentium 25, y luego a Juan Pablo II en Pastores Gregis (2003):

«Es verdad que, como afirma el Concilio Vaticano II, ‘los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso asentimiento de su espíritu'». 

Luego continúa: «También es verdad que ‘la vida de la Iglesia y la vida en la Iglesia es la condición necesaria para todo obispo para el ejercicio de su misión de enseñar'».

Si bien la primera cita conserva el sentido tradicional del Magisterio, la segunda introduce el concepto modernista de «vida»: la inmanencia vital de lo divino en la Iglesia, entendida precisamente como pueblo, es la condición para que el obispo sepa qué necesidades debe satisfacer.

Y, en efecto, prosigue el texto de Episcopalis communio: «El Obispo es al mismo tiempo maestro y discípulo. Es maestro cuando, dotado de una especial asistencia del Espíritu Santo, anuncia a los fieles la Palabra de la verdad en nombre de Cristo, cabeza y pastor. Pero él también es discípulo cuando, sabiendo que el Espíritu ha sido dado a todo bautizado, se pone en escucha de la voz de Cristo que habla a través de todo el Pueblo de Dios, haciéndolo ‘infallibile in credendo’-infalible en su fe.

Y añade: «De hecho, ‘la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse en la fe, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando ‘desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos’ presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres».

El texto saca luego las conclusiones: «El Obispo, por esto, está llamado a la vez a ‘caminar delante, indicando el camino, indicando la vía; caminar en medio, para reforzarlo [al Pueblo de Dios] en la unidad; caminar detrás, para que ninguno se quede rezagado, pero, sobre todo, para seguir el olfato que tiene el Pueblo de Dios para hallar nuevos caminos.

«Un obispo, que vive en medio de sus fieles, tiene los oídos abiertos para escuchar ‘lo que el Espíritu dice a las Iglesias’ (Ap 2, 7) y la ‘voz de las ovejas’, también a través de los organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al Obispo, promoviendo un diálogo leal y constructivo'».

El texto aquí cita un discurso del Papa Francisco del 19 de septiembre de 2016 y Evangelii gaudium. El concepto es claro: reafirmando de manera general la autoridad magisterial, se subraya que el obispo descubre el camino siguiendo el sentido de lo divino inherente al pueblo.

Sinodalidad y nuevas fuentes de la Revelación

En efecto, en ninguna parte se dice que el obispo busque en la Revelación o en la enseñanza constante de la Iglesia los principios de acción: los busca en la escucha del pueblo, especialmente si está organizado en un «cuerpo».

El Sínodo garantizará que esta voz del pueblo, reunida por los obispos, llegue al Pontífice, que puede discernir proféticamente la revelación en la experiencia de vida de la Iglesia. Esto es lo que nos dice Episcopalis communio en el n. 6 citado anteriormente:

«El Sínodo de los Obispos debe convertirse cada vez más en un instrumento privilegiado para escuchar al Pueblo de Dios: ‘Pidamos, ante todo, al Espíritu Santo, para los padres sinodales, el don de la escucha: escucha de Dios, hasta escuchar con Él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama'».

Aunque su composición lo define como un órgano esencialmente episcopal, el Sínodo no vive separado del resto de fieles. Es un instrumento capaz de dar la palabra a todo el Pueblo de Dios, a través de los obispos constituidos por Dios como «auténticos guardianes, intérpretes y testigos de la fe de toda la Iglesia», realizando a través de sus Asambleas una expresión elocuente de la sinodalidad como «dimensión constitutiva de la Iglesia».

«Así pues como afirmó Juan Pablo II: ‘Cada Asamblea General del Sínodo de los Obispos es una experiencia eclesial intensa, aunque sigue siendo perfectible en lo que se refiere a las modalidades de sus procedimientos.

«Los Obispos reunidos en el Sínodo representan, ante todo, a sus propias Iglesias, pero tienen presente también la aportación de las Conferencias episcopales que los han designado y son portadores de su parecer sobre las cuestiones a tratar. Expresan así el voto del Cuerpo jerárquico de la Iglesia y, en cierto modo, el del pueblo cristiano, del cual son sus pastores«. (EC, 6). 

En los últimos años, el Papa Francisco, siguiendo la línea de sus predecesores recientes, ha convocado varios sínodos, que también han dado lugar a verdaderas revisiones de la doctrina católica. Ahora ha iniciado un «camino» de dos años, un sínodo sobre la sinodalidad, destinado a reflejar y posiblemente cambiar las estructuras de la Iglesia.

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