El latín, la lengua de La Iglesia y de Occidente

 

Por Jorge CaballeroDominus Est. 15 de noviembre de 2018.

 

Hace poco tuve oportunidad de salir en un programa de radio, cuyo objetivo era hablar sobre las lenguas bíblicas, como medio para fomentar su estudio en el mes de septiembre. Fuimos invitados un profesor de hebreo, una maestra de griego y su servidor, que desde hace casi un año ha comenzado a enseñar latín. El programa funcionó a manera de entrevista, en el que los tres docentes respondíamos diferentes preguntas, que tocaban a nuestras lenguas en particular o a la sagrada escritura en general.

 

En cierto momento de esta emisión, el profesor de hebreo hizo notar la importancia de su idioma, pues este es la base del antiguo testamento. La maestra de griego, que no quería quedarse atrás, comentó la importancia de la suya, puesto que todo el nuevo testamento estaba escrito en ella. Y yo, que tampoco quería quedarme atrás, decidí mencionar la importancia del latín, ya que esta es la lengua oficial de la Iglesia y, por tanto, de toda la civilización occidental. Mi afirmación parecía, desde cierto punto de vista, exagerada y me vi obligado a defenderla.

 

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Como bien sabe cualquier estudioso, el latín es la única lengua bíblica que, en realidad, no está en la biblia. Si uno analiza libro por libro las 73 partes de ambos testamentos, se encontrará con estilos, formas y lenguas muy diferentes, entre las que no se aprecia nada propio del idioma de Cicerón y San Agustín. Más aún, como sabe cualquier católico bien formado, el hecho de que la biblia este en latín se debe a la casualidad de que San Jerónimo haya realizado una traducción conocida como La Vulgata, que se popularizó fuertemente en la Edad Media y el tiempo posterior.

 

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Sin embargo, esta traducción no es, de fondo, una casualidad como acabo de afirmar, sino todo lo contrario: un acto providencial, que permitiría al mundo cristiano unificarse durante casi diez siglos en lo que conocimos como La Cristiandad. En efecto, el padre Castellani ha dicho que Cristo no fue, como algunas corrientes modernistas quieren proponer, un revolucionario, sino su más claro opuesto, un restaurador. Lo que él hizo no fue poner las cosas de cabeza o proponer algo nuevo, como toda revolución, sino regresarlas a su orden correcto, a su orden original, lo que ninguna revolución ha logrado ni logrará.

 

En el principio, el hombre estaba en paz con Dios y, por tanto, también consigo mismo; hablaba con naturalidad con él y, por ello, también podía hablar así con sus semejantes. Pero, por desgracia, el pecado trajo un quiebre en esta realidad, la hirió y comenzó un desorden que continúa y ha aumentado en nuestros días. Imagen de esto era y es la gran proliferación de pueblos, lenguas y cultos que están y estarán en constante lucha, como se vio en tiempos de Babel y como se sigue viendo hoy día, a pesar de la utopía internacionalista que se quiere vender en Occidente.

 

Con todo, Dios no se podía olvidar del hombre y, aunque eligió a solo un pueblo, es cierto que, en sus planes, estaba el recuperar a toda la humanidad. Como raza, los judíos fueron el pueblo elegido y tuvieron su tierra prometida, pero, tras venida de Cristo, el creador dijo, como Santa Teresita, “lo elijo todo” y decidió desposar a una iglesia con el mundo entero, una iglesia que se llamaría católica, es decir, universal y que estaría abierta y en espera de sus hijos, fueran de origen pagano o judío, de una tierra u otra.

 

Como hecho histórico, la aparición del catolicismo sería una verdadera originalidad, o sea, una vuelta al origen. Hasta ese momento, cada pueblo había tenido su pasado y sus dioses. Nunca antes en la historia se había visto un Dios que reclamara a todos los pueblos como suyos y que les pidiera amarse como hermanos y es que esta realidad fue, de cierta manera, anterior a la historia misma y ya todos se habían olvidado de ella, hoy en día parece aún estar algo olvidada…

 

UN JOVENCÍSIMO CÓNSUL CAYO OCTAVIO EN EL SENADO, EN EL BLOG IMPERIO ROMANO DE XAVIER VALDERAS, MINUSVÁLIDOS EN LIBERTAD (1)

 

No obstante, este anhelo de “internacionalismo”, necesitaba sostenerse a su vez en un plano natural que fue, durante un periodo, el Imperio Romano y con ello también su lengua, el latín. Esta unidad humana permitió una unidad sobrenatural. El idioma de Santo Tomás era comprendido por todos y se hizo vehículo para el conocimiento y la verdad en el campo de la filosofía, la ciencia y la teología. Todo hombre culto escribía en latín y era comprendido por todos los otros hombres cultos que, de manera análoga, sabían esta lengua a la perfección. Y esto es decir poco, el latín fue la lengua, pero, realmente, el cristianismo, que no teme tomar nada que sea verdadero, cuidó y adoptó toda la cultura romana, toda la civilidad, que, si no hubiera sido por esto, se habría perdido en medio de la caída del emperador.

 

Así, el mundo, al menos lo que se conoce como el mundo occidental, le debe mucho al cristianismo, no solo como religión, sino también como protector y transmisor de un orden en el cual nuestra existencia ha sido cimentada, algo que podríamos definir como orden romano y que se concretiza en los pilares de la autoridad, la familia, la tradición y la propiedad, cuatro realidades que, hasta hace un tiempo, era universales y universalmente respetadas y que hoy no dejan de estar en constantes ataques por todos lo que odian a la iglesia y también a occidente.

 

El tiempo de la unidad, como dije, ya ha pasado. Comenzó a romperse con el cisma protestante que rajó toda la unidad europea; continuó con el liberalismo, que puso en lucha a los mismo católicos y se vio, francamente, en peligro de muerte con los azotes del comunismo y, en nuestra triste actualidad, por locuras como la ideología de género y el modernismo. La iglesia, no seamos ciegos, también está dividida y la gran cantidad de “estilos”, que se ven en la celebración litúrgica, junto con la diversidad de puntos doctrinales de algunos religiosos heréticos, dan testimonio de esto.

 

Por ello, es importante que los católicos estemos más unidos que nunca y defendamos, con gran valor, esto que nos une y que está en pleno peligro de naufragio: la familia, la autoridad, la tradición y la propiedad, que se reflejan en muchos sentidos en nuestro estudio y defensa de cosas tan sencillas como el estudio del latín. No olvidemos, los hablantes del español, que nuestra lengua viene de esta otra, que nuestra liturgia fue celebrada con ella durante siglos, que nuestros términos e instituciones, como el matrimonio y la universidad, se remontan a esta época y a este idioma que debemos defender, que representa nuestro pasado…

 

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Para terminar, me gustaría mencionar dos hechos. El primero es que a partir de los años sesenta, el estudio del latín comenzó a decrecer, tanto en la educación pública como en la privada, al grado de que los estudiantes actuales ven el latín como un fósil incomprensible. Tal vez, existe una relación entre este desprecio por la tradición y la autoridad, y el bajo rendimiento escolar que se ve en la educación de casi todos los países, donde yo, que he sido docente en universidad y preparatoria de ambos sectores, puedo decir con terror que los alumnos no saben ni leer ni obedecer, porque no saben escuchar. La segunda, que el padre Castellani, a quien cité más arriba, afirma, en otro ensayo, que solo hay en el mundo dos cosas verdaderamente internacionales, de las cuales todas las otras, que buscan serlo, se alimentan: La Iglesia Católica y la raza judía. Cuidemos y luchemos por la primera para que pueda mantenerse unida y así mantener unida al mundo también.

 

Jorge Caballero

Dominus Est

 

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

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