Lugares Sagrados y la Liturgia Tradicional como antídoto contra la indiferencia

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Por Eduardo Rivera García. Dominus Est. 26 de enero de 2019.

En una época relativista en donde “cada uno tiene su propia verdad”; donde “no importan los demás si yo me siento bien”; donde la sexualidad no se define con la naturaleza sino con la “sensación”; y donde el pudor es causa de escándalo pero la vestimenta “pronunciada” es de aceptación; se vive también un tipo de sacrilegio diario dentro de los Templos Sagrados.

Es de lamentarse que cuando participamos del Santo Sacrificio se ven personas escribiendo mensajes de texto en la proclamación del Evangelio, susurrándose en la homilía del sacerdote, en la plegaria eucarística, inclusive en la anámnesis eucarística.

Muchas personas consideran que una Misa se “vive muy bien” cuando el sacerdote realiza una homilía simpática que los haga reír. Ante esto el Papa Benedicto XVI decía al respecto «La liturgia no es un show, no es un espectáculo que necesite directores geniales y actores de talento. La liturgia no vive de sorpresas “simpáticas”, de ocurrencias “cautivadoras”, sino de repeticiones solemnes»; la esencia misma de la Liturgia no es la homilía o el saludo de paz, ni mucho menos las ovaciones que se dan en algunas parroquias… es, el silencio.

Alguna ocasión escribió San Juan Crisóstomo “Que nuestra oración no dependa de la cantidad de las palabras, sino del fervor de nuestras almas”; y la Santa Misa es, en cierto sentido, una oración comunitaria dirigida a Dios en donde le damos gracias por los dones y beneficios, y que finalmente nos santifica. Por ello los primeros cristianos perseguidos por el imperio romano decían con seguridad «Sine Dominico non possumus»: sin la reunión del domingo para la celebración de la eucaristía, no podemos vivir. No nos santifica la homilía, ella nos instruye, lo realmente santificante es la comunión de la Divina Eucaristía, participando de ese Sagrado Misterio por medio de las oraciones y gestos silenciosos.

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Ahora bien, si comprendemos que la Iglesia es un lugar sagrado ¿no sería lo más correcto que nos vistamos y nos comportemos como tal? La Iglesia no es un museo, no es un centro de encuentros familiares, no es un restaurante donde nos ponemos a platicar sentados en las bancas, no es una pasarela donde presentamos nuestra vestimenta. La Iglesia es la casa de Dios y la puerta del cielo (Gen. 28, 17).

Muchos creyentes han perdido el respeto hacia estos lugares, no se respeta lo sagrado y, con mayor dolor, no se respeta al que es Sagrado. Notamos en algunas parroquias que muchos padres de familia y jóvenes participan del Rito inadecuadamente, las mujeres con un cabello alborotado y con pants, y los varones con bermudas y sandalias, agregándole que en los oficios litúrgicos no participan con fe y devoción.

Cuando Moisés vio que una zarza ardía sin consumirse pensó en acercarse para ver ese extraño caso pero de pronto Yahvé lo llamó y le dijo que se quitará las sandalias porque el lugar que pisaba era sagrado (cfr. Ex. 3,1-6). Nuestra vida litúrgica debe ser modesta, con lo que vestimos y con nuestro comportamiento. No es tanto de que se prohíba ciertos tipos de vestimenta, sino de comprender que a la Misa no vamos a lucirnos con la ropa ni mucho menos asistir descuidadamente, sino que nos presentemos a Dios con respeto y modestia; tampoco se trata de guardar silencio, sino ser silencio.

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La Liturgia Tradicional como antídoto contra la indiferencia

Quien no sabe ser silencio no puede orar, y quien no sabe orar no sabe amar. El Cardenal Robert Sarah reconoce que el silencio cuesta porque nos da miedo, miedo a encontrarnos con nosotros mismos y con Dios, por eso fácilmente tratamos de llenar nuestra vida con ruido. Así lo vivió San Agustín «Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo (…) y me aventaba todo deforme entre las hermosuras que tú creaste».

La liturgia Eucarística eleva a los hombres por encima de sí mismos (Card. Kurt Koch), es por ello que es silenciosa, ya que las cosas más importantes suceden en el silencio. Por ello nuestra actitud orante y silenciosa debe manifestarse con la vestimenta y el comportamiento.

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Entramos a la Iglesia para ver algo distinto al mundo relativista, queremos ser partícipes de un tiempo sagrado y contemplar el Misterio Divino que fue nuestra salvación… quizá esta idea sólo podríamos afianzarla desde el tradicionalismo católico.

El sacerdote mexicano Carlos Junco Garza menciona que cuando se habla de tradición surge fácilmente un rechazo a la palabra, que pareciera que esta agobia y no permite la realización porque sólo mira al pasado, olvidando que el pasado es fuente de identidad y enseñanza.

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El tradicionalismo puede volver a educarnos en lo que respecta a la participación respetuosa y vivencia de nuestra fe, la cual muchas veces se corrompe con el espíritu modernista que invade nuestra época.

Más que volver a la tradición sería vivir la tradición, vivir la enseñanza de los santos pastores sobre los Oficios Sagrados en donde, como dice el Card. Robert Sarah, «Todas las criaturas enmudecen, salvo el sacerdote, que tiene el poder de hablar por todos y en nombre de todos ante la majestad divina».

Ojalá en Dios se comprendiera que la vivencia de la Santa Misa es un rito sagrado que trasciende el tiempo y el espacio, para que participemos con gracia y atención al misterio que se nos manifiesta y no con indiferencia usando el celular durante la Consagración.

Eduardo Rivera García.

Dominus Est

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