20/05/2022

La glorificación es la plenitud del amor

El Señor espera a que Judas salga del cenáculo para hacer una revelación muy especial. Y esto es significativo. Quien ha presenciado milagros espectaculares de Jesús, incluso los ha hecho en su nombre, sin embargo, en el designio de Dios está que no participe de este momento de una especial intimidad en el que Jesús les manifiesta que “me queda poco de estar con vosotros” y les anuncia que “ahora es glorificado”, precisamente en el momento en que Judas se marcha para consumar su traición, dejando claro que su glorificación se inicia con su pasión. Cristo no es glorificado únicamente en la resurrección. En la Cruz, Jesús manifiesta de modo único el amor del Padre. “Cristo traspasado en la cruz es la revelación más impresionante del amor de Dios” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007). La glorificación de la que está hablando Jesús es la plenitud del amor: de amor del Padre y el Hijo por los hombres, y la glorificación del hombre será fruto, entonces de la participación en ese amor. Judas no acepta participar de ese amor y por eso, en el fondo se autoexcluye. El camino para participar de la glorificación de Cristo está en aceptar participar de su amor y que éste no mueva a amarnos con ese mismo amor.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Se trata de amar con amor que nos previene, que tiene su fuente en nosotros, sino en Dios: “como yo os he amado”. San Agustín en uno de sus sermones nos recuerda: “Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado” (“Sermón 142”). A nosotros nos corresponde abrir la válvula de nuestro corazón para que ese amor se manifieste en nuestra vida, en la relación con los demás. Por eso es motivo de credibilidad de nuestra fe. “En esto conocerán que sois mis discípulos”.

Estamos llamados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo, que hace nuevas todas las cosas. Pero ¿por qué se reconocerá que somos verdaderos discípulos de Cristo? Porque ‘os amáis los unos a los otros’ – cf. Jn 13,35 – siguiendo el ejemplo de su amor: un amor gratuito, infinitamente paciente, que no se niega a nadie. Nuestra fidelidad al mandamiento nuevo certificará nuestra coherencia respecto al anuncio que proclamamos. Esta es la gran novedad que puede asombrar al mundo y la falta de fraternidad será lo que escandaliza al mundo. “Si nosotros los cristianos, no manifestamos esta característica, terminaremos por confundir al mundo, perdiendo el honor de ser tenidos por hijos de Dios. En tal caso, como necios, no aprovecharemos el arma tal vez más fuerte para dar testimonio en nuestro ambiente, congelado por el ateísmo paganizante, indiferente y supersticioso. Que el mundo pueda contemplar atónito un espectáculo de concordia fraterna y diga de nosotros – como de los que nos precedieron -: ¡mirad cómo se aman!” (Chiara Lubich, Meditaciones)

En los recodos del camino a casa que es nuestra vida tenemos siempre a María. Ella fija nuestra mirada en el amor del Padre y nos susurra al oído: “Mira cómo te quiere Dios”.

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