La Importancia de la Limosna

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La Importancia de la Limosna

(Traducciones y Comentarios Bíblicos de Monseñor Straubinger)

Tobías 4, 7-12: «Da limosna de tus bienes, y no apartes tu rostro de ningún pobre; así conseguirás que tampoco de ti se aparte el rostro del Señor. Usa de misericordia con todas tus fuerzas. Si tienes mucho, da con abundancia; si poco, procura dar de buena gana aun lo poco; pues con eso te atesoras una gran recompensa para el día de la angustia. Porque la limosna libra de todo pecado y de la muerte, y no dejará caer el alma en las tinieblas. La limosna será motivo de gran confianza delante del altísimo Dios para todos los que la hacen.»

(Dios nos está mirando siempre con infinito amor. El que esto sabe, no querrá perder esa mirada por no mirar con bondad al pobre. El que da al pobre se parece al agricultor que no pierde al dejar caer la semilla en los surcos. Por eso dice San Ambrosio: «Sed agricultores espirituales; sembrad lo que puede seros útil. Es sembrar bien poner la limosna en manos de las viudas. Si la tierra os da más de lo que le confiáis, ¡cuánto más os devolverá la caridad! Todo lo que dais al pobre, redunda en vuestro provecho; sembráis en la tierra, y esta simiente germina en el cielo.» Recordemos siempre el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzará misericordia» (Mt. 5, 7).)

Tobías 12, 8-9: «Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna».

(Por limosna ha de entenderse aquí todas las obras de misericordia. «Así como el fuego del infierno, dice San Cipriano, se apaga con el agua saludable del bautismo, así la llama del pecado se apaga con la limosna y las obras buenas». «Las limosnas, dice San Leon Magno, borran los pecados, y preservan de la muerte y del infierno».).

Tobías 14, 11: «Encomendad a vuestros hijos que practiquen la justicia y den limosnas; que tengan presente a Dios y le bendigan en todo tiempo sinceramente y con todo esfuerzo».

Eclesiástico 3, 33-34: «El agua apaga el fuego ardiente, y la limosna resiste a los pecados. Dios es el proveedor del que hace bien, se acuerda de él para lo venidero, y al tiempo de su caída hallará apoyo».

(«Dios sostendrá al que hace limosna para que no caiga o le levantará de su caída» (San Juan Crisóstomo)
«Todos somos mendigos de Dios; pero para que Dios reconozca a los suyos, reconozcamos a los nuestros. ¿Con qué cara os atreveréis a pedir a Dios, si no queréis socorrer a vuestro semejante» (San Agustín). Sin misericordia para los pobres es imposible conseguir misericordia (San Cipriano).

Eclasiástico 4, 1: «Hijo, no defraudes al pobre de su limosna; ni apartes tus ojos del necesitado»

(«No defraudes al pobre de su limosna»; en griego: «de su sustento». De aquí se ve que el pobre no ha de ser considerado como un hombre molesto, sino que tiene para ser socorrido un verdadero derecho. «Por esto cometemos una especie de robo si le negamos lo que para ellos es necesario y a nosotros nos sobra. Los Padres de la Iglesia jamás han dado otra explicación a este texto» (Vigourux, Polyglotte). Esto no es sólo consecuencia del derecho a la vida en el orden natural, sino que también es correlativo del mandamiento del amor, síntesis de toda Ley divina (Mt. 22, 36-40; Rom. 13, 8-10). Por «pobres» ha de entenderse todos los que no tienen lo necesario para sí y para su familia. La Sagrada Escritura no cesa de recomendar la limosna y la misericordia con el pobre).

Eclesiástico 4, 2-7: «No desprecies al que padece hambre; ni exasperes al pobre en su necesidad.
No aflijas el corazón del desvalido ni dilates el socorro al que se halla angustiado.
No deseches el ruego del atribulado, ni apartes tu rostro del menesteroso.
No apartes tus ojos del mendigo, irritándole; ni des ocasión a los que te piden, de que te maldigan por detrás.
Porque escuchada será la imprecación del que te maldijere en la amargura de su alma; y oírle ha su Creador.
Muéstrate afable a la turba de los pobres; humilla tu corazón ante el anciano, y baja tu cabeza delante de los grandes».

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