23/05/2022

¿La Madre de Dios es nuestra Madre?

En el Evangelio, Nuestro Señor dice a San Juan: “He aquí tu madre”, Jn 19, 27. San Agustín explica en La Santísima Virginidad VI, 2: “María es la única mujer de la que podemos decir que es madre (…) de los miembros de Jesucristo, y nosotros somos esos miembros. En efecto, ella cooperó, por su caridad, a dar a luz en la Iglesia a los fieles que son los miembros de esta Cabeza”.

San Pío X desarrolla extensamente esta idea en su encíclica Ad diem illum: “¿No es María la Madre de Cristo? Por tanto, también es Madre nuestra. (…) La Virgen no concibió tan solo al Hijo de Dios para que se hiciera hombre, tomando de ella la naturaleza humana; sino también para que, a través de la naturaleza tomada de ella, se convirtiera en Salvador de los hombres.

“Por tanto, en ese uno y mismo seno de su castísima Madre, Cristo tomó una carne mortal, y al mismo tiempo unió a esa carne su cuerpo espiritual compuesto efectivamente por todos aquellos que habían de creer en Él: de manera que, cuando María tenía en su vientre al Salvador, puede decirse que gestaba también a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. 

“Así, pues, todos cuantos estamos unidos a Cristo y los que, como dice el Apóstol, somos miembros de su cuerpo, procedentes de su carne y de sus huesos [Ef 5, 30], hemos salido del vientre de María, como partes del cuerpo que permanece unido a la cabeza.

“Por tanto, también nosotros somos llamamos, en un sentido espiritual, a la verdad, y en un sentido místico, hijos de María, y ella es la Madre de todos nosotros. Madre según el espíritu… pero, no obstante, Madre verdadera de los miembros de Jesucristo, que somos nosotros.

“Si, pues, la bienaventurada Virgen es al mismo tiempo Madre de Dios y de los hombres, ¿quién es capaz de dudar de que ella procurará con todas sus fuerzas que su Hijo, cabeza del cuerpo de la Iglesia (Col. 1, 18), infunda en nosotros, sus miembros, todos los dones de su gracia, y en primer lugar el don de que le conozcamos y que vivamos por él?” (Jn. 4, 9).

La explicación teológica

En el orden sobrenatural, Madre es la que engendra a la vida sobrenatural, la nutre, la protege y la educa. Ahora bien, Nuestra Señora hace todo esto por las almas en la Iglesia. Por tanto, ella es la madre de las almas.

En el orden de la generación, el fiat se compara con la concepción: así como la Virgen concibió primero a Cristo por un acto de voluntad, así también su acto de caridad, que quiso participar en la Redención, es como una concepción de las almas.

En efecto, el fiat, celebra un matrimonio entre el Verbo y la humanidad, cuya fecundidad consiste en la salvación de las almas. El fin de este matrimonio es la adopción de los hombres por Dios. Finalmente, Cristo concebido es cabeza del Cuerpo Místico, y San Pío X concluye que la Virgen, Madre de Jesucristo, es Madre de sus miembros.

La compasión de Nuestra Señora se compara al alumbramiento por el mérito de congruo (de conveniencia), adquirido al pie de la Cruz, de todas las gracias de la fundación de la Iglesia, de la conversión de las almas y de las gracias sacramentales del bautismo. . .

La Virgen mereció las gracias de los sacramentos que operan la nutrición, educación y protección de las almas, lo que también realiza por su intercesión y por el ejemplo de sus virtudes. Ella tiene un papel especial en la preparación de las almas para recibir los sacramentos. Finalmente, ella distribuye las gracias.

Esta maternidad se ejerce sobre todos los hombres, si ya son miembros de la Iglesia para hacerlos crecer, y si no lo son, para conducirlos a ella, así como Cristo es cabeza de todos los hombres.

En definitiva, “la maternidad espiritual no es otra cosa que la mediación mariana expresada por una asombrosa analogía que muestra sus raíces en la maternidad divina”. Los títulos de madre espiritual de los hombres, mediadora y reina, comprenden las mismas funciones de la Virgen María, las de la corredención, con distintas connotaciones:

– su maternidad destaca la solicitud por el nacimiento a la gracia y el progreso espiritual de las almas;
– su mediación ayuda a estrechar la relación con Dios;
– su realeza muestra su autoridad irresistible y benevolente, su excelencia y dignidad, y su derecho a un culto especial.

La Santísima Virgen es Madre de Dios. Surge entonces la cuestión de saber si ella es también nuestra Madre. En el orden natural, una madre engendra a la vida, nutre, protege, educa.

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