22/05/2022

¿Las consagraciones realizadas en 1988 representan un acto de naturaleza cismática?

1. El sitio Claves.org es el órgano oficial de la Fraternidad San Pedro, el equivalente de La Porte Latine para el Distrito de Francia de la Fraternidad San Pío X. En la sección titulada «Teología», el Padre Louis-Marie de Blignières, de la Fraternidad San Vicente Ferrer, publicó recientemente una serie de «Entrevistas sobre el verano de 1988». La tercera entrevista, publicada en la página, el 28 de abril de 2022, se titula «¿Por qué no seguimos las consagraciones?»

2. Toda la explicación del Padre dominico se basa en un solo presupuesto: seguir las consagraciones, es decir, aprobar el acto realizado por Monseñor Lefebvre el 30 de junio de 1988, equivaldría a no mantener la comunión jerárquica con la Santa Sede de Roma. Concedido esto, todo lo demás se sostiene. 

Si las consagraciones episcopales del verano de 1988 representan un acto de carácter cismático, está claro que los sacerdotes y los fieles del movimiento conocido como «Ecclesia Dei» tienen razón.

Los otros aspectos del planteamiento que los condujo a intentar obtener de Roma un régimen favorable a la Tradición, sus intenciones personales, sus preocupaciones y sus dolores, son evidentemente secundarios y accidentales con respecto a este supuesto principal.

Y, desde luego, tampoco es sobre estos aspectos secundarios, sino más bien sobre este presupuesto principal, que se sustenta la evaluación crítica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y la razón precisa de su profunda divergencia con dicho movimiento. Cualquier otra cosa sería solo un malentendido.

3. El Padre de Blignières demuestra inmediatamente su premisa. «Lo que queríamos», escribe, «era claro y difícil: mantener la Misa tradicional dentro del perímetro visible de la Iglesia, para usar una expresión de Jean Madiran, es decir, en comunión jerárquica».

Todo sucedió entonces –al menos en la mente del Padre– como si, por sí solas, las consagraciones episcopales del 30 de junio de 1988 hubieran socavado esta comunión y excluido a Monseñor Lefebvre y a sus fieles del perímetro visible de la Iglesia.

Sin embargo, en el n° 1 del motu proprio Ecclesia Dei afflicta, por el que el Papa Juan Pablo II valora oficialmente el significado de estas consagraciones, estas últimas son presentadas por la Santa Sede como motivo de tristeza para la Iglesia, porque consagran el fracaso de todos los esfuerzos realizados hasta ahora por el Papa «para asegurar la plena comunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X con la Iglesia».

Por lo tanto, está claro que, según la opinión de Juan Pablo II, no fueron las consagraciones del 30 de junio de 1988 las que socavaron la comunión de la Fraternidad con la Iglesia. El problema de la «plena comunión» había surgido desde antes -«hasta ahora»- y no fueron las consagraciones realizadas por Monseñor Lefebvre las que suscitaron esta dificultad de larga data.

Los números siguientes, 3 y 4, establecen una distinción entre el alcance del acto consagratorio, tomado en sí mismo (en el n° 3) y las razones mucho más profundas que constituyen el origen de la disputa que opone a la Fraternidad y a la Santa Sede (en el n° 4). Porque, según dice este número 4, «la raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición».

En ese verano del año de gracia de 1988, son, por tanto, dos concepciones opuestas de la Tradición –y por tanto del bien común de la Iglesia– las que se enfrentan.

4. Todo depende, pues, no de las consagraciones, sino del Concilio Vaticano II, es decir, del ecumenismo, la colegialidad y la libertad religiosa. Monseñor Lefebvre lo explicó suficientemente, en muchas ocasiones y especialmente en la homilía del 30 de junio de 1988, donde ya respondía al reproche que le sería lanzado dos días después.

«Me parece oír, mis queridos hermanos, me parece oír las voces de todos estos Papas desde Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, diciéndonos: desde el Concilio, lo que hemos condenado es lo que ahora las autoridades romanas adoptan y profesan. ¿Cómo es posible esto? 

«Hemos condenado el liberalismo, el comunismo, el socialismo, el modernismo, el sillonismo. Todos estos errores que hemos condenado resulta que ahora son profesados, adoptados, sostenidos por las autoridades de la Iglesia. ¿Es posible esto?» 

La «noción contradictoria de la Tradición» es, por lo tanto, atribuible a la Roma actual, a esta llamada Roma «conciliar» por el hecho mismo de que se convirtió en la representante del Concilio Vaticano II, cuyas enseñanzas son contrarias a la Tradición de la Iglesia.

Y si esta noción «contradictoria» de la Tradición es la raíz profunda del cisma, este último está actualmente en Roma, en esa Roma de hoy que rompe con la Roma de siempre. El cisma no puede estar en Ecône, que se desmarca de esta Roma actual permaneciendo fiel a la Roma de siempre.

Juan Pablo II bien puede decir que «nadie puede permanecer fiel a la Tradición rompiendo el lazo eclesial con aquel a quien Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia»: este reproche fue lanzado contra Monseñor Lefebvre por el mismo que rompió primero el famoso lazo eclesial, al liberarse de las enseñanzas de sus predecesores.

¿Cómo podía Juan Pablo II pretender permanecer en comunión con los Papas León XIII, San Pío X, Pío XI y Pío XII realizando dos veces (1986 y 2002) la escandalosa ceremonia de Asís? El principio mismo de este enfoque ecuménico e interreligioso es condenado explícitamente por la encíclica Mortalium animos del 6 de enero de 1928, apenas sesenta años antes de las consagraciones de Ecône.

5. Por tanto, es fácil disipar el otro aspecto de la culpa en la que aparentemente incurrió Monseñor Lefebvre. Se dice que su noción de la Tradición es «incompleta» porque no tiene suficientemente en cuenta «el carácter vivo de la Tradición». En realidad, esta Tradición viva no existe. Es una contradicción en los términos y es una de las invenciones del Concilio Vaticano II, rompiendo con todo el Magisterio anterior de la Iglesia.

El motu proprio cree poder justificar esta idea distorsionada de una Tradición viva apoyándose en el famoso n° 8 de la constitución Dei Verbum, que establece la confusión entre la Tradición, que es la transmisión de las verdades reveladas por Dios, realizada por la Magisterio, y la percepción de estas mismas verdades por parte de los fieles que las reciben de la predicación del Magisterio.

Una cosa es la transmisión, y otra la percepción de lo que se transmite. La percepción tiene lugar, y cada vez mejor; progresa, con eficacia y, sobre todo, gracias a la predicación del Papa y de los obispos.

Pero la transmisión no avanza en el sentido de que la Iglesia no posee todavía definitivamente la plenitud de la verdad. Con esta concepción evolutiva de la Tradición viva, el Concilio abrió la puerta a «la hermenéutica de la reforma», de la que Benedicto XVI se convirtió en teórico en su Discurso del 22 de diciembre de 2005 [1].

6. Esta es la razón profunda por la que la Santa Sede condenó a Monseñor Lefebvre y su obra, y por la que el Padre de Blignières y sus discípulos se negaron a seguir las consagraciones: la definición de la Tradición y del Magisterio.

El n° 5 del motu proprio que fundó la Pontificia Comisión del mismo nombre declara que «las amplias y profundas enseñanzas del Concilio Vaticano II requieren un nuevo empeño de profundización, en el que se clarifique plenamente la continuidad del Concilio con la Tradición, sobre todo en los puntos doctrinales que, quizá por su novedad, aún no han sido bien comprendidos por algunos sectores de la Iglesia».

Por tanto, es la idea de Tradición viva, aplicada en Vaticano II, en todas sus consecuencias, la que impide «seguir las consagraciones» y la que exige la adhesión de los fieles y de los sacerdotes en cuyo beneficio el Papa instituye esta nueva Comisión.

7. Esta idea conciliar y modernista de la Tradición viva es la causa fundamental de la división que aún se vive entre los católicos de la Tradición. Y, en definitiva, la verdadera razón por la cual el Padre de Blignières y sus amigos no quisieron seguir las consagraciones, es que no comprendieron toda la nocividad de este nuevo concepto, y prefirieron «mantener la Misa tradicional» dentro del perímetro visible de una obediencia muy mal entendida.

Padre Jean-Michel Gleize

El Padre Jean-Michel Gleize es profesor de apologética, eclesiología y dogma en el seminario San Pío X de Ecône. Es el principal colaborador del Courrier de Rome. Participó en las discusiones doctrinales entre Roma y la FSSPX entre 2009 y 2011.

[1] Cf. el artículo «Magisterio o Tradición Viva» del Courrier de Rome de febrero de 2012.

La benevolencia mostrada por el Santo Padre a la Fraternidad San Pedro, por el indulto concedido en relación a Traditionis custodes, ¿da la razón a quienes quisieron «mantener la Misa tradicional dentro del perímetro visible de la Iglesia»? ¿Y el hecho de que la Fraternidad San Pío X siga celebrando esta Misa fuera de este «perímetro visible» constituye un cisma?

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