27/01/2022

Las virtudes y los dones sobrenaturales de la Madre de Dios

Para comprender hasta qué grado las virtudes sobrenaturales le fueron otorgadas por Dios a quien iba a ser la madre de su Hijo, y cuánto impregnaron su alma inmaculada, es necesario considerar lo que dice Santo Tomás de Aquino sobre las virtudes del Verbo Encarnado.

El Doctor Angélico explica que las virtudes sobrenaturales son «como derivaciones de la gracia». Se derivan de este principio inicial, de este don maravilloso dado por Dios, como un efecto se deriva de su causa.

“Ahora bien”, añade el Ángel de la Escuela, “cuanta más perfección tiene un principio, más se refleja esta perfección en sus efectos”. Esto no es difícil de comprender: cuanto más potente es una causa, por ejemplo, cuanto mayor es la temperatura de un incendio, más puede difundir su efecto. En el caso del fuego, mayor capacidad para calentar o quemar.

El santo Doctor prosigue: “Siendo muy perfecta la gracia de Cristo, las virtudes que de ella proceden deben, por tanto, perfeccionar también todas las facultades de su alma y sus actos. De esto se deduce que Cristo poseía todas las virtudes” (III, 7, 2).

La Virgen María es la imagen de su Hijo

El razonamiento de Santo Tomás se puede aplicar a Nuestra Señora. Cabe destacar que se aplica tanto a las virtudes infusas como a los dones del Espíritu Santo, que están presentes en un alma según la medida de su caridad. La teología dice que están “conectados” con las virtudes infusas.

Cabe señalar aquí que la excelencia particular de la gracia de la Santísima Virgen proviene de su dignidad de Madre de Dios, a la que la gracia habitual de María es “proporcional” o determinada.

Nuestra Señora poseía todas las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Cabe destacar especialmente:

La Fe: “Bienaventurada la que creyó”. Nuestra Señora tenía la fe. Poseía esta virtud en el grado más alto en la historia de la salvación, porque su divino Hijo no la poseía. En efecto, Él tenía la visión de Dios desde el primer momento de su concepción, una visión que excluye la fe. María es, por tanto, nuestro modelo de esta virtud.

La Esperanza: Esta virtud sigue a la fe. Al igual que esta última, la Virgen María era quien poseía la esperanza en mayor grado, pues su Hijo tampoco poseía esta virtud: Él ya poseía la visión beatífica.

La Caridad: la Virgen posee la mayor caridad después de la de Cristo.

La Templanza: Nuestra Señora no tenía la fuente del pecado. Por consiguiente, en ella reinaba la virtud perfecta, las pasiones estaban sujetas a su razón. Por tanto, no podemos hablar de continencia, ya que esta palabra designa el hábito de la voluntad que contiene las pasiones aún no sometidas.

La Penitencia: esta virtud concierne a los pecados personales, pero en María no los había. Dado que esta virtud tampoco estaba en Cristo, fue otro santo quien poseyó la mayor penitencia.

Los dones del Espíritu Santo reinaban en el alma santa e inmaculada de la Madre de Dios. El más alto de estos dones, la Sabiduría, brillaba en ella particularmente. El fiat es la palabra más sabia que jamás haya salido de la boca de una criatura: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según t u palabra”.

Los carismas o dones gratuitos destinados a la edificación del Cuerpo Místico: Como en el caso de Cristo, quien ha de comunicar toda la gracia debe poseer toda la gracia. Nuestra Señora recibió los carismas, especialmente la sabiduría – en su contemplación e ilustrando a los Apóstoles después de la Ascensión – y la profecía, manifestada en el Magnificat: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.

Que la contemplación de las virtudes de María nos permita imitarlas, especialmente su fe y su caridad, que nos guiarán en medio de la apostasía y el enfriamiento de muchos.

León XIII, en su encíclica Magnæ Dei Matris, afirma sobre la Santísima Virgen: “Ved pues, cómo en su bondad, Dios nos dio en María el modelo de todas las virtudes más a nuestro alcance”.

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