20/08/2022

María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti.

Escribo esta reflexión tras volver a casa después de tomar algo con un matrimonio amigo. Es viernes por la noche y se nota que la gente tiene ganas de salir y celebrar. No sé si será la navidad con un mes de antelación, una cena de amigos, haber terminado un periodo de exámenes o una despedida de solteros. Lo que sé es que después de ver cómo estaban hoy las calles, los bares y la gente, no pueden ser más oportunas las palabras del evangelio: “no se os embote la mente con el vicio, la bebida o la preocupación por el dinero”. De lo tercero no sé si había mucho hoy, desde luego no lo parecía, pero de las dos primeras cosas… bastante. Uno tiene la impresión de que la gente tiene que huir de la realidad, al menos temporalmente, para soportarla. La advertencia tiene un sentido: “tened cuidado… no se os eche encima de repente aquel día”. Es decir, las cosas no van a ser como nosotros hayamos decidido que sean sino como son en realidad. El día en cuestión caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Eso significa que nadie se libra y que a todos nos llegará tarde o temprano, sí o sí. La cuestión es que nos sorprenda como al poco previsor que se queda sin combustible a mitad de la noche y sin gasolineras abiertas, o que lo estemos esperando como quien abre al repartidor en cuanto llama a la puerta y tiene preparado el dinero justo para pagarle.

Pocas cosas hay tan seguras en la vida como que tenemos los días contados y que nunca podemos saber cuándo nos va a llegar el último y definitivo. Pero los desenlaces de las vidas no se improvisan de la noche a la mañana, hay que preverlos y prepararlos con prudencia y diligencia. No hay tiempo que perder. Tampoco merece la pena perder la salud, el dinero y el tiempo con cosas que no van a permanecer. Eso es embotar la mente. Por eso la invitación de Jesús es a estar siempre despiertos y pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir. Como les enseñó Jesús sin ningún éxito aparente a sus discípulos en su agonía de Getsemaní. “¿No habéis sido capaces de velar ni una hora? Velad y orad porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. A pesar de lo cual se quedaron dormidos inevitablemente. Es ese sueño que es un poco de cansancio con otro poco de miedo y todo ello aderezado con un mucho de obra de Satanás que pretende separarnos de Cristo. Cuando por fin se den cuenta será demasiado tarde y Jesús tomará la iniciativa: “levantaos, vamos, se acerca el que me va a entregar”.

Estar despiertos y pidiendo fuerzas. Esa es la actitud: vigilancia y oración. Y así cuando venga el Hijo del hombre, poder permanecer en pie ante él. Esa es también nuestra esperanza. Saber que Dios nos puede sostener y mantener en pie todo el tiempo que haga falta. Por último, el Hijo de Dios cuando venga definitivamente a juzgar a vivos y muertos, nos encontrará con el corazón despierto, la cintura ceñida para servir y la lámpara de nuestra fe brillando ante los hombres, para que puedan ver nuestras buenas obras y dar gloria a nuestro Padre del cielo-.

Que las ramas no nos impidan ver el árbol, ni el árbol nos impida ver el bosque. Se trata de poner en el primer lugar de nuestra vida y de nuestra actividad, las cosas esenciales y, luego, a bastante distancia las secundarias. No vaya a ser que entretenidos o atados por las cosas secundarias, no escuchemos lo verdaderamente importante, las cosas esenciales, y no obedezcamos a la voz del Señor.

Al recibir hoy la medalla de La Milagrosa, le pedimos a María, sin pecado concebida, que ella, la Inmaculada, que tiene todo poder en virtud de su gracia para triunfar sobre Satanás, escuche nuestras súplicas cuando recurrimos a ella en nuestras necesidades. Ella había querido revelar esto: «Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan».

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