Nuevas normas vaticanas sobre el traje clerical

Por De la Cigoña /Publicado en LA GACETA

Benedicto XVI prefiere gobernar la Iglesia más con el ejemplo que con el mandato. Son muchas las muestras de ello. Sus misas son puro seguimiento de la rúbrica, sin “creatividad” alguna. La disposición del altar, candelabros, cruz en el centro del mismo, está siendo imitada desde humildes parroquias a grandes catedrales, aunque quede todavía mucho camino que recorrer. Lo mismo cabe decir respecto a la introducción del latín en las partes comunes y en el canon. En España, si todavía no ocurre con el canon, es ya muy corriente que en misas episcopales el Gloria, el Credo y el Sanctus se digan en latín. También es muy aleccionador que el Papa sólo distribuya la comunión de rodillas y en la boca. Aunque en ello todavía sea muy minoritariamente seguido. Pero en sitios ya ha reaparecido el comulgatorio, a veces de quita y pon, y los fieles son cada vez más conscientes de que el comulgar en la boca o de rodillas y en la boca es un derecho que tienen y en ocasiones hasta lo reclaman. Y en más de una ocasión han sido respaldados por el obispo local. Si con gusto o a contrapelo es otra cuestión. De todo habrá.
En esa línea parece ir la recientísima disposición de la Congregación para el Clero, respaldada por la Secretaría de Estado, sobre el modo de vestir de sacerdotes y religiosos en el Vaticano. Que será obligatoriamente para los primeros la sotana o el clergyman, y éste sin pintoresquismos, negro o gris, y para los religiosos el hábito respectivo. Se podrá decir que ahora no estamos ante un ejemplo sino ante una disposición taxativa ante la cual no cabe la libertad de seguirla o no. Pero si tenemos en cuenta que en el Vaticano eso se cumplía casi generalmente, por lo que sería un mandato casi inútil, no es arriesgado pensar en el a ti te lo digo, Pedro, para que lo entiendas, Juan. Por lo que da la impresión de que estamos ante otra catequesis general y no limitada a la Ciudad del Vaticano.
Una de las muchas cosas que barrió el “espíritu” del Concilio ha sido el aspecto externo de sacerdotes, religiosos y monjas. El aseglaramiento, con contadas excepciones, ha sido general. Nada permitía distinguir externamente a un sacerdote o a un religioso de un simple laico. Con las religiosas no cabría decir lo mismo de muchas pues, aunque abandonado el hábito, eligieron un atuendo tan fachoso y repetitivo que, vistiendo de seglares, todo el mundo las identificaba: eso sólo puede ser una monja.
No hay una sola razón que aconseje el camuflaje. Se dijo que de ese modo se aproximaban más a los fieles. Y sobre todo a los jóvenes. Los hechos se han encargado de quitarles la razón. Cada vez tienen menos fieles y no hay un joven “aproximado” en quien nazca la vocación. Es que, para ser como esos, mejor uno se queda en el mundo. No valen argumentos contra la contundente realidad. No atraen a nadie. Espantan. Las congregaciones que tienen vocaciones, algunas de ellas numerosísimas, visten hábito. Las que lo han dejado caminan aceleradamente a la desaparición.
Es curioso que ya en muchos lugares los jóvenes sacerdotes llevan con santo orgullo el clergyman. Desde que son ordenados diáconos. Pero eso todavía no es general en España. Y todavía hay diócesis en las que encontrar un clergyman por la calle es más difícil que una aguja en un pajar. También en algunas, con seminarios pésimos y seminaristas que es incomprensible que puedan ser ordenados, que todavía las hay, el traje sacerdotal es heroico en quien quiera llevarlo. Y la sotana ya no digamos. Incluso hay obispos, aceptables por otros conceptos, que rechinan ante una sotana. Y aconsejan, cuando no mandan, que no se lleve.
Sólo hay un argumento en contra. El riesgo de que en alguna ocasión puedan insultar a quien lo lleve. Son gajes del oficio. Previstos ya por el mismo Cristo: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y regocijaos porque grande será en los cielos vuestra recompensa”.

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