¿Por qué los fieles se sienten atraídos por la liturgia tradicional?

Del boletín trimestral francés La Lettre d’Oremus, 6 de abril de 1998, reproducido por «Misa Latina» año 1, N°2, abril de 1999.

—¿Podría usted decirnos a qué obedece el fenómeno de que un número siempre creciente de católicos adhieran a la liturgia tradicional?

—Trataré de dar una explicación a todos aquellos que tratan de entender el fenómeno «tradicional» y que no comprenden por qué, lejos de extinguirse, él es cada vez más y más dinámico. A través de Oremus recibimos mensualmente decenas de cartas de fieles que exponen, entre otros aspectos, los motivos de su adhesión a la liturgia tradicional. Después de tres años de existencia (de Oremus) son varios miles de testimonios de fieles de todas las edades y de todas las regiones de Francia. Este conjunto constituye una muestra bastante representativa de la opinión de los fieles ligados a la liturgia tradicional; opinión que, por otra parte, también hemos recogido a través de nuestro contacto personal con esos fieles. De esta manera, hemos podido hacernos una idea bastante precisa de los motivos que animan a estos fieles para haber elegido vivir su vida cristiana en el marco de la liturgia tradicional.

—¿Qué valor teológico le asigna usted a esta encuesta?

—Nosotros no hemos querido, al emprender este trabajo, colocarnos dentro de un punto de vista teológico, por la sencilla razón de que nosotros no tenemos ni pretensión ni competencia en ese terreno. Es por ello que nuestras observaciones constituyen únicamente el reflejo de la actitud y de las aspiraciones de un gran número de fieles católicos atraídos por la liturgia tradicional.

¿Cuál es, entonces, el motivo de esa adhesión de los fieles a la liturgia tradicional?

—Como acabo de decirlo, los fieles que se nos han manifestado son muy numerosos. Por otra parte, un mismo fiel puede tener varios motivos. Por ello, no resulta posible indicar «una sola y única razón» para tal adhesión, pues hemos podido comprobar que hay una amplia gama de motivos por los cuales han hecho esa elección. No obstante, pese a esta variedad, hay ciertas aspiraciones que aparecen más frecuentemente y por lo tanto pue­den parecer como más particularmente esenciales para esos fieles.

—¿Cuáles son las aspiraciones que se han manifestado más frecuentemente?

– El criterio que aparece más frecuentemente es el silencio, la necesidad de encontrar una atmósfera sacral; es, en efecto, este recogimiento durante la celebración lo que los fieles buscan y aprecian más. La importancia de es-te criterio se manifiesta muchas veces entre aquellos que concurrían a su parroquia pero rechazaban participar de celebraciones estrepitosas y caco-fónicas, por lo cual terminaron optando por la liturgia tradicional… Esta­ban cansados de soportar permanentemente, durante los oficios, un parlo­teo incesante que, queriendo tal vez explicar los misterios, acababan por substituirse a ellos.

–¿Por qué esta importancia del silencio?

–Está claro que el silencio no es un fin en sí mismo. Para los fieles, parti­cipar del Santo Sacrificio en silencio es dar a esta celebración una dimensión de recogimiento y de oración. Se percibe que es a través del silencio que estos fieles desean considerar su presencia en la misa como un gran momento de su vida cristiana al cual desean asociarse de una manera más intensa y más profunda. Esta participación interior es más importante que una participación exterior forzada, que produce un gran malestar en muchos fieles. Hemos constatado que especialmente entre los hombres este aspecto se volvía tan insoportable que ellos preferían dejar de practicar.

–Entonces, ¿la liturgia tradicional se desarrolla totalmente en silencio?

—No, y es por ello que no puede considerarse su preferencia por el silen­cio como la sola preocupación de los fieles. Así, su deseo de asociarse a los santos misterios en el recogimiento y la meditación de ninguna mane­ra les hace objetar las lecturas y el sermón. Lo que ellos rechazan firme-mente es el ruido, el barullo permanente, su dificultad, su imposibilidad de recogimiento y de aprovechar las celebraciones litúrgicas para penetrar en ellos mismos para encontrarse con Nuestro Señor, especialmente durante el canon y la Consagración.

–¿Qué relación hay entre el silencio y la música sacra?

—Es claro que la música sacra, tanto el canto del propio como del kyrial, for­man parte integral de la liturgia tradicional. Sin embargo, los fieles no perciben esta música sacra como un «ruido» que pueda perturbar su recogi­miento. Por el contrario, la música del órgano favorece su deseo de piedad y de silencio interior, elevando su alma al curso de la celebración de los santos misterios. Es por esto que debe distinguirse bien la música sacra, que apacigua el alma, de los cantos de la asamblea –a menudo mal adaptada a la piedad a la cual aspiran muchos fieles.

—¿Cuál es el segundo motivo de adhesión de los fieles a la liturgia tradicional?

–El segundo motivo que advertimos es la adhesión de los fieles a las for­mas exteriores de adoración a la presencia real. Entre ellas, notemos por ejemplo las genuflexiones, el arrodillarse durante la consagración, la comu­nión de rodillas y en la boca, la orientación de la celebración hacia Dios y no hacia la asamblea…

—¿Por qué esta adhesión a formas exteriores?

—En primer lugar, debe rechazarse la idea, que podría asaltar a algunos, de que esta adhesión es el fruto de una costumbre puramente mecánica. La prueba está en que muchos fieles que no habían participado anteriormen­te de la liturgia tradicional llegaron a ella precisamente pues allí encontra­ron esas formas exteriores que no les eran habituales pero que correspon­dían a una real necesidad espiritual de ellos.

–¿Qué vinculaciones encuentra usted entre las formas exteriores de devo­ción y la necesidad espiritual de los fieles?

—Resulta claro que esta adhesión a formas externas de práctica y de devo­ción no puede comprenderse sino como un deseo de los fieles de hacer vivir la totalidad de su ser al ritmo de su fe; ellas expresan su convicción de que la Santa Misa es realmente la renovación del Sacrificio de la Cruz y que Cristo está realmente presente en la eucaristía. A partir de esta creen­cia la adhesión a formas exteriores de devoción toma significado de ora­ción, y la misa donde se vive esta participación integral de los fieles en su alma y en su cuerpo deviene entonces un auténtico acto de fe.

–Pero el cristiano ¿no debe saber desapegase de estos elementos secundarios?

–Es extraño que en una época en que se exalta tanto el cuerpo, donde se pretende encontrar en el yoga o el zen virtudes extraordinarias, se repro­che a los fieles católicos su deseo de hacer participar su cuerpo de las inspiraciones del alma. Para decirlo simplemente, no olvidemos que el hom­bre está compuesto de cuerpo y alma y que importa hacer participar am­bas facetas de un mismo ser en su vida espiritual. Todavía más, hace falta que estos gestos correspondan verdaderamente a una tradición y no que sean un simple molde ficticio, como es el caso de la práctica actual del «beso de la paz», que aparece como enteramente artificial.

Usted insiste en las formas gestuales de la liturgia; ¿las formas verbales han sido también objeto de sus observaciones

–Evidentemente, hemos constatado con frecuencia tanto entre los fieles más veteranos como en los nuevos el rechazo de una familiaridad juzgada excesiva, a menudo caricaturesca, que no pertenece a nuestra tradición eu­ropea. Entre esas manifestaciones encontramos, en primer lugar, la utilización de un tuteo que si bien ha sido impuesto forzadamente hace más de treinta años, parece sin embargo hoy día a muchos como completamente fuera de lugar en el diálogo público con Dios. Resulta claro que el recha­zo de esta familiaridad demagógica ha hecho mucho para que los fieles pierdan todo afecto por sus iglesias y su adhesión a la liturgia tradicional, que supo rechazar esas innovaciones fuera de lugar. Quedaría todavía por citar el carácter de familiaridad horizontal de las relaciones entre los fieles y el celebrante, a menudo como un participante igual a los otros o como un presidente honorífico, cuando en realidad él representa a Cristo mismo.

—Entonces, ¿esa familiaridad y ese deseo de hacer participar a la asamblea no corresponden a las expectativas de nuestra época?

Eso es sin duda verdadero en el mundo profano, pero sería bueno pre­guntarse: ¿los fieles que participan de la liturgia quieren ver a sus vecinos del mundo exterior? ¿O desean, más bien, aprovechar esos instantes para aislarse y elevarse hacia el Dios trascendente? En todo caso, las conclusio­nes de nuestra encuesta son bien claras sobre este punto. Muchos fieles han abandonado sus parroquias o sus comunidades, muchas veces dejan-do de practicar para no encontrarse en situaciones que juzgaban extrañas, cuando no ridículas. Evidentemente los fieles que son particularmente ce­losos de su fidelidad a la Iglesia y a la enseñanza de Jesucristo no pueden sino desear, cuando asisten a la liturgia, de vivirla de acuerdo con su fe. Ahora bien, bajo este aspecto, la liturgia tradicional ofrece un cuadro par­ticularmente armonioso, y esto es un argumento suplementario más. Ellos tienen la impresión de que hoy día las verdades esenciales de la fe sobre el pecado los ángeles, los santos, la conversión de los paganos, el infier­no… no son más vehiculados por la liturgia. ¡Como si la fe hubiera cambiado!

—¿Podría usted precisar su pensamiento?

Después de treinta años muchos fieles se han sentido profundamente chocados al asistir a oficios que utilizan ordos litúrgicos fantasiosos y no siempre bien inspirados. O bien a misas donde se recitan Credos que no son aquellos definidos por la Iglesia, cuando es sabido que en el curso de la historia de la Iglesia hubo tantas dificultades para definir lo indefinible. Si a estas constataciones se agrega la lectura de textos bíblicos traducidos de una manera chocante, por demasiado actualizada, se comprenderá que la misa tradicional, por su respeto de usos antiguos y su utilización de la lengua latina, ha sido desde hace mucho tiempo considerada como un marco magnífico y protector de la fe católica, particularmente en lo que concierne al dogma de la presencia real eucarística.

Por primera vez en este reportaje usted hace referencia al uso de la lengua latina por la liturgia tradicional…

—He pospuesto ese tema un poco deliberadamente. En efecto, a menudo se ha considerado que los fieles adheridos a la liturgia tradiconal estaban solo motivados por una especie de apego nostálgico a la lengua latina; sin embargo, resulta bien claro que no es así, y hemos hasta encontrado fieles que nos afirmaban haber preferido asistir (antes de 1969) a la celebración de la liturgia tradicional en francés porque aún en este idioma ella conser­vaba, en virtud de la calidad de la traducción de aquel entonces, todas las garantías de la liturgia tradicional, más que asistir a misas nuevas, las cua­les, aunque utilizando a veces algunos trozos en latín, eran misas de as­pecto muy diferente y no correspondían a las expectativas espirituales de los fieles a cuyas aspiraciones nos referimos aquí.

—Sin embargo, estos fieles parecen preferir la celebración en latín.

Exacto; son sobre todo los periodistas los que hablan de los «adeptos a la misa en latín». Son los mismos fieles’ quienes siempre insisten sobre su adhesión a la fe de sus padres. Por lo que muchos de ellos no olvidan, cier­tamente, que la liturgia tradicional en latín, tal como se encuentra definida en el misal de 1962, permanece como un testimonio siempre viviente de nuestra cultura cristiana, tal como ella se ha desarrollado en el mundo oc­cidental después de muchos siglos.

—¿Pero no es ésta una actitud elitista?

—No lo creo; es más bien el testimonio de una actitud de piedad filial. En efecto, a un título similar al modo en que Cristo se encarnó, cada uno de nosotros proviene de una familia, de una patria y de una cultura cuyas riquezas no deben abandonarse necesariamente. ¿Por qué esta elección sería más escandalosa que la de los zaireños que asisten al santo misterio según un rito zaireño enraizado en su propia cultura?

—Pero el carácter latino de la liturgia tradicional, ¿no constituye un obstá­culo para la comprensión de los fieles?

—En realidad, su pregunta plantea un falso dilema, y ello por dos razones. Por un lado, porque la liturgia no es tan compleja que un fiel munido de un misal no pueda comprender fácilmente los aspectos principales. Por otra parte, si parece importante que los fieles oigan las lecturas en lengua vernácula, no les resulta necesario oir pronunciar cada una de las oracio­nes en su propia lengua.

—¿Pero los fieles no tienen interés en comprender las oraciones que son re-citadas por el celebrante?

—La cuestión es más compleja. En efecto, los promotores de la liturgia en lengua vernácula dicen dar prioridad a la preocupación por una mejor par­ticipación de los fieles y sobre todo de su comprensión del significado de las oraciones pronunciadas en el curso de la misa; pero debemos pregun­tarnos si la demanda de los fieles va efectivamente en esta dirección. En cuanto a la participación, ya hemos visto que muchos católicos prefieren sobre todo una participación interior en la oración y el recogimiento, que a una participación demasiado activa que desnaturaliza la substancia misma del santo sacrificio. El uso sistemático de oraciones traducidas durante el curso de las ceremonias puede resultarles totalmente insatisfactorio. En efecto, si la finalidad de una traducción es una mejor comprensión, es porque se está persuadido que todo es explicable. Ahora bien, sabemos que frente a los misterios de la fe esto no es siempre exacto. De modo tal que a muchos fieles les parece preferible conservar el uso de la lengua latina en la celebración de los oficios, porque ella permite que los misterios conserven la parte incomprensible que les es propia, y no imponer a los fie­les explicaciones o traducciones que no son sino el empobrecimiento de la doctrina al presentarla de una manera demasiado profana, demasiado humana.

—Me sorprende que en pleno siglo XX se piense así.

—Ello obedece, probablemente, a que nuestro siglo XX es particularmente orgulloso y obtuso. En efecto, si nos volvemos hacia las grandes tradiciones religiosas siempre vivientes de nuestros días, se advierte que casi siem­pre y en todas partes los fieles han comprendido que los misterios religio­sos, al no pertenecer al dominio de lo inmediatamente inteligible, tienen necesidad, para expresarse, de utilizar lenguas santas ordinariamente muer­tas, como garantía de la perennidad y de la salvaguarda de las creencias, lo que no obsta a que los fieles deseen además hacer el esfuerzo necesa­rio para aproximarse más a estos misterios. Es lo que ocurre entre los judíos, fieles en su liturgia al hebreo antiguo, y lo mismo ocurre con los mu­sulmanes observantes del Corán, cuya lengua es muy distinta al árabe hablado de nuestros días, y también es sabido que todavía actualmente los textos sagrados del hinduismo se encuentran conservados en sánscrito… Por lo que se comprende que la actitud de los católicos adheridos a la latinidad de la misa tradicional, aun cuando no comprendan inmediatamen­te toda su significación, no tiene nada de extraordinario: ellos saben bien que participan en un misterio de fe que los supera y del cual solo pueden admirar la celebración. La preocupación contraria de vulgarizar y desritua­lizar a ultranza, a la que asistimos desde hace treinta años en el seno de la Iglesia Católica, es lo que en realidad puede aparecer como una «novedad original» por demás chocante.

–Volvamos al carácter cultural, propio de la Iglesia latina, de la liturgia tra­dicional. Este empeño de imponer la latinidad, ¿no daña la catolicidad de la Iglesia que, más que nunca, es hoy día universal?

–Para empezar, los fieles no quieren hacer absolutamente ninguna imposi­ción. Lo que ellos piden es simplemente lo que ellos necesitan para sí y sus familias. Además, recordemos una vez más que la unidad querida por la Iglesia nunca fue la uniformidad, y que en todo tiempo, tanto en Orien­te como en Occidente, la Iglesia ha reconocido la legitimidad de una plu­ralidad de formas litúrgicas desde el momento en que ellas fueran confor­mes a la santidad del misterio. Pero esto dicho, en una época donde se habla diariamente de mundialización, ¿hará falta negar todo valor a los caracteres que puedan reforzar la universalidad de la Iglesia? ¿Y qué es lo que existe, aparte del latín, que pueda proporcionar a la Iglesia un medio sim­ple y cómodo de proclamar su unidad en la universalidad, especialmente con ocasión de ceremonias litúrgicas internacionales? Cuando el Papa en­tona el Ave María, son todos los fieles presentes que responden inmedia­tamente, mientras que, cuando se expresa en lengua vernácula en la litur­gia, solo pueden responder en comunión con él los que dominan tal lengua, esto es, solamente una fracción de los fieles.

–¿Pero por qué defender una lengua incomprensible para la mayoría de los fieles?

–Vivimos verdaderamente en este fin del siglo XX una época extraordinaria. Cada día se nos habla de Europa, cada día se nos repite que es necesario dominar una o dos lenguas extranjeras que a menudo nos son bien extranjeras para el «éxito en la vida», ¡y cuando los fieles recuerdan las virtudes del latín como lengua universal de la Iglesia, se los acusa de ser ina­daptados al mundo contemporáneo!

—Pero el latín, a diferencia del inglés, por ejemplo, es una lengua muerta.

–¡Eso es justamente lo que hace al interés por el latín! En efecto, como toda otra lengua muerta, el latín es una lengua que no evoluciona más, es decir, una lengua particularmente apta para conservar sin modificarlos los ritos y los dogmas de nuestra Iglesia. Por otro lado, no siendo más una len-gua viviente, no pertenece a ningún pueblo en particular y en consecuen­cia puede ser considerado un patrimonio universal, común a todos los cre­yentes. Al contrario, supongamos que se opte por el inglés como lengua litúrgica internacional de la Iglesia católica: para comenzar nomás imagine­mos las rivalidades que nacerían entre los anglófonos y los demás fieles, que podrían sentirse heridos o marginados. Además, en tanto que lengua viviente utilizada permanentemente por centenas de millones de personas, el inglés, como cualquier otra lengua, está sometido cada día a distorsio­nes que lo tornan impropio para transmitir en el tiempo y en el espacio la doctrina eterna de Cristo.

¿Son estas, entonces, las principales motivaciones de los fieles que eligen la liturgia tradicional?

–Sí, sin duda alguna; por su adhesión a los dogmas de la presencia real, a las formas de piedad y de devoción que suscitan y a los rechazos que pro­vocan, vemos bastante claramente por qué ciertos católicos han permane­cido fieles a la misa de sus padres, y por qué muchos otros se asocian más y más a una liturgia que privilegia la trascendencia más bien que la bana­lidad y la mediocridad.

—He seguido el desarrollo de su razonamiento: ¿pero no cree usted que estas aspiraciones legítimas de los fieles no podrían realizarse plenamente con la celebración del «ordo» de Pablo VI en latín?

—Constatemos que, en el ámbito parroquial, en ninguna parte se ofrece esa oportunidad y, por lo contrario, conocemos muchos casos, inclusive re­cientes en que sacerdotes celebrando el ordo de Paulo VI en latín se han visto constreñidos a dar «marcha atrás», es decir, a abandonar la manera «tradicional» de celebrar la misa nueva. De manera que no podemos creer en esa solución.

—¿No se podría cal menos pensar que la efectiva celebración de la liturgia de Pablo VI según la manera tradicional sea la solución para el futuro?

–Verdaderamente no lo creo por dos razones. Primero, recordemos que la misa tradicional no ofrece solamente un cuadro y una atmósfera de piedad.


FUENTE: STAT VERITAS

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