24/06/2022

SAN MIGUEL ARCÁNGEL PRECURSOR DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN DE GARABANDAL

               Las Apariciones del Arcángel San Miguel en la aldea de San Sebastián de Garabandal fueron las más frecuentes, después de las de la Virgen del Carmen. De hecho, el Príncipe de los Ángeles precedió a la Madre de Dios en solitario, desde el 18 de Junio hasta el día 1 de Julio de 1961, como preparación a las niñas; después la acompañó en la primera Aparición de Nuestra Señora, junto al Arcángel San Gabriel, el día 2 de Julio, Fiesta de la Visitación de Nuestra Señora.

               San Miguel, cuando no había Sacerdote en la aldea, se encargaría de dar la Comunión a las niñas videntes, en forma habitualmente invisible a las demás personas presentes, excepto el día 18 de Julio de 1962 (cuando aconteció el «Milagruco», como fue llamada la Comunión visible de Conchita). San Miguel, fue además el transmisor directo de los dos Mensajes públicos que la Virgen dio en Garabandal.

RELATO DE LA APARICIÓN 
DEL ARCÁNGEL SAN MIGUEL


               Era un Domingo por la tarde, donde nos encontrábamos todas las niñas jugando en la plaza. De repente Mari Cruz y yo pensamos ir a coger manzanas y nos dirigimos directamente allí (se trata del lugar donde se encuentra el manzano de la primera aparición), sin decir nada a nadie que íbamos a coger manzanas.

               Las niñas al ver que nos alejábamos las dos solas nos preguntaron: -¿A dónde vais?-. Nosotras les contestamos: -¡Por ahí!-. Y seguimos nuestro camino, pensando cómo íbamos a apañárnosla para cogerlas. Una vez ahí nos pusimos a coger manzanas y cuando estábamos más entusiasmadas vimos llegar a Loli, a Jacinta y a otra cría que venía a buscarnos.

               Al vernos coger manzanas exclamó Jacinta: -¡Ay Conchita, que coges manzanas!-. -¡Calla!- le contesté yo, -que te oye la señora del maestro y se lo dice a mi mamá- (Aniceta González, viuda, con cuatro hijos: Serafín, Aniceto, Miguel y Conchita).

               Yo me escondí entre las patatas y Mari Cruz echó a correr por las tierras. Entonces Loli exclamó: -¡No corras Mari Cruz que te vimos, ya se lo diremos al dueño!-. Entonces Mari Cruz vuelve a donde mí y salimos de nuestro escondrijo para reunimos todas. Estando hablando llamaron a la cría que venía con Jacinta y Loli, y se fue. Nos quedamos las cuatro solas y pensándolo mejor, volvimos las cuatro a coger manzanas.

               Cuando estábamos más divertidas oímos la voz del maestro, quien al ver que se movían tanto las ramas, creyó que eran las abejas y le dijo a su mujer Concesa: -¡Vete al huerto, que andan las abejas donde está el manzano!-. Nosotras al oírlo, nos entró mucha risa. Cuando ya nos llenamos los bolsillos echamos a correr para comerlas más tranquilamente en el camino o sea en La Calleja (es el camino pedregoso que va desde el pueblo a un bosquecillo de nueve pinos). 

                Estando entretenidas comiéndolas escuchamos un fuerte ruido como de trueno (es interesante recalcar que en Fátima, poco antes de la primera aparición del Ángel de la Paz, los pastorcillos oyeron el ruido de un trueno). Y nosotras exclamamos a la vez: -¡Parece que truena!-. Eso sucedió a las ocho y media de la noche (el «Gran Milagro» anunciado para Garabandal deberá producirse también a las ocho y media de la noche). 

               Una vez terminadas las manzanas digo yo: -¡Hay que gorda!. Ahora que cogimos las manzanas que no eran nuestras el demonio estará contento y el pobre Ángel de la Guarda estará triste-. Entonces empezamos a coger piedras y a tirárselas con todas nuestras fuerzas al lado izquierdo. Decíamos ahí estaba el demonio. Una vez cansadas de tirar piedras y ya más satisfechas empezamos a jugar a las canicas con piedras. De pronto se me apareció una figura muy bella con muchos resplandores que no me lastimaban nada los ojos. Las otras niñas Jacinta, Loli, y Mari Cruz al verme en este estado creían que me daba un ataque, porque yo decía con las manos juntas: -¡Ay!… ¡Ay!…- .

               Cuando ellas ya iban a llamar a mi mamá se quedaron en el mismo estado que yo y exclamamos a la vez: -¡Ay, el Ángel!-. Luego hubo un cierto silencio entre las cuatro… y de repente desapareció. Al volver normales y muy asustadas corrimos hacia la Iglesia, pasando de camino por la función del baile que había en el pueblo. Entonces una niña del pueblo, que se llama Pili González nos dijo: -¡Qué blancas y asustadas estáis!. ¿De dónde venís?-. Nosotras muy avergonzadas de confesar la verdad le dijimos: -¡De coger manzanas!- (La Visión parece haber acentuado en las niñas el remordimiento intenso y el arrepentimiento de su falta). Y ella dijo: -¿Por eso venís así?- . Nosotras le contestamos todas a una: -¡Es que hemos visto al Ángel!-. Ella dijo: -¿De verdad?- Nosotras: -…sí, sí…- y seguimos nuestro camino en dirección a la Iglesia, y esta chica, se quedó diciéndoselo a otras. 

               Una vez en la puerta de la Iglesia y pensándolo mejor nos fuimos detrás de la misma a llorar. Unas crías que estaban jugando nos encontraron y al vemos llorar nos preguntaron: -¿Por qué lloráis?- Nosotras les dijimos: -Es que hemos visto al Ángel-. Ellas echaron a correr a comunicárselo a la señora maestra. Una vez que terminamos de llorar a la puerta de la Iglesia, entramos en ella. En aquel mismo momento llegó la señora maestra toda asustada y en seguida nos dijo: -Hijas mías, ¿es verdad que habéis visto al Ángel?- .-¡Sí señora!-. -¿A la mejor es imaginación vuestra?- . -¡No, señora, no!. Hemos visto bien al Ángel-. 


                Entonces la maestra nos dijo: -Pues vamos a rezar una Estación a Jesús Sacramentado en acción de gracias.-

               Cuando hubimos terminado de rezar la Estación nos fuimos para nuestras casas. Ya eran las nueve de la noche y mi mamá me había dicho que fuera a casa de día, y yo ese día fui ya de noche. Cuando llegué a mi casa mi mamá me dice: -¿No he dicho yo, que a casa se viene de día?. 

               Yo toda asustada por las dos cosas: por haber visto aquella figura tan bella y por venir tarde a casa, no me atrevía a entrar a la cocina y me he quedado junto a una pared, muy triste y le dije yo a mi mamá -he visto al Ángel-. Ella me respondió: -¡Todavía de venir tarde a casa me vienes diciendo esas cosas!-. Yo le respondí de nuevo: -pues yo he visto al Ángel-. Ella me respondió lo mismo, pero ya más dudosa de que yo hubiera visto al Ángel. 

               Esto fue a las nueve y media de la noche. Después ya esa noche ya no hablamos más de ello, fue una noche corriente igual que las otras sin hablar nada, ni nada.


Extraído de el «Diario» de Conchita González, 1963


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