11/08/2022

Un Dios que pide permiso

A veces confieso que me vienen dudas sobre si los comentarios del Evangelio ayudan u oscurecen las palabras que salieron de labios de Jesús. El Señor nos las dejó para que vivieran con nosotros, dentro de nosotros, y que las cultiváramos, como hace el entusiasta de la tierra en su pequeño huerto. ¿Clarificar los textos sagrados? No creo que necesiten explicaciones o añadidos. El mejor comentario del Evangelio es aquel que nos obliga a releer esas palabras que no pasarán. A veces no entenderemos su sentido, porque al Señor no le gustaba clarificar, por eso decía con frecuencia aquello de “el que tenga oídos que oiga”. Qué manera tan sutil de decir “eres tú quien debe hacer crecer mis palabras dentro de ti”.

A los ojos de Cristo valemos más que el mármol de Carrara y que todas esas pinacotecas valiosisimas del planeta. Lo digo porque hay un punto en los Evangelios que siempre me obliga a reflexionar: y es el respeto profundo que siente el Hijo de Dios ante cada persona con la que se cruza. Todos cuentan para Él como si fueran príncipes. Les hace tomar su tiempo, les pregunta qué quieren, como un siervo medieval haría con su señor. A los discípulos de Juan les pregunta por qué le siguen, a los leprosos les dice qué quieren, y a los ciegos de hoy les invita a hacer una acto de fe, si creen que Él es capaz de devolverles la vista. Me gusta que la fe dependa en el fondo de nosotros mismos, es decir, Dios nunca va a crear con el alma un vínculo que el alma no demande. Dios está delante de cada uno y nos interroga, “¿crees qué puedo?, ¿me dejas entrar?, ¿te fías de mí?”. El suyo es un lenguaje delicadamente humano, usa los términos del enamorado hincando la rodilla ante la persona que ama.

Ni siquiera el Señor quiere llevarse las medallas de los milagros que realiza, “tu fe te ha salvado”, “que se haga según vuestra fe”. Le gusta hacernos sentir protagonistas, pero no como una madre engaña delicadamente a su hijo haciéndole creer que es él quien hace salir el sol, o conducir el coche de papá, o esas cosas mágicas que toda madre inventa para sus cachorros. No, el Señor va en serio, es el tamaño de la abertura de mi fe el que va a hacer a Cristo señor de mi alma.

No hay una pizca de imaginación o exageración sobre cuanto digo. Desde el instante de la Encarnación, Dios no hace más que pedir permiso a sus criaturas para entrar en conversación. Nos quiere dueños de nosotros mismos, porque a todo enamorado le gusta que su enamorada sea una mujer de una pieza, que sabe cuanto dice y revisa cuanto hace. Alguien de verdad. El Señor no hace milagros al tuntún, no se divierte con nosotros haciendo ejercicios de prestidigitación. Hay un refrán español muy chusco que usan los listillos ante situaciones comprometidas, “prefiero pedir perdón a pedir permiso”. El Señor obra justamente al revés, siempre elige pedir permiso.

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