Hay acontecimientos que son difíciles de olvidar, incluso imposibles de olvidar. Para los que vivimos aquella tarde del 2 de abril de 2005, en la Plaza de San Pedro o a través de la televisión, el recuerdo de las últimas horas en la tierra del papa Juan Pablo II nos pone todavía la carne de gallina. Un rezo universal se elevaba por una persona singular: un personaje histórico de gran envergadura para la Iglesia y para la humanidad. Se nos iba un padre, alguien que durante casi tres décadas nos había amado, entregando su vida hasta el último aliento. Eran las 21.37h.
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