21/05/2022

Vivir con la mirada en el cielo

“Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. El amor personal reclama la presencia de la persona amada, por ello Cristo quiere que donde está Él estemos también nosotros. Para ello nos preparará un lugar. No se trata ciertamente de que nos “habilite un lugar” en el cielo, sino de preparar nuestro corazón para amar como Él ama, preparar nuestra vista para poder mirar a Dios “cara a cara” y no quedar deslumbrados por el que es la Luz. Es una preparación que el Espíritu de Jesús va operando en nosotros, pero no sin nuestra colaboración, como dice San Agustín en las Confesiones, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Pero con la seguridad que nos da la certeza de que es Cristo mismo quien quiere que estemos con él. Ciertamente que nunca podremos merecer semejante regalo, pero Dios está empeñado en hacérnoslo. Sólo hay que aceptarlo. “Me siento muy contenta de irme pronto al cielo, decía Santa Teresita del Niño Jesús. Pero cuando pienso en aquellas palabras del Señor: ‘Traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus obras’, me digo a mí misma que en mi caso Dios va a verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme ‘según mis obras’ … Pues bien, me pagará “según las suyas…” (Carta 226). Por eso “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”.

Ojalá aprendiéramos a vivir cada día con esta esperanza. Nuestra concepción del tiempo debe estar impregnada de esa esperanza, no hay una fuerza, un destino ciego, “se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI, Enc. “Spes salvi”, 1). El fundamento de esta esperanza es lo más fiel y seguro que existe: el amor que Dios mismo nos tiene a cada uno de nosotros. Una esperanza que “no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Quien se sabe tocado por este amor ha sido capacitado para vivir en esperanza, en la convicción de que Él nos llevara consigo. Con esto el Señor no nos dice que no experimentaremos problemas y dificultades en nuestra vida, pero si nos dice que pasarán, que no tienen la última palabra.

“Una gran señal apareció en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. Es muy importante mirar a esa señal. Vivir de una esperanza es vivir de algo que promete Dios y no debemos dejar de mirar a lo que se nos ha prometido.

Es María, esperanza nuestra, es esa señal en el cielo que no hemos de dejar de mirar.

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