Pedro Finkler – Orar

Orar siempre

“Estad siempre alegres, orad sin cesar” (1 Te: 5, 16).

Esta recomendación de Cristo, repetida luego por san Pablo, no puede, ciertamente, interpretarse como un consejo para que estemos continuamente rezando oraciones. En primer lugar, orar o rezar no consiste fundamentalmente en hacer algo. Es más bien un modo característico de ser del cristiano que ama de verdad al Señor. Es ser algo así como el que está apasionadamente enamorado. Estar enamorado es ser y sentirse muy diferente de cuando no se estaba enamorado o se ha dejado de estar.

El estado de oración supone también la experiencia de una esperanza alegre. Estar enamorado no es todavía el gozo de estar casado. Este es el último estado que se presiente en el enamoramiento. La alegría de la esperanza de poder realizar el anhelo más íntimo de unión con otro ser nace en la adolescencia, crece en el enamoramiento, se incrementa en el noviazgo y se consuma en el matrimonio. En el desarrollo de la vida espiritual, las cosas ocurren de una manera semejante. Hay primero una etapa de adolescencia espiritual: es el momento en que se descubre al Señor como un valor capaz de satisfacer el deseo profundo de darse a alguien. La etapa siguiente es aquella en que se escucha la llamada concreta del Señor; se trata de una etapa parecida al enamoramiento; la persona procura multiplicar los encuentros con el otro: vocación para la vida de oración. Cuanto más se profundiza en el espíritu de oración, tanto más unida al Señor se siente la persona. Se va intensificando el deseo de una unión más estrecha y el vago presentimiento de que esa unión se va realizando progresivamente. Algo así como un compromiso de matrimonio. Este es un estado de una seguridad tan grande de estar ya el alma tan unida al Señor, que el simple pensamiento de un rompimiento eventual le asusta y le hace sufrir horriblemente. Al mismo tiempo crece de un modo extraordinario la alegre esperanza de poder algún día gozar cara a cara de la presencia de aquel con quien se vive ya místicamente una unión inseparable. La experiencia de esta permanente alegría al ver aproximarse un gran acontecimiento largo tiempo soñado y percibido como irreversible es un estado de la persona. En el caso presente es el estado de oración. “Tomar conciencia de este gozo no es apoderarse totalmente de él. Es rozarlo levemente con la punta de los dedos. Pero lo poco que se consigue percibir tiene ya cierto sabor a infinito y hace presumir un todo situado más allá”.

Así pues, ser contemplativo es disfrutar de la constante alegría interior de ser del Señor, de estar siempre con él, de estar en sus manos, de ir siempre acompañado por él. Es un sentimiento permanente de paz y de seguridad semejante al del niño que se sabe amado por su madre, que sabe que podrá contar siempre con ella. Esta atmósfera de alegría, de paz, de tranquilidad y de seguridad es la señal de la presencia del Señor. La oración es una actitud delante de Dios, la cual nos transforma interiormente en un alma orientada hacia él.

El estado contemplativo es el resultado de una gracia muy simple: la de la fidelidad a los importantes deberes de la vida cristiana. El que se preocupa de cumplir los deseos del Señor demuestra que lo ama de veras. El Señor está siempre presente en la vida de esa persona amiga. Su vida se transforma realmente en vida de oración. Un gran amor al Señor produce el sentimiento de su constante presencia. Cuanto más profundo, intenso y auténtico sea ese sentimiento, tanto más profunda será la oración.

Orar es amar. Amar es abrirse a alguien, acogerlos permanecer interiormente con él; es estar vinculado a él vitalmente; es comunión en el pleno sentido de la palabra; es tener conciencia de no estar uno solo… Un misterio sublime que satisface los anhelos más íntimos del ser humano. Una humilde, simple y silenciosa presencia junto al Señor que nos seduce.

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