11/08/2022

«Anda y haz tú lo mismo».

El evangelio de hoy, el Buen Samaritano, tiene un sentido evidente. Toda persona necesitada es nuestro prójimo, aunque humanamente no nos una nada. En Cristo todos sómos prójimos, es decir, próximos. En Cristo tengo la misma cercanía con un desconocido que la que pueda tener con un familiar, un amigo, uno de mi pueblo, uno de mi equipo o uno de mi partido. La idea de Fraternidad entre todos los hombres, que nos quieren hacer creer que es una conquista de la Ilustración, hubiera sido imposible de formular sin el caldo de cultivo cristiano que tiene nuestra civilización. No todas las civilizaciones tienen esto. Basta pensar en las «castas» presentes en otras culturas. Un musulmán no está obligado a ayudar a nadie que no sea musulmán. La mayoría de los musulmanes, siendo buenas personas, ayudarán a cualquiera, pero religiosamente no están obligados a ello. Los cristianos si estamos obligados, por que en Cristo todos son prójimos. De hecho aquí está la prueba del algodón de si realmente hemos sido transformados por la gracia. Si no soy capaz de considerar a cualquiera, incluso mi enemigo, como prójimo, es que no estoy convertido, sigo viviendo en la carne.

Hay otro sentido menos evidente. El Buen Samaritano es Cristo. El hombre herido soy yo, eres tú, es la humanidad caída. Asaltada, vapuleada y malherida por el pecado. Los ladrones son los demonios que nos han robado la filiación. El Buen Samaritano ha descendido de su cablagadura, desde el cielo a la tierra, se ha acercado al hombre herido y le ha curado sus heridas con aceite y vino, símbolo de la Gracia. El sacerdote y el levita representan la antigua Ley, incapaz de salvar al hombre por las obras. La posada es la iglesia y los dos denarios son los sacramentos, que como sustento y medicina para nuestras heridas, el Señor nos ha dejado para ser alimentados y curados hasta su vuelta.

Toda la historia de la Salvación en una parábola. ¿Puede haberuna distancia  mayor entre alguien y yo que la que hay entre Dios y el hombre? Sin embargo Dios ha salvado esa distancia y se ha hecho prójimo del hombre.

«Anda y haz tú lo mismo».

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