27/05/2022

Las consagraciones de 1988 y la acusación de cisma

En la segunda entrevista, de la sección «Teología», publicada el 27 de abril de 2022, en el sitio Claves.org, el Padre de Blignières indica cuál es, según él, «el criterio para evaluar las consagraciones de 1988». Los sacerdotes y los fieles que no quisieron seguir a Monseñor Lefebvre no habrían actuado en virtud de una concepción errónea de la obediencia, ni de forma puramente táctica o con vistas a obtener algún beneficio. 

Lo que habría estado, y sigue estando en juego, «es un juicio de fondo sobre la comunión jerárquica como elemento esencial de la fe y de la estructura de la Iglesia católica». En efecto, una consagración episcopal realizada en contra de la voluntad del Papa sería «un acto intrínsecamente malo porque atenta contra un elemento de la fe católica».

Este elemento es que, para ser consagrado no solo válida sino legítimamente, un obispo debe recibir la consagración episcopal «dentro de la comunión jerárquica entre todos los obispos católicos», cuyo garante es el obispo de Roma, sucesor de Pedro. Por tanto, la consagración episcopal, recibida sin la institución pontificia, constituye «un gravísimo atentado contra la unidad misma de la Iglesia».

2. El Padre de Blignières hace referencia aquí a la encíclica Ad apostolorum Principis de Pío XII, así como al número 4 del Motu proprio Ecclesia Dei afflicta. Sin embargo, ninguno de estos dos textos citados es relevante para evaluar las consagraciones del 30 de junio de 1988.

3. El texto que nos pondría en el camino correcto es el que el Padre de Blignières no cita: el número 3 del Motu proprio Ecclesia Dei afflicta. Contrariamente a lo que afirma el fundador de la Fraternidad de San Vicente Ferrer, en un atajo demasiado simplista, la consagración de un obispo realizada sin mandato pontificio y cometida contra la voluntad explícita del Sumo Pontífice, no constituye en sí misma «un acto de naturaleza cismática».

El Motu proprio de Juan Pablo II comienza diciendo que: tal consagración «es en sí misma una desobediencia al Romano Pontífice»[1]. Pero la desobediencia es algo muy diferente del cisma [2]. Por eso, consagrar un obispo sin mandato pontificio y crear un cisma son dos actos fundamentalmente diferentes.

El primero puede ser la ocasión del segundo, pero no necesariamente. Crear un cisma es, en efecto, negar en principio la autoridad suprema del Papa, y esto sucede cuando alguien pretende conceder un poder que solo el Papa (y no un simple obispo) puede conceder, es decir, el poder de gobernar en la Iglesia.

Consagrar un obispo sin mandato pontificio, es desobedecer al Papa comunicando un poder que todo obispo puede conceder, el poder de santificar en la Iglesia, pero solo con el acuerdo del Papa.

4. En efecto, un obispo es obispo porque recibe y posee dos poderes diferentes: el poder del orden o poder de santificar mediante la realización válida de los sacramentos; el poder de jurisdicción o poder de gobernar mediante la creación de leyes. 

El obispo recibe la potestad de santificar por su consagración y recibe la potestad de gobernar por la misión canónica, por medio de la cual el Soberano Pontífice le comunica esta potestad de gobernar.

La ordenación de obispos no es, en sí misma, sacramental o ritualmente hablando, el acto en el que se comunica la potestad de gobernar. Esta potestad se comunica en la medida exacta en que el obispo consagrado recibe del Papa –es decir, además de su consagración, que solo le confiere la potestad de santificar– la misión canónica, del Soberano Pontífice.

Ordinariamente, y la mayor parte del tiempo, el obispo consagrado recibe los dos poderes, el poder del orden y el poder de jurisdicción, al mismo tiempo. Pero también puede ocurrir que un obispo sea consagrado sin recibir la potestad de gobernar. Tales son los obispos titulares [4] o ad honores consecrati.

Y, en efecto, podemos ver claramente que existen también fuera de la Iglesia (por ejemplo, entre los cismáticos) obispos válidamente consagrados, que, por tanto, tienen realmente el poder del orden, recibido por una consagración, pero que no han recibido del Papa el poder de gobernar, ya que la secta a la que pertenecen no reconoce la autoridad del Papa, querida por Cristo para su Iglesia [5].

Estos obispos no solo son desobedientes, son además cismáticos en la medida en que el obispo que los consagra se arroga la autoridad del Papa para concederles un poder de gobierno que solo el Papa puede dar.

Así sucede con los obispos cismáticos consagrados en la Iglesia Patriótica del Estado Comunista en China, mencionados en la encíclica de Pío XII, Ad apostolorum Principis del 29 de junio de 1958 [6]:

«Los obispos que no han sido nombrados ni confirmados por la Santa Sede, más aún, escogidos y consagrados contra explícitas disposiciones de ella, no podrán gozar de poder alguno de magisterio o de jurisdicción; ya que la jurisdicción se da a los obispos únicamente por mediación del Romano Pontífice. […]

«Los actos que pertenecen a la potestad del Orden sagrado, realizados por dichos eclesiásticos, aunque sean válidos, suponiendo que haya sido válida la consagración que se les quiere conferir, son gravemente ilícitos, es decir, pecaminosos y sacrílegos».

5. Ahora bien, es evidente –pues lo dijo explícitamente en la homilía del 30 de junio de 1988– que Monseñor Lefebvre nunca tuvo la voluntad de conceder la potestad de gobierno a los obispos por él consagrados, arrogándose para ello la autoridad misma del Papa, lo que habría sido un cisma.

«No somos cismáticos», dijo. «Si se pronunció la excomunión contra los obispos de China, que se separaron de Roma y se sometieron al gobierno chino, es bastante comprensible la razón por la que el Papa Pío XII los excomulgó. Pero nosotros no queremos por nada del mundo separarnos de Roma y someternos a un poder cualquiera ajeno a Roma, constituyendo una suerte de Iglesia paralela como lo hicieron, por ejemplo, los obispos del Palmar de Troya, en España, que han nombrado un Papa y han hecho un colegio de cardenales.

«Lejos de nosotros esos pensamientos miserables de alejarnos de Roma». En la intención de Monseñor Lefebvre, las consagraciones que celebró en Ecône, incluso realizadas sin mandato pontificio, concedieron ni más ni menos que el poder del orden y de ningún modo el poder de jurisdicción. Por tanto, no pueden representar un acto de naturaleza cismática, y constituyen, a lo sumo, una desobediencia.

6. Sin embargo, un acto constituye una desobediencia si y solo si se opone a un mandato legítimamente deseado por el superior. Por tanto, no habría desobediencia por dos razones.

Ya sea porque quien manda no es el superior y, en este caso, los que consagran obispos sin mandato pontificio se justifican diciendo que Juan Pablo II no es Papa, lo cual es la tesis del sedevacantismo, adoptada, por ejemplo, en el pasado por el Padre Guérard des Lauriers.

O porque el que manda, aunque superior, no expresa un mandato legítimo, por el hecho mismo de que este mandato humano se opone al mandato de Dios, que es superior a él [7].

Ahora bien, como demostramos en el artículo anterior, el mandato por el cual Juan Pablo II le dijo a Monseñor Lefebvre que no procediera con las consagraciones episcopales previstas se oponía a la voluntad de Dios que es asegurar la supervivencia de la Tradición en la Iglesia, gracias al sacerdocio, supervivencia gravemente amenazada por la falsa idea de la Tradición, «contradictoria e incompleta», impuesta y difundida por las autoridades romanas, incluido el mismo Juan Pablo II.

La consagración del 30 de junio de 1988 no constituye, por tanto, ni un acto cismático ni tampoco un acto de desobediencia.

7. Fue la operación de supervivencia de la Tradición, como muy bien explicó Monseñor Lefebvre: «Hoy, en este día, se ha llevado a cabo la operación supervivencia, y si yo hubiera hecho esta operación con Roma, continuando con los acuerdos que habíamos firmado y buscando que estos acuerdos se pusieran en práctica, habría llevado a cabo la operación suicidio. 

«No hay alternativa. Tenemos que sobrevivir y por eso hoy, al consagrar estos obispos estoy convencido de que seguiremos manteniendo viva la Tradición, es decir, la Iglesia católica».

8. El Padre de Blignières, por lo tanto, comete aquí un doble error. No, no es cierto que una consagración realizada contra la voluntad del Papa sea intrínsecamente mala, porque atenta contra un elemento de la fe católica: todo depende de la voluntad, legítima o no, del Papa. No, tampoco es cierto que «las consagraciones de 1988 constituyeron un ataque gravísimo contra la unidad misma de la Iglesia».

(Continuará…)

Padre Jean-Michel Gleize

[1] «In semetipso talis actus fuit inoboedientia adversus Romanum Pontificem.»

[2] Cayetano, Commentaire sur la Somme théologique, 2a2ae, cuestión 39, artículo 1, n° VII; cf. abril 2018 del Courrier de Rome.

[3] Esta es la enseñanza de Santo Tomás en la Summa Theologica, 2a2ae, pregunta 39, artículo 3, corpus. Esta es también la enseñanza de los autores, por ejemplo, Louis Billot, «De episcopatu, tesis 32, § 1» en De sacramentis, t. 2, pág. 315; Charles Journet, La Iglesia del Verbo Encarnado, Volumen 1: «La Jerarquía Apostólica», Desclée de Brouwer, 1955, p. 34-35 y 637-640. En la época del Concilio Vaticano II, los padres miembros del Coetus recordaron esta doctrina, para denunciar los errores presentes en el esquema de la futura constitución sobre la Iglesia. Ver en las Acta synodalia concilii Vaticani secundi, vol II, parte I, las observaciones escritas de Dom Jean Prou ​​(p. 557-559) al final de la 2ª sesión del Concilio (1963) y vol. III, parte I, las del cardenal Browne (pp. 629-630) y las de monseñor Carli (pp. 660-661) sobre el esquema De Ecclesia, al final de la 3ª sesión del Concilio (verano de 1964).

[4] Antiguamente eran llamados obispos in partibus infidelium, denominación abrogada por un decreto de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe del 27 de febrero de 1882. El apelativo «titulares» proviene del hecho de que reciben el título de una antigua diócesis, habitada ahora principalmente por infieles o cismáticos. Cf. F. Claeys-Bouuaert, «Obispos» en el Diccionario de derecho canónico de Raoul Naz, t. V, columna 574.

[5] Louis Billot, «De episcopatu, tesis 32, § 1» en De sacramentis, t. 2, p. 317.

[6] AAS, t. L, p. 601 y sq. La traducción al francés se encuentra en los Documents pontificaux de Sa Sainteté Pie XII, Ediciones Saint-Augustin, Saint Maurice (Suiza), vol. del año 1958, pág. 327-338.

[7] Santo Tomás de Aquino, Somme théologique, 2a2ae, pregunta 104, artículo 5.

El primer artículo se centró en el análisis del fundamento de la condena pronunciada por el motu proprio Ecclesia Dei, que consiste en una concepción errónea de la Tradición concebida como viva. Esta segunda parte se pregunta: ¿fueron las consagraciones de 1988 intrínsecamente malas, porque socavaron un elemento esencial de la fe católica: la unidad?

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