04/02/2023

Nada de esto fue un error

No sabemos bien cómo se enteró José pues María probablemente estaba aún en Ain Karem, la montaña de Judá, ayudando a su prima santa Isabel con el parto y la lactancia de Juan. Posiblemente Joaquín, el padre de María, hablaría con José para evitar que se enterara por otro cauce ajeno a la familia. En realidad, no sabemos mucho y cualquier especulación no es más que una interpolación piadosa. El hecho es que José sabe que su mujer espera un hijo y obviamente sabe que no es hijo suyo. De manera que es comprensible su extrañeza, incluso más aún su tristeza, al ver como sus planes se caen como un castillo de naipes y su futuro soñado se viene abajo completamente.

Es muy probable que, en su noche oscura, José presentara oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía darle al menos una palabra, una explicación. Se preguntaría ¿Qué significa esto? ¿Cómo ha podido suceder? En su incapacidad de pensar mal de María solo le cabía imaginar que ella habría sido víctima de alguien que la habría forzado… a ella, a su inocente esposa, su preciosa paloma, su frágil doncella de Israel.

El silencio de María que pudo haberle dicho algo antes de partir apresuradamente a casa de Zacarías e Isabel no podía ser expresión de una huida, ¿por qué iba a tener ella que huir de José si tanto la amaba? El silencio de María, que no da explicaciones. era expresión de su confianza ciega en Dios. Ella confía plenamente y piensa que aquel que había comenzado en ella su plan de salvación, él mismo lo llevaría a término. Por eso, José, que la ama entrañablemente a pesar de todo, ni la juzga ni la condena, tan solo había decidido repudiarla en secreto para salvarla de la lapidación, para que nadie pudiera hacerle daño, para que los demás pensara mal de él y le echasen la culpa de lo sucedido: por culpa de José, María sería madre antes de haberse ido a vivir juntos y, además, por culpa de José, ahora se veía abandonada y obligada a sacar adelante a su hijo sin su irresponsable padre. Es normal que, para un varón justo, es decir santo, que pone toda su confianza en Dios y que quiere cumplir todos y cada uno de sus mandatos, tomar esta decisión significara un auténtico trago. El trago más amargo, era beber el cáliz de su pasión. Como Abraham, nuestro padre en la fe, José tuvo que creer contra toda evidencia sensible y racional, que Dios tenía poder incluso para solventar una situación tan imposible, humanamente hablando. Igual que Abrahán estuvo dispuesto a perder a su hijo Isaac, y con su sacrificio renunciar al único hijo de esa innumerable descendencia prometida, así también José se veía probado en la fe ante la misma circunstancia y en un sacrificio semejante.

Por eso el Ángel de Dios, su enviado, le trajo en verdad el evangelio que necesitaba escuchar, la buena noticia que iluminaba y daba sentido a lo que había sucedido. La criatura que crecía en el vientre de María venía del Espíritu Santo. Por eso no debía temer acoger y recibir a María, su santa esposa, virgen y madre. Es más, su misión era fundamental e imprescindible para que se cumpliera el designio de Dios, para que la salvación alcanzará a toda la historia y a toda la humanidad. Como padre legal le pondría nombre, se llamaría Jesús, porque su misión es salvar al pueblo de los pecados. Ahora se entendía todo, San José no había caído en la tentación de hacerse la víctima y ponerse en el centro como si él fuera el perjudicado y mereciera toda la atención y una adecuada restauración. Como los auténticos amigos fuertes de Dios quería asumir su papel en la historia sin preguntar, o lo que es más heroico aún, sin entender. Sabía que los amigos de Dios, como Moisés, que hablaba con él cara cara como un amigo habla con otro amigo, tienen que acostumbrarse a pasar por circunstancias difíciles. Pero ahora todo cobraba sentido, por eso en cuanto despertó, inmediatamente acogió a su mujer e hizo lo que tenía que hacer.

También nosotros tenemos un Evangelio, una buena noticia que viene iluminar nuestra historia. También nosotros pasamos de no entender nada y pensar que toda nuestra historia y todo lo que Dios ha pensado para nosotros fue un error, a entender que Dios lleva adelante su plan de salvación sin violentar nuestra libertad, sino al contrario, contando con ella. Somos prescindibles, pero él ha querido que fuéramos necesarios. Así que somos los prescindibles – necesarios que Dios ha querido escoger como colaboradores suyos en su plan de salvación. Ahora sólo falta que tú y yo, como María y José, digamos sí a Dios y a sus planes, a sus tiempos y a sus caminos.

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