24/06/2022

Pies de barro

Les reconozco que el fragmento del evangelio de Mateo que acabamos de leer está entre mis favoritos, tal vez por la cantidad de veces que a lo largo de mi vida he tenido que recomenzar, he tenido que levantar de nuevo el castillo de naipes que había levantado y se me había venido abajo al chocarse con la terca realidad.

Me explico, en general soy bastante soñador, de esas personas que sueñan despiertas, de esas personas que ven una mínima posibilidad de éxito y allá se lanzan como si el éxito estuviese garantizado. Un buen amigo me dice siempre con paciencia, otra vez… no te das cuenta de… pues oigan ya les digo que no. Así que muchas veces a lo largo de mi vida he mordido el polvo del fracaso por haber montado mis historias, mis castillos en el aire.

Ese es el problema, que eran mis historias, solo mías, muy mías, asentado sobre los pies de barro de mis sueños, mis carencias, mis necesidades… construía, y aún hoy construyo relatos y proyectos que tienen los pies de barro, que tiene poca consistencia, porque se me olvida, con demasiada frecuencia, que mis historias y mis proyectos los tengo que construir sobre el suelo seguro que da sentido a mi vida, la fe, los tengo que construir con el que mejor me conoce y mayores rendimientos puede sacarme: Dios, tengo que darme cuenta de que el futuro que soñamos juntas es sin duda le mejor. Y no porque Él quiera imponerme nada, sino porque simple y llanamente sabe mucho más que yo hasta de mí mismo.

Es difícil aprender esta lección, tal vez sea la única importante en la vida. Hace unos días escuchaba a un joven que iba a ser ordenado diácono hablando en la radio, y me sacó una sonrisa, porque afirmaba con inocencia y frescura que él solo hacía lo que Dios le iba pidiendo y así todo salía bien. No le falta razón,  aunque esa sencillez, esa simplicidad, nos resulte difícil de digerir y muchas veces no tengamos ni la menor idea de cómo hacer.

Construir la propia vida teniendo a Dios como verdadero sentido, cimiento y suelo de nuestra existencia, se convierte pues en el desafío que el evangelio nos propone hoy. Y como con cada desafío yo siempre me pregunto ¿te atreves?. Espero que sí. Amén

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