26/02/2025

¿POR QUÉ LA ORACIÓN DE UNA MADRE ES TAN PODEROSA?

En Lucas 7, Jesús vio pasar una enorme procesión fúnebre en Naím. 

Estaba allí la ciudad entera. 

Vio cómo lloraban jóvenes y mujeres.

Vio a los pastores y a los apóstoles que lloraban. 

Vio a los ancianos llorar. 

Vio padres que lloraban. 

Vio niños que lloraban.

Veía la tristeza en el rostro de las personas. 

Nada parecía moverlo, hasta que vio a la madre.

La Bíblia dice que tuvo compasión cuando la vio e inmediatamente resucitó a su hijo de la muerte (Lucas 7: 12-15). 

Fue el grito desesperado de una madre lo que tocó el Corazón de Dios.

Todavía hoy, las madres que lloran frente al Señor por sus familias, sus matrimonios, sus casas… tocan el Corazón de Dios.

Cuando una madre deja de orar, su familia (especialmente sus hijos) corren peligro.

Satanás encuentra un punto débil y comienza a destruir la casa… hasta que las cosas, gracias a la oración de la madre, vuelven a su lugar legítimo, como ancla de la casa.

En los Salmos 17, 36, 57, 63 y 91 el papel de Dios se compara al de una MADRE.

Como una madre protege, y defiende a sus hijos, así también Dios nos protege bajo la sombra de sus alas. 

Encontramos refugio en Él y podemos quedarnos allí hasta que pase el peligro. 

El papel de una madre es tan fundamental que un padre no recibirá respuesta a sus oraciones si la deshonra o no la respeta (1 Pedro 3: 7).

Por el simple hecho de gozar de este favor, las madres son las personas más atacadas de la casa.

El diablo tiene terror a las madres que ORAN pues son como la central eléctrica de la casa.

Es el mismo Dios el que ha puesto dentro de las madres la gracia y la resistencia necesarias para hacer frente a cualquier situación.

Hoy, como mujer, como madre de familia, considérate bendecida. Considérate privilegiada y “PELIGROSA” CUANDO ORAS.

Invitamos a todas las madres a transmitir este mensaje a otras madres para forjar un ejército de madres que protegen a sus hijos y a la sociedad de la maldad.

 Veamos, ahora, como santa Mónica luchó, rezó y lloró ante Dios por la conversión de su hijo, al grado que san Ambrosio le profetizó: «No puede perderse un hijo de tantas lágrimas». Y gracias a la persistente labor y oraciones logró convertirlo nada menos que en un gran santo: san Agustín. No olvidemos que la mejor educación es la que se refuerza con el ejemplo, pues las palabras se van pero el ejemplo arrastra.

 UN HIJO DE MUCHAS LÁGRIMAS 

Mónica era africana, de Tagaste, región tunecina, nacida el año 331. Hija de familia cristiana noble, pero pobre, fue educada inicialmente en la piedad, ascesis y letras por una criada solícita.

En su juventud formó parte de la comunidad de creyentes que vivió duras experiencias de persecuciones contra los cristianos, y muertes martiriales. ¡En aquellos tiempos pocos males se podían temer tanto como las crueldades de una persecución impía!

A sus veinte años contrajo matrimonio con el joven Patricio, un hombre pagano en religión e infiel en moral, que la hizo pasar sufrimientos desmedidos. Pero afortunadamente, vencido por la honradez de Mónica, murió después de recibir el bautismo. Tuvieron tres hijos: dos de ellos no le crearon problemas; pero el tercero, Agustín, fue amor y espina de dolor de su madre por sus devaneos culturales, religiosos y familiares.

Tras no pocas peripecias, un día Agustín, maestro en artes, se marchó de Tagaste a Roma, y dejó a su madre en Tagaste. Ella, que vivía con el corazón del hijo, siguió sus pasos, y acabó dando con él en Milán. Cuando eso sucedía, Agustín había cambiado ya mucho, y se estaba volviendo más reflexivo sobre sí mismo. Entonces Mónica buscó al Pastor de la diócesis, y tuvo la oportunidad de ponerlo en contacto con san Ambrosio. Éste trabajó amablemente con Agustín y éste se convirtió a Cristo. Recibió el bautismo en abril del año 387.

En esas favorables circunstancias, Mónica, cumplida la misión de salvar a su hijo, volviéndolo sinceramente a Cristo, intensificó su profunda entrega a Dios y a la oración, dando gracias y preparando su encuentro con el Padre. Falleció santamente ese mismo año 387.

ORACIÓN:

Señor, Dios nuestro, Tú inspiraste a san Ambrosio estas bellas palabras: ‘¡No puede  perderse un hijo de tantas lágrimas!’; Tú convocaste a Agustín para que retornara de la infidelidad a la gracia; Tú coronaste de gloria a una madre que vivía sólo para Ti y para sus hijos. Te prometemos orar diariamente por el alma de nuestros hijos. Concédenos también a nosotros la gracia del amor, del dolor, de las lágrimas, de la conversión definitiva a Ti. Amén.

PUBLICADO ANTES EN CATOLICIDAD