12/08/2022

San Cirilo de Alejandría: gran defensor de la maternidad divina

Hacía ya mucho tiempo que el título de “Madre de Dios” había sido dado a María. Nestorio, patriarca de Constantinopla, lo atacó. Cirito, patriarca de Alejandría desde el 412, y la más alta autoridad doctrinal del Oriente, tomó parte con una apasionada violencia y, enviado por el papa Celestino, obtuvo en el Concilio Ecuménico de Éfeso, en el año 431, la condenación de Nestorio.

Carta a los monjes de Egipto, antes del Concilio de Éfeso, para ponerlos en guardia contra la herejía de Nestorio:

Me asombra que haya gente que se haga esta pregunta: ¿debe o no debe llamarse a la Santa Virgen María Madre de Dios? Pues si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿cómo la Virgen, que le ha puesto en el mundo, no va a ser Madre de Dios? Esta es la creencia que nos han transmitido los Santos Apóstoles, aunque no se sirvieron de este término.

Esta es la enseñanza que hemos recibido de los Santos Padres. Y muy particularmente de nuestro Padre de venerable memoria, Atanasio, que en el tercer libro del tratado que compuso sobre la Trinidad santa y consustancial, llama varias veces a la Virgen María, Madre de Dios:

“La Sagrada Escritura -lo hemos hecho notar muy a menudo- se caracteriza principalmente por esto: porque rinde a la persona del Salvador un doble testimonio. Por una parte, Él es el Dios eterno, el Hijo, el Verbo, el resplandor y la sabiduría del Padre; por otra, en estos últimos tiempos y para nuestra salvación, se encamó de la Virgen María, Madre de Dios, y se hizo hombre”.

Y un poco más adelante: “Ha habido muchos santos; ha habido hombres exentos de todo pecado: Jeremías fue santificado desde el vientre materno; Juan, estando todavía en las entrañas de su madre, se estremeció de gozo con la voz de María, la Madre de Dios”. Así habla este hombre considerable, tan digno de inspirar confianza, pues no habría dicho nunca nada que no fuese conforme con las Sagradas Escrituras.

Aclamación a María después del Concilio de Éfeso:

Te bendecimos, oh Santísima y Misteriosa Trinidad, que nos has reunido en esta Iglesia consagrada a la Madre de Dios.

Te saludamos, oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se puede extinguir, corona de la virginidad, cetro de la fe ortodoxa, templo incorruptible, lugar del que no tiene lugar, por quien nos ha sido dado Aquel que es llamado bendito por excelencia, y que ha venido en nombre del Señor.

Por ti, la Trinidad es glorificada y adorada; la Preciosa Cruz del Salvador es exaltada y venerada por toda la tierra; por ti, los cielos se estremecen de alegría, los ángeles se regocijan, los demonios son puestos en fuga, el demonio tentador cae del cielo, y la criatura caída es puesta en su sitio.

Te saludo, tú por quien el conocimiento de la verdad se establece sobre las ruinas de la idolatría, por quien los fieles han obtenido el santo Bautismo, y han recibido la unción con el óleo de la alegría.

Es por ti que todas las Iglesias del mundo han sido fundadas y las naciones llevadas a la penitencia. Es por ti que el Hijo de Dios, la Luz del mundo, ha iluminado a los que estaban en tinieblas y a los que moraban en la sombra de la muerte.

Por ti los profetas predijeron el futuro, por ti los apóstoles anunciaron la salvación a las naciones, por ti resucitaron los muertos y por ti reinaron los reyes.

¿Cómo podemos cantar dignamente tu alabanza, oh Madre de Dios, por quien se regocija toda la tierra?

San Cirilo (375-444) es el gran defensor de la maternidad divina.

A %d blogueros les gusta esto: