Los cristianos deberíamos pensar -creer- más en la vida eterna. Para ello los curas deberíamos predicar más de la vida eterna. Está muy bien que prediquemos de tejas para abajo, que hace falta, pero sin perder nunca de vista la persepectiva de la eternidad. A veces parece que el cristianismo no sea más que una mas de las múltiples propuestas de mejora de este mundo y los cristianos agentes más o menos entusiastas de ese programa. La Iglesia siempre ha sido muy sensible a los problemas del mundo y de la gente, pero la Iglesia no existe para resolver problemas. La Iglesia existe para hacer presente el Reino de Dios, reino que no es de este mundo.
Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy no dejan lugar a ninguna duda. Ponen nuestra mirada muy alta, en el cielo y en la vida eterna. La lectura del Antiguo Testamento, Isaías, contiene una de las frases más preciosas de la escritura: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré?»
Un Dios que así habla, ¿dejará morir y caer en el olvido a sus hijos?
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