23/05/2024

Consejos de Francisco Segarra ante la prolongación de la juventud: «Decálogo del buen envejecer»

 

Aceptaré como un regalo del buen Dios que pode mis capacidades de juventud y las renueve por otras más sutiles. Seré humilde.
Buscaré la belleza en mi interior y en el exterior con paz y perseverancia. Me pararé a oler las flores. No perderé el tiempo en vanidades.
No me perderé un puesta de sol por estar encerrado en una oficina: no seré desagradecido con Dios, que pinta para todos Sus bellos atardeceres.
No correré ni me apresuraré. Contemplaré el mundo que me rodea buscando la bondad. Daré limosna a los pobres.
Pasearé despacio, sin perder un detalle, saludando a mis hermanos con una sonrisa y a los señores árboles con una palabra. Haré apostolado de la sonrisa, siempre.
No daré consejos si no me los piden. No me entrometeré en la vida los demás. Seré paciente. Callaré y escucharé con atención.
Rezaré mucho por todo y por todos. Disfrutaré de mi familia. No hay trabajo más eficaz que la oración.
Disfrutaré de lo pequeño y de lo sencillo. No haré grandes planes. Me esforzaré en ser cada vez más pequeño y sencillo.
Viviré al día y pediré luz al buen Dios solo para el siguiente paso. Dios acoge a los pequeños, torpes y despistados. Y a los exaltados.
Respiraré agradecimiento al buen Dios cada segundo. Alabaré al Señor en su Templo. Amaré la pobreza. Cualquier pobreza. No tendré deseos. Ninguno.

 

He pasado 50 años trabajando. Pero no guardé la sabia proporción del “ora et labora”: 8 horas para trabajar, 8 horas para estudiar y rezar, 8 horas para descansar.

Recuperaré, pues, el tiempo perdido en aquello que fue solo materialmente útil.

Lo importante de verdad no es útil según el mundo: ¿Para qué sirve un claustro o un monasterio? Es como un jardín en la ciudad. Seré una flor. Y un regalo.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»