27/11/2022

MANUEL GONZÁLEZ, OBISPO DE LOS SAGRARIOS ABANDONADOS


               Monseñor Manuel González García, el «Obispo de los Sagrarios abandonados», como le gustaba llamarse, nació en Sevilla -España- el 25 de Febrero de 1877, hijo de Martín González Lara y de Antonia García Pérez, tercer hijo de cuatro hermanos. 

               Muy pequeño, ingresa en el Colegio de San Miguel, donde se formaban los “niños de coro” de la Giralda. Antes de los 10 años era uno de los “seises” de la Catedral, que cantaba y danzaba ante el Santísimo en la fiesta del Corpus y la Inmaculada.



               A los doce años ingresa al seminario de Sevilla, destacándose por su amor y devoción a la Virgen Inmaculada y a la Eucaristía.

              Ordenado Sacerdote el 21 de Septiembre de 1901, sus primeras ilusiones eran ser cura de un pueblo querido de sus feligreses desviviéndose por ellos como si fueran hijos suyos.

              En Febrero de 1902 fue enviado a dar una Misión Popular en un pueblecito andaluz: Palomares del Río (Sevilla). Allí le esperaba la semilla de su gran obra.

               Don Manuel queda impactado por el desolador abandono del Sagrario, como él nos cuenta:

               ” …Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada Iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos…y ¡qué Sagrario!…Allí de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno que me miraba… parecíame que después de recorrer con su vista aquél desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más… una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… de mí sé deciros que aquella tarde, en aquél rato de Sagrario, yo entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había soñado.

              Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo para quererlo yo por todo el pueblo, emplear mi Sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que Su vida de Sagrario le ha creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud…

             ¡Ay! ¡Abandono del Sagrario, como te quedaste pegado a mi alma!¡Ay!¡Qué claro me hiciste ver todo el mal que de ahí salía y todo el bien que por él dejaba de recibirse!

               ¡Abandonado! porque no se le conoce, no se le ama, no se le come, no se le imita…” 

               Experiencia de un hecho para el que buscará remedio mientras Dios le dé vida.

               En 1905 fue destinado como Cura Ecónomo a la Parroquia de San Pedro, en Huelva, donde desarrolló una labor pastoral y social incansable, sin medios humanos, con la hostilidad y persecución de todo el pueblo, pero con un amor y confianza heroicos en la Providencia de Dios y en el Amor del Corazón de Jesús vivo en el Sagrario.

              Se hizo apóstol de los pobres, donde quiera que se anidara la pobreza, allá le llevaba su compasión.

               Su celo y maestría de catequista encontró un amplio campo de acción en la cruda realidad de los barrios de Huelva. Fundó unas escuelas populares, totalmente gratuitas, que hoy mismo nos resultan modelo por la formación integral cristiana que en ellas se brindaba. Funda una revista de catequesis eucarística, “El granito de arena”, en 1907.

              El 4 de Marzo de 1910 funda la Obra de las Tres Marías y discípulos de San Juan de los Sagrarios Calvarios (hoy UNER), extendida por varios países de América y Europa:

               “Yo hoy pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado, un poco de calor para esos Sagrarios tan abandonados; yo os pido, por el amor de María Inmaculada, Madre de este Hijo tan despreciado, y por el Amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados…”.

               Funda en 1912 los “Juanitos del Sagrario”, para niños que quieran velar ante el Sagrario, de igual manera que San Juan acompañó a Nuestro Señor en el Calvario. El 16 de Enero de 1916 es consagrado Obispo de Málaga.

              El 3 de Mayo de 1921 funda un instituto religioso: Las Hermanas Marías Nazarenas, con la misión de consagrarse totalmente a luchar contra el abandono del Sagrario.

               En 1931 padeció la persecución anticlerical de España: la trágica noche del 11 de Mayo incendian el palacio Episcopal y la mayoría de los templos y conventos de Málaga. Expulsado de la ciudad, se ve obligado a refugiarse en Gibraltar. Sufrió el destierro de su diócesis durante cuatro años.

               En Agosto de 1935 fue destinado como Obispo de Palencia, donde su fidelidad y entrega llegaron hasta el fin, reproduciendo la inmolación continua de Jesucristo en la Santa Misa.

              El Día 4 de Enero de 1940, en Madrid, el Señor lo llamó a Su compañía eterna en el Cielo.

              Fue sepultado en la Catedral de Palencia a los pies del Sagrario según su deseo.



               Corazón amadísimo de Jesús, me he enterado que en ese Sagrario nadie, o casi nadie, Te recibe ni Te visita. ¡Nadie quiere trato contigo! ¡Cómo hace estremecer de pena esa noticia a mi alma! ¿Pero es que en ese pueblo no hay enfermos que quieran sanar, hambrientos que quieran comer, afligidos que quieran consuelo, abandonados que quieran compañía, niños que no tengan padres, mujeres que carezcan de amparo, débiles que necesitan defensa? 

               Porque Tú, Corazón querido de mi Jesús Sacramentado, eres todo eso: medicina, aliento, consuelo, amistad y protección, Amor. ¿Es que no lo saben? ¿Es que, aún sabiéndolo, no te quieren, ni quieren nada tuyo? ¡Qué pena te producirán ese desconocimiento y ese desprecio! ¿Verdad que si, Jesús mío? ¿Verdad que Te pesarán mucho esos días tan tristes y esas noches tan largas de abandono y soledad? ¿Verdad que tendrás que echar mano de toda Tu paciencia de Padre y de todo Tu Amor infinito para no cansarte de esperar tanto tiempo a los hijos que no quieren venir…? 

               Yo quisiera, Señor, ser ángel sembrador de piadosos recuerdos y cristianas enseñanzas y despertador de conciencias dormidas o muertas, para ir visitando uno por uno a todos los vecinos de ese pueblo, y decirles allá en lo más hondo del alma, con el acento más penetrante de mi palabra angélica: Hermano, ¿pero, no te has enterado de que Jesús está en el Sagrario de tu Parroquia? ¿No te has enterado…? y me llevaría diciéndoselo hasta que se enterara del todo. 

               Yo quisiera ser el misionero de esa Parroquia para gritar diariamente y cada hora en las calles y en los campos, y de rodillas si fuera preciso, delante de cada habitante del pueblo: ¡Hermanos, hermanos, Jesús está solo y no quiere ni debe estar solo! 

               Si yo pudiera tener por cada Sagrario desierto un corazón para acompañarte en él y una boca para alabarte y recibirte, ¡qué alegría sentiría mi alma al presentarme delante de Ti en cada uno de ellos y decirte: Corazón Bueno, ya no estás solo! Pero, Señor, no tengo más que un corazón, y éste, chico, miserable; una sola lengua, y ésta, torpe y manchada. ¿Te dignas, sin embargo, admitir a uno y a otra por compañeros de Tu soledad? 

               Tuyo es todo lo mío. ¿Me permites, Corazón despreciado de mi Jesús, que vaya en espíritu todos los días a ese Sagrario de tus desprecios, a recibirte y a visitarte? ¿Concedes a mi alma el que haga de ese Sagrario su palomar a donde frecuentemente vuele, para llevar los granitos de sus adoraciones y súplicas, y para tomar alimento y el descanso que la fortalezcan? ¿Me lo concedes? 

               ¡Qué feliz voy a ser desde el momento en que yo sepa que mi Jesús se digna consolarse con los obsequios de mi pobre alma! ¡Qué alegría poder consolarlo agradeciendo por los que no agradecen, pidiendo por los que no piden nunca, llorando por los que no lloran, mortificándose por los que no pecan, comulgando por los que no comulgan, amando por los que odian! 

               ¡Madre mía Inmaculada, Discípulo fiel, Marías acompañantes de Jesús en el Calvario, Ángeles adoradores de la Pasión y de los Sagrarios-Calvarios, poned en mi corazón algo de vuestro amor reparador y compasivo, y en mi lengua las alabanzas más puras y más sentidas, hablad por mi boca y amad por mi corazón, para que cuando en espíritu llame yo a las puertas de aquel Sagrario me respondan desde dentro con un dulcísimo plural: «Ya están ahí los míos, los que no me han abandonado…!» Así sea. Así sea. Así sea. 


De los escritos del Obispo Manuel González


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