14/04/2024

Presintió perder a su bebé: rezó desesperada y comprendió por qué «estaría hasta el fin del mundo»

Los que lo han vivido en primera persona aseguran que quizá no haya nada peor que perder a un hijo. Una herida que no se puede curar y un sufrimiento que no llega a desaparecer. Es lo que le ocurrió a Zéna Daguerre y lo cuenta en el portal LaVie

Louise apenas tenía dos años y medio cuando murió después de padecer durante tres meses un tumor cerebral. «¡Qué pesada y dolorosa es llevar esta cruz! Pero, hoy soy feliz. Cuando has tocado el fondo del dolor humano, te levantas llena de gratitud a Dios, que está todos los días hasta el fin del mundo. Fue Él quien me ayudó a superar la prueba y a levantarme. Sola, sin su presencia, hubiera sido incapaz», comenta Zéna.

Aferrada al rosario, habló con Dios

La pequeña Louise nació el 3 de julio de 2013 en Beirut (Líbano), a donde había sido destinada esta familia francesa.

«Al verla no pude contener la emoción. ¡Era la bebé del misterioso sueño que tuve en 2009! Cuando sentí, al despertar, que esta criatura de belleza angelical algún día Dios me la ofrecería. ¡Y ahí estaba ella, en mis brazos, con sus ojos azules!», relata la esposa de Camille.

El tiempo pasó, y su hija fue creciendo. «Todo iba perfectamente. Louise nunca estuvo enferma. Tenía un apetito saludable, era pacífica, gentil y agradable. Adorable. Nada podría predecir ninguna anomalía o enfermedad. Sin embargo, después de unos seis meses, esa ansiedad de la que creía haberme librado en el hospital volvió a sacudirme».

Y Zéna, con ese instinto tan característico de las madres, empezó a sentir algo que no era bueno. «Tuve el presentimiento de una pérdida inminente. Muchas veces lloraba sin motivo. Y esta preocupación, aparentemente absurda, no hizo más que crecer con los días. Mirando atrás, comprendo que mis intuiciones vinieron de Dios. Me estaba preparando para la cruz que iba a llevar. Me aseguró su presencia y su ayuda en nuestro futuro camino de dolor».

A los 2 años de vida, Louise todavía no hablaba. «Nos dimos cuenta de que dormía mucho. Una mañana se despertó cojeando. Al mes siguiente, ya no podía mantenerse en pie. Le temblaban las manos y le dolía la cabeza. Mi ansiedad se disparó, sobre todo porque ningún médico podía decirnos qué es lo que padecía nuestra hija».

Hasta que el 27 de octubre de 2015, víspera de San Judas, patrón de las causas perdidas, una resonancia magnética reveló que tenía un tumor cerebral. «El neurocirujano fue categórico: tenemos que operar y empezar la quimioterapia lo antes posible. Este fue el comienzo de esta terrible experiencia», dice Zéna, de 45 años.

«Esa tarde, mi princesita se durmió en mis brazos. Quería pedirle perdón por no poder protegerla de todo lo que iba a pasar. A las tres de la madrugada me levanté. Y, como por instinto de supervivencia, me arrodillé con la Biblia y, aferrándome a mi rosario, hablé con Dios, con una intensidad que nunca había conocido».

«Las palabras salieron de mi boca casi sin querer. Fueron las de Cristo en Getsemaní: ‘¡Señor, si este cáliz pudiera pasar de mí! ¡Si tan solo pudieras ahorrarme esta cruz! Sin embargo, hágase tu voluntad’. Estaba perdida, destrozada, pero segura de haberle confiado a Louise al Señor, de haberla puesto en sus manos».

El Líbano es un país pequeño donde todos se conocen y tan pronto como Louise enfermó, se corrió la voz rápidamente y muchas personas rezaron por ella. «Después de un mes, durante el cual vi sufrir mucho a Louise, ella pudo salir del hospital, aunque tenía que regresar una vez por semana para recibir quimioterapia. Pero, los ángeles actuaron para que conociera a personas luminosas fuera de mi círculo familiar. El Señor debió sentir que necesitaba abrirme, que aceptara ser apoyada por los demás».

El 27 de octubre de 2015, víspera de la fiesta de San Judas, una resonancia magnética reveló que su hija tenía un tumor cerebral (foto: Facebook/Zèna Daguerre).

«Así conocí providencialmente a Marianne, una cristiana llena de vida y fe. Luego, a través de ella, descubrí todo un mundo, el de los grupos de oración, empezando por el de los Mensajeros de María. Estos soldados de Dios irradian bondad y rezan cada mes en una casa diferente para sembrar la alegría. Cuando llegaron a nuestra casa sentí el cielo muy cerca».

Era casi Navidad, y Zéna se apegó a esa hermosa promesa de Jesús: «Pedid y se os dará…». «Si persistía, Dios me escucharía, ¡estaba convencida! Mi fe en un milagro creció cuando el oncólogo nos dijo que el tumor era incurable y que a Louise sólo le quedaba un mes. Esa tarde, en shock, fui a implorar a San Charbel. No tengo una devoción especial por esta figura clave del Líbano, pero había realizado casi 3.000 milagros…».

«Basta con invocar a Charbel para que responda, dicen. Pero, ¿por qué a mí no me escuchaba? Mantuve la esperanza hasta el último minuto. Sin embargo, las cosas no salieron como quería y perdimos a Louise el 31 de enero de 2016… Acompañé a mi hija a la morgue sin lágrimas, como si fuera algo normal».

«Pensándolo ahora, creo que no actuaba sola, que estaba habitada por el Espíritu Santo, a quien le rezaba día y noche. Durante el funeral, además, me controlé de forma sobrenatural. La iglesia estaba abarrotada, llena de gente, la mayoría de los cuales eran desconocidos. ¡Fue tan conmovedor ver a esta multitud! Mi corazón estaba feliz y agradecí a Dios por su gracia».

Sin embargo, todo iba a cambiar. «Al día siguiente volví a la tierra. Esa fuerza divina que me había guiado se había ido volando con Louise. Estaba enojada con Dios, rebelada. Me negué a escuchar palabras como: ‘Tu hija ya está en el cielo’. Tenía sed de más, de respuestas más sólidas a las mil preguntas existenciales que me asaltaban».

«Se lo conté a mis amigos sacerdotes, al padre George y al padre Joseph (un carmelita, capellán de los Mensajeros de María). Hablamos durante horas de Dios, del cielo, de los ángeles, de la incomprensión por la muerte de un niño, de la justicia divina y del más allá… Hablé con ellos sin cansarme. No me dejarían hasta que sus respuestas me calmaran. Sin estos santos sacerdotes que supieron encontrar las palabras adecuadas, tal vez habría perdido mi fe y mi confianza en Dios».

Zéna había aprendido una gran lección. «‘No miramos lo visible, sino lo invisible; porque las cosas visibles son pasajeras, y las invisibles eternas’. Dios no respondió a mi oración de la forma que yo tanto deseaba (no es el mago que quería que fuera), pero me abrió otras puertas, me trazó un camino nuevo: la vida eterna«.

Zéna acaba de publicar J’ai vu naître. J’ai vu grandir. J’ai vu entrer dans la Vie (La vi nacer. La vi crecer. La vi entrar en la Vida), Éditions du Carmel, que sale a las librerías el 27 de marzo. «Cuando algo te devora por dentro y no puedes hablar de ello, eso se queda ahí, dentro de ti, y causa mucho daño. Hay que poder sacarlo, expresarlo, de una forma u otra. La pintura y la escritura han sido mi terapia. Necesitaba contar mi historia, poner colores y palabras en este camino de muerte y resurrección», relata.

«Creo que mi testimonio puede dar fuerza a personas que están pasando por una prueba similar: ella se recuperó de la muerte de su hija, y yo también, con la gracia de Dios. En estos momentos me siento impulsada a rezar, a dirigirme a Dios y a los habitantes del cielo, a hablarles con toda sencillez, a pedirles ayuda. Creo que nuestros seres queridos fallecidos siguen vivos y presentes a nuestro lado. Se puede establecer una conexión entre nosotros».

«Ellos están ahí, dispuestos a acompañarnos e interceder por nosotros ante el Padre. Éste es el hermoso misterio de la comunión de los santos. Estoy así vinculada a muchas personas que han hecho del cielo su hogar. Entre ellos, Santa Teresa de Lisieux, y especialmente Luisa, mi princesita. Siento que ella me escucha más que los demás. Siempre que me siento impotente, hablo con ella. Y me escucha, me guía, me ilumina, me calma. Entre Dios y yo, ella es mi intermediaria privilegiada«, dice la miembro del Instituto Católico de Paris.

‘J’ai vu naître. J’ai vu grandir. J’ai vu entrer dans la Vie’ (‘La vi nacer. La vi crecer. La vi entrar en la Vida’), Éditions du Carmel, que sale a las librerías el 27 de marzo

«Siempre llevo conmigo uno de los marcapáginas que hice para su ‘cuadragésimo’ (tradición entre los cristianos de oriente que consiste en una misa de difunto 40 días después de su muerte). Incluí un himno a Teresa del Niño Jesús y cada palabra de este poema me hace pensar en Louise. En el anverso puse la oración que rezábamos todas las noches en familia: ‘Querida Luisa, nuestra mariposa mágica, el único consuelo de tu ausencia es saber que ahora formas parte de la Sagrada Familia, que Jesús, María y José te colmen de su amor eterno. Papá, mamá, Lucie».

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»