30/05/2024

Asunción una señal de esperanza

“Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. La solemnidad de la Asunción es una invitación a elevar la mirada al cielo y contemplar “una gran señal” que nos ofrece Dios para que contemplemos el triunfo definitivo de Cristo. En la Virgen María, elevada en cuerpo y alma a los cielos, “porque el Poderoso ha hecho obras grandes” en ella, podemos contemplar la glorificación del cuerpo, un adelanto de la resurrección de la carne. Por ello es una señal que engendra esperanza. Podemos tener esa mirada para podernos situar en esta vida. “Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Benedicto XVI, Spes salvi, 2). Mirar hacia una esperanza de algo que nos promete Dios y que por eso mismo es lo más importante de lo que está en nuestro horizonte. Vivir la vida con esa tensión escatológica y no dejar de mirar al cielo desde donde se nos ofrece una señal grande y segura.

Se nos da una esperanza fiable, con la que podemos afrontar nuestro presente, aunque sea difícil. En la vida de los primeros cristianos fue determinante haber recibido como don una esperanza fiable que les permite saber que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío (cf. Benedicto XVI, Spes salvi, 1-2). Una esperanza que me hace vivir con serenidad y alegría, sabiendo que mi vida “acaba bien”, sin tener miedo a las tempestades de la vida con las que hay que convivir ¡Se nos ha dado una señal cierta en el Cielo! ¡Una Mujer! ¡María coronada por doce estrellas! Los momentos difíciles pasarán. Se nos otorga una nueva esperanza, que actúa en nuestra vida diaria y, al mismo tiempo, se proyecta más allá de la muerte: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor» (Rm 14,7-8).

Nuestra concepción del tiempo debe estar impregnada de esa esperanza, no hay una fuerza, un destino ciego. Hoy se nos da de nuevo una gran señal en el cielo que nos ayuda a mirar a nuestro hogar definitivo, María, nuestra Madre. “Hoy sabréis que vendrá el Señor y nos salvará y mañana contemplaréis su gloria” (Ex 16, 6-7). ¡Mis ojos verán su gloria! ¿A qué tememos? ¡Hoy sabréis vendrá! ¡Y mañana contemplaremos su gloria! En una homilía que no llegó a pronunciar, pero sí fue publicada, Benedicto XVI en Cuatro Vientos dentro de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid el año 2011 nos animaba a no tener miedo. “No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su nombre en toda la tierra”.

María es el Arca de la Nueva Alianza, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, signo de la victoria definitiva del Dios con nosotros. María es dichosa porque cumpliendo la Palabra de Dios, siendo la esclava del Señor, en Ella se ha cumplido esta Palabra: la promesa de la gloria. Y ha sido coronada como Reina de cielos y tierra y pasa de esclava a Reina y así nos muestra el camino y la meta.

Santa María, esperanza nuestra, ruega por nosotros.