Seguimos en Cuaresma, viernes, abstinencia, lejos de mí el solomillo de buey. Esta tarde en la parroquia rezaremos juntos el Vía Crucis. Estación tras estación iremos contemplando la pasión de Cristo pidiendo al Señor que tenga piedad y misericordia con nosotros pecadores. No hay nada que nos haga reconocer la grandeza de el otro que pedirle clemencia. Es decirle: “Mi vida está en tus manos, sin ti nada puedo, inclínate, escucha mi súplica y sácame de mi postración”. Desde una posición tan absoluta de poder sobre el otro lo normal en lo humano sería pedir sumisión…, pero estamos hablando de Dios.
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. » El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos».
Estamos muy acostumbrados a oírlo, pero no por ello debemos acostumbrarnos. Dios nos ha creado por amor. No quería un entretenimiento o unos esclavos que le alabasen para regocijarse de su grandeza. Su amor se desborda y nos crea para nuestra completa felicidad. Por ello el primer mandamiento nos devuelve a nuestro estado primigenio: amados por Dios gratuitamente y sólo podemos responder amándole con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser. No hay que hacerse violencia para amar a Dios, no tenemos que ganar el amor de Dios sobre nosotros, nos ha sido dado gratuitamente y la esencia de nuestro ser consiste en amar a Dios, y este también se desborda amando al prójimo.
Son cosas sabidas, pero sabidas y vividas no son lo mismo. San Juan de la Cruz hará decir a las criaturas que el Señor pasa “mil gracias derramando”, y el corazón que se enamora sabe descubrir esas mil gracias en su vida ordinaria, en las relaciones de cada día, en los momentos de paz y en los de turbación. Cada momento de nuestra vida puede ser -es-, un encuentro con Dios si tenemos el corazón alerta. El pecado nos cierra los ojos, los oídos y el corazón y Dios se nos vuelve lejano, estando más dentro de nosotros que nosotros mismos.
Por ello en el Vía Crucis escucharemos el Ecce Homo, He aquí al hombre, y mirando al hombre que parece que ya no le queda nada descubrimos a Dios. Ese es el camino de la cuaresma, desojarnos de todo lo que nos impide descubrir a Dios. Puede parecer un camino tremendamente duro, pero es el que termina en la Vida.
La Virgen no se aparta del Vía Crucis. Sabe de quien se ha fiado. Ella guarda nuestra esperanza.
More Stories
Cuaresma y Éxodo
El realismo cristiano de Guardini
Si hay extraterrestres, ¿hay que evangelizarlos? Un repaso católico por Enrique Solano, astrofísico