23/02/2024

Durante años hizo «pactos de sangre con Satanás» como líder del Palo Monte: «Dios me sacó y liberó»

La práctica del Palo Mayombe o Palo Monte es una de las espiritualidades afroamericanas más conocidas en Cuba. Se encuentra extendida en otros lugares como Venezuela, México o Estados Unidos, entre otros, y muchos de los que la llevan a cabo lo hacen de forma sincrética con doctrinas tomadas del cristianismo.

Para muchos, el Palo Mayombe se limita al culto a los difuntos y a la naturaleza a través de complejas ceremonias y relaciones de padrinazgo. Jesús Blanco, cubano de nacimiento y residente en Miami, ha vivido en primera persona como se trata de algo mucho más profundo y oscuro, pero que en apariencia, concede a sus adeptos toda la felicidad que pueden buscar… durante un tiempo.

En su caso, recuerda que en la Cuba de hace 50 años la tendencia del paganismo y las religiones africanas y sincretistas era al alza, en detrimento de la fe católica, considerada contraria al sistema del por entonces mandatario Fidel Castro. Muchos como él se bautizaban más por costumbre que por convicción.

Su familia, admite al canal de Miguel Ángel Idrogo, «estaba rota» en la fe. Y en todo lo demás.

«Mi padre era alcohólico y tenía varias mujeres con distintos hijos, gozaba de fama por tener muchas mujeres. También tenía padrastros, medios hermanos, mi madre también tenía esa tendencia y estaba con muchos hombres, alcohol y excesos desordenados», explica.

Jesús no tiene recuerdos de una gran relación con su familia. Al contrario. Sentía un rechazo total por sus progenitores, el alcohol y la vida que llevaban.

El rechazo era tal que con solo 16 años dejó su hogar y se fue a vivir con su pareja, una mujer mayor que él y con 2 hijos, en una casa donde se practicaba brujería y amarres.

Conociendo a su nuevo «dios»: «Sabía algo que solo yo sabía»

Jesús se reveló contra su pasado. En su nuevo hogar, comenzó a beber y a seguir una tendencia que le ayudase a escapar de los recuerdos de su anterior vida. Al haberse criado sin fe ni convicciones, comenzó a buscar alguna religión con la que identificarse, mientras se sumía en el alcohol, la promiscuidad sexual y la droga.

Frustrado en su búsqueda insaciable de placer, acabó intentando quitarse la vida sin éxito, lo que juró mantener en secreto.

No pasó mucho hasta que le visitó una antigua pareja de su madre, practicante del Palo Mayumbe, ofreciéndole visitar a un padrino o «Tata-nganga», como se llama a las máximas autoridades de este culto.  Al reunirse con él, quedó impactado de cómo podía conocer su intento de suicidio, del que no había hablado. También porque le dio «el síntoma y la solución», que no era otra que la equivalente al «bautismo» en la religión católica.

«Quedé en manos de lo que creí que era Dios, alguien sobrenatural que me habló de algo que solo sabía yo. Me hicieron la ceremonia, me sacaron de una muerte y me dio la vida», recuerda.

Ingiriendo cristales sin daño alguno: el Palo Mayombe

Explica con todo lujo de detalle la ceremonia de iniciación, el rayamiento, en el que se realizan en el cuerpo del iniciado unos cortes con un dibujo y significado concreto. Según fuentes «oficiales» de este culto, «una potente protección acompañará de por vida al iniciado» en este ritual. Al concluir lo que creía «un pacto con Dios», el joven convulsionó y perdió el conocimiento, lo que le sorprendió por no tener ninguna enfermedad. Pronto comenzaría a ver que la protección prometida funcionaba.  

Así es el ritual del rayamiento, en el Palo Monte. 

«Entregué totalmente mi vida y seguridad a ese tipo de fe en que todo valía. Podía seguir siendo el mismo y tener placeres y satisfacción. Todo era permitido. Me dio todo lo que podía querer, empecé a ser famoso, a escalar en esa religión, creé mi propia `casa´ y junto con el Palo Monte, el alcohol, la droga, la promiscuidad y las pastillas fueron mi vida», explica.  

A partir de entonces su vida empezó a ser protagonizada por sucesos sobrenaturales difíciles de explicar, como padrinos que practicaban sus rituales ingiriendo cristales y vidrio sin daño alguno.

También recuerda cómo en la Semana Santa, el Palo Monte también admite la muerte de Cristo, pero como un momento en que hay «licencia» para hacer el mal, desatándose «guerras» entre clanes y padrinos, o «trabajos» buscando el dolor de terceras personas. La brujería, el mal y el culto a los «espíritus» de los muertos se entremezclaban en una práctica que el joven iniciado seguía contemplando como algo inocente y «amoral».

Pactando con Satanás para tenerlo todo 

«Vas haciendo esas ceremonias y las personas creen, porque funciona. Hay cosas que se perciben y eso es lo que me sacó de donde estaba. Hice abiertamente pactos con Dios y Satanás«, admite hoy.

Recuerda que por entonces ese tipo de prácticas como «lo normal». Menciona otros «trabajos», como cuando la amante de un hombre buscaba que este tuviese problemas con su esposa y se sintiera atraído por la tercera. «Si lo lograba, aumentaba mi fama y me regocijaba. Tenía un deseo total de que `saliese bien´. Separarme de Dios y creerme dios era mi vida«, admite.

Tras unos 13 años ascendiendo en el Palo Mayombe, Jesús se trasladó a Miami. Tenía 30 años y su vida consistía en la adicción al alcohol, la promiscuidad, el juego y, desde que llegó a Miami, también a la droga.

Así vivió durante unos ocho años, disfrutando de «tenerlo todo». Casa, un negocio propio, acceso a drogas y todas las mujeres que pudiese desear… «Me involucré de lleno en todo lo que rechazaba de mi casa», admite.

«Vacío, culpabilidad y decepción»

Sin embargo, acercándose a los 40 años, los fundamentos de su inestable vida se tambalearon.

Sin motivo aparente, «todo el placer que me daba el sexo, el alcohol y la cocaína empezó a desaparecer en mi vida. Ya no tenía satisfacción por esas cosas y empecé a ver que lo que tenía dentro de mí era vacío, culpabilidad y decepción«.

Tal era el vacío que, teniéndolo todo, Jesús se iba a pasar los días con personas sin hogar, a la calle, donde «sentía un confort en el vacío».

En ese contexto no le sorprendió encontrarse un día con la propuesta del ministerio católico Nuevo Caminar, dedicado a la ayuda a personas adictos a las drogas y el alcohol. La responsable era la hermana Luz Marina.  

«Llegó ahí sin yo quererlo, sin necesitarlo ni tener una idea, porque ya tenía a `dios´ en mi vida, eran mis dioses. No podía llevar una cruz, no había ninguna forma de que pudiera aceptarlo», recuerda.

Derrumbado ante Dios: «Él me liberó de la obsesión»

Sin saber muy bien cómo, y encontrando la única explicación en «la  gracia y misericordia de Dios», Jesús acabó reservando plaza en un retiro de fin de semana que organizaba el ministerio.

Recuerda el sábado, ya en el retiro, con decenas de personas rezando y él, entre ellos, recordándose su rechazo «a todo lo que tenía que ver con la Iglesia» y su «sentimiento de superioridad» frente a quienes consideraba «débiles e inferiores».

Lo que no esperaba es que le invitarían personalmente a rezar frente a él. Fueron necesarias dos llamadas para que se levantase. Y cuando lo hizo y tenía a los fieles rezando frente a él tuvo que recordarse la promesa que se hizo siendo un niño, recibiendo golpes y palizas de su madre: que nunca lloraría.

«Me vino un sentimiento muy grande en mí. Empecé a llorar a gritos, tuve que arrodillarme y esconderme, era algo que no podía hacer, pero al mismo tiempo, no podía dejar de hacerlo. Lloré como un niño», admite aún sorprendido.

Pasaron las horas y el retiro llegó a su fin. Recuerda el último día como «el más bonito» de su vida.

«Fue en enero de 2004, hace ahora veinte años. Desde ese domingo, Dios me liberó de la obsesión de las drogas, el alcohol, el juego y el sexo compulsivo. El mundo estuvo veinte años cambiándome y al Espíritu Santo le hizo falta solo un segundo para cambiarme y no porque lo quisiese o deseara, sino porque Dios lo quiso», admite.

Casado, buscando a Cristo en los demás y aspirando a la santidad

Hoy recuerda con asombro cómo su vida es completamente distinta a la de hace unos años: la diferencia entre los tiempos en que «hacía pactos de sangre con Satanás» y el presente, en el que sirve «a un Dios que derrama su sangre» por él.

Al retiro y conversión le siguió la comunión y la confirmación, que dieron paso años después a un «feliz matrimonio» que ya suma 13 años y que es para él la prueba de la «manifestación de Dios» en su vida.

Hoy, se muestra convencido de que «el Señor tiene un camino» y trabaja por seguirlo aún encontrándose en la «etapa más difícil» de «ver a Cristo en los demás y morir por los demás«.

Pese a la dificultad, concluye su testimonio afirmando sin duda ser «el hombre más feliz del mundo».

«Dios me sacó, me liberó, me quitó la obsesión y seguridades. Ahora tengo mi vida en sus manos. Es una batalla constante tratando de llegar a la meta, un camino de conversión. Por su gracia, su fuerza y yo poniendo un poco de mí, camino todos los días. Y no cambiaría este momento por ninguno del pasado«, concluye.  

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»