16/06/2024

El divorcio, devastador en la fe de los hijos: «Pensaba que Dios Padre también me dejaría»

¿Hasta qué punto puede determinar el divorcio la vida de los hijos? ¿Y de un país? Según las últimas cifras ofrecidas por el Instituto Nacional de Estadística, en 2022 se dieron algo más de 81.300 divorcios en España, donde más del 50% de las uniones rotas tenían hijos: aquel año, al menos 40.000 hijos presenciaron la ruptura de su familia. El año anterior, según Forbes, la cifra de divorcios se elevó en Estados Unidos a casi 690.000 divorcios.

Ante una avalancha ingente de menores que acaban de sufrir esta ruptura o de adultos que la sufrieron hace años, las consultas en psicólogos y terapeutas deben destinar multitud de recursos a paliar los estragos: entre ellos, especialistas mencionan problemas de adaptación, tasas superiores de agresión, delincuencia o consumo de drogas que en familias unidas, conducta delictiva o consumo de drogas, puntuaciones extremas de depresión o baja autoestima o mayor hostilidad y pérdida de afecto entre hermanos.

Incapaz de renovar sus votos hasta que conoció a San José

Un caso representativo es la hermana Francesca de los tres corazones de Jesús,  María y José, monja contemplativa desde hace 13 años. Criada en el Bronx (Nueva York), no recuerda mucho de sus 4 años, salvo la imagen de su padre diciéndole a ella y a su hermana que se iba de casa, mientras ella entre lágrimas se convencía de que no le importaba. Creía haberlo superado, pero solo años más tarde fue consciente de los hábitos destructivos que había desarrollado.

La religiosa relata al portal del apostolado Life living wounds que por alguna extraña razón no podía renovar sus votos perpetuos cuando le propusieron hacerlo. Luego tuvo que trasladarse de su convento a Estados Unidos, a cuidar de su padre moribundo. Cuando falleció, tardó horas en regresar al convento y la propuesta seguía sobre la mesa. «Pero secretamente no quería hacerlo«, comenta.

Sin saber bien cómo, se acercó a comulgar cuando interiormente accedió a renovar sus votos. Y en ese momento, relata, «sentí poderosamente la presencia de San José a mi lado, mientras me arrodillaba, diciéndole a mi corazón `Yo también soy tu padre´».

En aquel momento, un mar de lágrimas cayeron por sus ojos, liberándola tras años de dolor y ausencia, pudiendo afirmar tras muchos años que estaba sintiendo el amor «fiel y firme» de un padre.

Soledad,culpa, ansiedad, depresión e ira 

Solo entonces fue realmente consciente de cómo la ruptura y divorcio de sus padres había afectado en su vida. Especialmente tras los muros del convento.

«Intenté con todas mis fuerzas ser la monja `perfecta´… esforzándome por hacer todo bien por fuera mientras por dentro me estaba desmoronando. Cada día era una batalla contra la soledad, la culpa, la inseguridad, la ansiedad, la depresión y la ira. Al provenir de hogares destrozados, a menudo desarrollamos las no tan saludables habilidades de control y perfeccionismo , creyendo inconscientemente que es nuestro trabajo asegurarnos de que las cosas no se desmoronen nuevamente», confiesa la religiosa.

Por eso, San José sería algo parecido al padre que nunca tuvo y hoy lo compara con el «guardián y pilar fuerte y fiel del camino de sanación».  

Tiempo después, la religiosa supo que el recién descubierto San José estaría detrás del descubrimiento del apostolado Life giving wounds dedicado a la sanación de los hijos afectados por el divorcio de sus padres. Hasta el punto de que  «nunca antes había hecho la conexión entre el divorcio de sus padres y sus luchas internas. Nunca me di cuenta de hasta qué punto mi cabeza estaba llena de un flujo constante de pensamientos críticos y desalentadores que creía que eran verdad».

San José no solo le dio el amor y seguridad de los que carecía. «También me condujo a Nazaret a través de la meditación, me llevó a experimentar lo que es vivir en la más sana de las familias unidas y el amor perfecto de Jesús, María y José comenzó a expulsar mis temores al rechazo y al abandono. Luchando siempre por un sentido de pertenencia, finalmente encontré un lugar donde encajo como soy», agrega.

Temía que Dios padre la abandonase 

En última instancia, San José sería quien le acercase a Dios Padre, con quien «nunca había tenido una relación. Siempre hubo distancia, una especie de ansiedad al acercarme a Él que lógicamente se extendió a mi relación con Jesús. Creo que surgió de un temor profundamente arraigado a que, si no era perfecta, Dios pudiese divorciarse de mí o dejarme también».

La religiosa admite que los últimos años «no han sido fáciles» en su camino de sanación, pero hoy, al mirar atrás, no siente «más que gratitud: por las debilidades de mi padre, porque los vacíos que dejó en mi me hicieron tener hambre y sed de un amor perfecto que solo mi Padre celestial podía satisfacer».

Aunque su historia está «lejos de terminar» y todavía enfrenta consecuencias del divorcio de sus padres, admite que el camino que queda por delante «está lleno de esperanza y amor. Cualquiera que sea tu historia, dondequiera que estés en el viaje, rezo para que puedas llegar a conocer al buen San José como a tu padre también. ¡Él no te defraudará!«.

Cada sufrimiento es una pregunta: «¿Por qué Dios?»

La historia de la hermana Francesa es solo una de las cientos de miles de vidas devastadas por el divorcio, pero también de las sanadas a través de apostolados destinados a paliar sus estragos, como es Life-Giving Wounds.

Fundado por Daniel y Bethany Meola, el apostolado lleva años sanando vidas rotas por la ruptura. Con motivo de la reciente publicación por sus dirigentes del libro Heridas que dan vida: una guía católica para la curación de hijos adultos de divorcio o separación (Ignatius Press, 2023),  Caholic World Report les ha preguntado por su experiencia de cómo la fe y no solo la terapia puede ayudar a sanar tras el trauma de la ruptura familiar.

En su opinión, relegar la sanación a los «profesionales» es «perder mucho de vista», pues «el nivel  más profundo de sanación es espiritual». Como muestra el ejemplo de la religiosa, «cada sufrimiento que enfrentamos es en esencia una pregunta dirigida a Dios por su amor a nosotros. Y esto se ve claramente en los hijos adultos de divorciados, que tienen menos probabilidades de ir a la iglesia o ser miembros de una comunidad religiosa».

El matrimonio de Daniel y Bethany Meola, activos luchadores contra el divorcio y la sanación de sus víctimas.

«Entre las muchas heridas causadas por la ruptura familiar está la herida en la fe, ya que una persona puede preguntarse “¿Por qué, Dios?” y comenzar a dudar del amor de Dios Padre por ellos. Lo vemos cada día en nuestro apostolado. Las grandes preguntas por el sufrimiento, el significado de la vida o quién es Dios y si nos ama no pueden ser respondidas solo por la psicología», subrayan.

Del efecto «bola de nieve» a la indiferencia

Con las cifras que se desprenden cada año del divorcio, surge la pregunta de cómo ha podido llegar a normalizarse tanto. Una pregunta para laque hay multitud de respuestas de corte sociológico, como es el «efecto contagio» que siguió al boom del divorcio y la revolución sexual.

«Las personas con divorcios en sus círculos sociales tienen más probabilidades de divorciarse. Ha habido un efecto bola de nieve, hasta el nivel sin precedentes de la actual normalización de las rupturas», explican.

También refieren a la «impotencia aprendida» que surge de esta normalización, y que consiste en las «respuestas silenciosas, tibias o destructivas» en cristianos y no cristianos ante el divorcio.

«Muchos se encogen de hombros y evitan hablar de ello, o peor aún, lo celebran, cuando se debería luchar por el matrimonio y la reconciliación, recordando la belleza, sanación y alegría que puede llegar a ellos y a sus hijos al perseverar en su vínculo», lamentan.

También apuntan a que la sociedad se ha vuelto «egoísta y orientada hacia sí misma», perdiendo la perspectiva de que «el matrimonio no es solo para mí, sino para Dios, para el bien de mi familia, de mi cónyuge, de mis hijos y del mundo entero. Es mucho más que mi felicidad y relación personal, como se puede ver en lo destructivo que es el divorcio para los hijos y para sus futuros hijos».

La realidad del  divorcio es  transversal y se da tanto entre católicos como entre no creyentes. Algo que puede resultar difícil de asimilar cuando la Iglesia siempre ha destacado la sacralidad del vínculo matrimonial.

Infiltrado en la Iglesia: «Los católicos no son inmunes»

Para Daniel y Bethany Meola se dan tres explicaciones posibles. La primera, que «el pensamiento, comportamientos y tendencias culturales» mencionados tendentes al divorcio «se han infiltrado en la Iglesia y en las decisiones de los matrimonios». 

También apuntan a «la realidad del pecado», a que «el matrimonio no es fácil» y que «los católicos no son inmunes a los desafíos que enfrenta todo matrimonio». Especialmente, agregan, «en una sociedad que ofrece soluciones fáciles para situaciones difíciles».

Y en tercer lugar, lamentan que «la Iglesia no siempre ofrece mucha ayuda a los cónyuges» y advierten de que «se necesita mucho más apoyo para los hijos adultos de divorciados para que el ciclo se detenga en sus vidas y vocaciones: estadísticamente, los hombres y mujeres que provienen de hogares rotos tienen más probabilidades de divorciarse, por lo que si no se cura, se puede transmitir a las generaciones siguientes».

Consigue aquí `Heridas que dan vida: Una guía católica para la curación de hijos adultos de divorcio´.

Los responsables del apostolado refieren también a cómo el divorcio «afecta profundamente al sentido de uno mismo, a la identidad y a la percepción del lugar en el mundo». Una «herida ontológica» que puede llegar a ser «uno de los efectos más ocultos del divorcio».

Desde su apostolado, el matrimonio ayuda e invita a los afectados por el divorcio a «construir su identidad en sus orígenes en Dios, en que todos somos queridos por Él e imágenes suyas» y a interiorizar que «podemos confiar en esa identidad sin importar las vacilaciones de nuestra familia terrenal».

Si algo pretenden ofrecer a quien pide su ayuda, es esperanza. Y ellos mismos la tienen, pues son conscientes de que «así como hay un contagio del divorcio», también lo hay «con la santidad cuando se encuentra».

«Estamos en un momento en que casarse y permanecer unidos se ha convertido en algo contracultural y, desde una óptica cristiana, en un tremendo testimonio para quienes vienen de hogares rotos y nunca han visto una vida feliz. Saber de quién somos, quiénes somos y unirnos a Él como pilar de nuestra vida es un gran paso para encontrar paz y alegría en medio del sufrimiento», concluyen. 

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»